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Nueve horas de hipócrita oración

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Estados Unidos se prepara para celebrar, el próximo 4 de julio, los 250 años de la declaración de independencia de 1776. Con tal motivo comenzaron los actos celebratorios con una procesión patriótica organizada por el gobierno de Donald Trump que, bajo la envoltura de la historia, pareció más bien un casting entre cruzada religiosa, campaña política y teatro de variedades.
Fue en Washington, donde se celebró con solemnidad bíblica el llamado “Día de la Oración Cristiana Nacionalista”, una ceremonia presentada como parte de las conmemoraciones del susodicho aniversario aunque con un aroma más cercano al incienso electoral que a la fragancia de la reflexión histórica.
El propósito era el de consagrar a Estados Unidos a sus supuestos orígenes cristiano-protestantes. El evento, impulsado por Trump y financiado con dinero público —porque la austeridad suele aplicarse a los programas sociales y no a los festivales ideológicos— reunió a secretarios del gabinete, legisladores republicanos, decenas de pastores de la derecha evangélica y a Mike Johnson, presidente republicano de la Cámara de Representantes, quien llegó dispuesto a predicar con la devoción que proporciona el presupuesto federal.
El evento duró nueve horas. Nueve. Tiempo suficiente para que Trump terminara tres rondas de golf, se comiera una hamburguesa y bebiera litro y medio de refresco de cola. Hombre de convicciones inquebrantables cuando se trata de su agenda, faltó al “Festival de la Oración” porque, como es sabido, no sacrifica un solo domingo de golf en Mar-a-Lago. La espiritualidad puede esperar; el hándicap, jamás. Eso sí: envió una pieza audiovisual. Un gesto de cercanía celestial. En el video, Trump leyó un fragmento de la Biblia. Quizá fue la primera vez que algunos asistentes escucharon las Escrituras con la misma entonación de una promoción inmobiliaria.
La escena tuvo algo de admirable: un presidente ausente presidiendo una ceremonia religiosa que buscaba devolverle a la nación sus raíces espirituales. Hagan de cuenta Moisés mandado las Tablas de la Ley por Zoom.
Los organizadores insistieron en que el acto pretendía “reclamar la historia cristiana del país”. El problema es que la historia, esa necia costumbre de consultar documentos, no siempre coopera con la propaganda. Estados Unidos nació con profundas influencias religiosas, sí, pero también con una clara decisión constitucional de evitar que el gobierno impusiera una religión oficial.
Ahí apareció Mike Johnson, con la serenidad de quien cita la Biblia y olvida la hemeroteca, para declarar que “esta nueva nación se estableció sobre la base y el principio bíblico de que todos los hombres fueron creados iguales”.
Una frase conmovedora si no fuera porque cuando nació la república estadounidense, esa igualdad venía con letra chiquita. No votaban las mujeres; ni los esclavos; ni los indígenas. No votaban los pobres, tampoco los hombres blancos sin propiedad. La igualdad era una virtud admirable pero cuidadosamente administrada.
El Departamento de Estado, dirigido por Marco Rubio, difundió un video exaltando los supuestos fundamentos cristianos de los padres fundadores. Rubio, hijo de padres católicos, celebrando una narrativa protestante-identitaria como si la fe fuera una credencial partidista y no una experiencia espiritual.
Lo relevante del festival no fue el rezo, ni las invocaciones de una nación escogida por designio celestial. Lo importante fue el mensaje político: convertir la conmemoración de los 250 años de independencia en una plataforma emocional para nutrir la agenda de Trump, envuelta en lenguaje religioso y presentada, por algunos de sus seguidores, como una suerte de misión divina.
Así, la independencia que se proclamó contra el absolutismo, hoy sirve de telón para una liturgia donde nacionalismo, religión y poder se mezclan como si fueran virtudes inseparables.
Washington rezó nueve horas. Trump jugó golf. Mike Johnson predicó igualdad desde una historia selectiva. Marco Rubio bendijo una narrativa hecha a la medida.
Y la Constitución, esa vieja señora que insiste en separar púlpitos de gobiernos, seguramente observó la escena como quien ve a sus herederos rifarse la casa familiar mientras recitan salmos.

