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OMV y redes móviles: dos capas de la competencia

Rodrigo Alcázar Silva | Reglas del juego
Los operadores móviles virtuales (OMV) han proliferado en los últimos años en México. Hoy operan más de treinta. La reforma legal de 2014 abrió la puerta a este tipo de modelos enfocados en la comercialización, y desde entonces su presencia ha crecido de forma sostenida.
Algunos han alcanzado una escala relevante. Bait, la marca de Walmart, concentra cerca del 70% de los usuarios de los OMV. FreedomPop le sigue con alrededor del 10%, beneficiado por alianzas con cadenas minoristas como Oxxo, Chedraui o Farmacias del Ahorro. También destaca Oui y su alianza con Grupo Elektra, con cerca del 4%. Los OMV más exitosos han sabido explotar la marca, la infraestructura (tiendas físicas) y la base de clientes de grandes retailers.
Esta proliferación ha sido positiva para la concurrencia en el mercado de comercialización. Hay más ofertas, más esquemas tarifarios y más canales de distribución. Sin embargo, los OMV representan apenas el 14% de las líneas móviles.
El resto del mercado sigue concentrado en operadores tradicionales: Telcel, con alrededor de 56%, AT&T con 15%, y Telefónica también con 15%. En términos de infraestructura, el panorama es aún más acotado: solo Telcel, AT&T y Altán (el proveedor de la mayoría de los OMV) cuentan con ella.
Los OMV intensifican la competencia en la comercialización, pero no en la infraestructura. No despliegan red, sino que compran capacidad mayorista y compiten en precios, empaquetamiento y segmentación. Eso genera beneficios tangibles para el usuario final, pero también tiene límites evidentes. Si la infraestructura no cambia, la capacidad de innovar en calidad, cobertura o tecnología depende, en última instancia, de los mismos pocos jugadores.
Este contraste —mayor dinamismo en servicios, persistente concentración en redes— no es exclusivo de México. Es, de hecho, uno de los dilemas centrales de política pública en telecomunicaciones: ¿cuánta fragmentación es deseable en la comercialización si esto no se traduce en incentivos suficientes para invertir en infraestructura?
En Europa, la discusión ha tomado un giro interesante. La Comisión Europea ha ajustado recientemente sus directrices de fusiones para dar mayor peso a las eficiencias, en respuesta —entre otras cosas— a la presión de operadores de telecomunicaciones, que argumentan que la fragmentación del mercado limita su escala y, con ello, su capacidad de invertir en redes de nueva generación, particularmente 5G y fibra.
El argumento es conocido: mayor número de empresas no siempre equivale a mejores resultados si reduce los incentivos a invertir. Pero el contrapunto también es relevante. Algunos OMV europeos han advertido que una mayor flexibilidad en fusiones podría deteriorar las condiciones de acceso mayorista, debilitando precisamente el canal a través del cual ellos compiten.
Visto así, el debate no es simplemente cuántas empresas deben existir en el mercado, sino en qué mercado compiten y bajo qué condiciones. Los OMV muestran que es posible intensificar la competencia sin replicar infraestructura. Pero también evidencian un límite: sin inversión en redes, la competencia tiene un techo.
Para México, la lección es menos obvia de lo que parece. La expansión de los OMV —especialmente aquellos respaldados por grandes cadenas comerciales— probablemente continuará y puede seguir generando presión competitiva en precios y distribución. Pero posiblemente no resolverá, por sí sola, los retos estructurales del sector.
Las autoridades de competencia no están llamadas a determinar un “número óptimo” de participantes. Pero sí inciden en las reglas del juego: autorización de fusiones, estándares probatorios, condiciones de acceso, tratamiento de eficiencias.
Si esas reglas evolucionan hacia un mayor reconocimiento de los trade-offs entre competencia e inversión, como parece estar ocurriendo en Europa, el resultado podría ser positivo, dependiendo de cómo se equilibren los incentivos a invertir con la preservación de condiciones de acceso efectivas.

