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La multiculturalidad de la CDMX: un laboratorio vivo de cómo evoluciona una ciudad

Alfredo Duplan | Más allá del éxito
Este fin de año tuve la oportunidad de pasar varias semanas en Ciudad de México. Más específicamente, en ese corredor vibrante que conecta La Condesa con Roma Norte. Y aunque he caminado esas calles muchas veces antes, nunca la había sentido tan distinta, tan transformada, tan… global. Es una zona que respira multiculturalidad y que, sin querer queriendo, se ha convertido en uno de los mejores casos de estudio para entender cómo evoluciona el consumo en una gran ciudad latinoamericana.
Lo primero que notas al caminar no es una arquitectura particular, ni un color, ni un olor. Es la mezcla: acentos, estilos, productos, sabores y comportamientos que conviven con absoluta naturalidad. La multiculturalidad dejó de ser un concepto aspiracional para convertirse en experiencia cotidiana.
La gastronomía es quizá el ejemplo más evidente. En un solo recorrido puedes topar con un restaurante alemán, otro árabe, uno tailandés, uno español, uno mediterráneo, uno argentino… y varios más procedentes de rincones muy específicos de Asia. La diversidad culinaria ya no sorprende; hoy lo sorprendente sería no encontrarla. Y aun así, lo mejor de la zona es que esta oferta internacional no desplaza lo local, sino que convive con él.
Un ejemplo perfecto: en la puerta de un restaurante con recomendación Michelin, justo en la banqueta de enfrente, una señora vende tlacoyos avalados por el reconocido crítico Mario Beteta. Lo tradicional y lo gourmet —en teoría polos opuestos— aquí no compiten; simplemente coexisten. Ambos tienen filas. Ambos tienen fans. Ambos representan distintas expresiones de lo que una ciudad como la CDMX puede ofrecer.
Sigue avanzando y aparece otro contraste icónico: el puesto de tortas de chilaquil más famoso de la ciudad, en la intersección de Alfonso Reyes y Tamaulipas. La fila es casi parte del paisaje. Y justo enfrente, un supermercado japonés con estantes repletos de ramen importado y productos difíciles de encontrar incluso en grandes tiendas especializadas. Si uno quisiera resumir la multiculturalidad en una sola imagen, esa esquina podría ser candidata.
Conforme te mueves hacia la colonia Cuauhtémoc y la zona de Reforma, la mezcla se intensifica. La oferta cambia y se adapta al consumidor de oficinas que trabaja cerca. Allí, una calle entera está dedicada a la cultura coreana: restaurantes, cafés, supermercados, cosmética, postres y una comunidad que ha logrado que parte de la ciudad respire su identidad.
Algo interesante es que, mientras caminas, no solo observas negocios. Observas comportamientos. Ves grupos de extranjeros viviendo su día a día, personas paseando perros de todas las razas posibles, ciclistas zigzagueando entre autos, repartidores en patines eléctricos. La CDMX dejó hace tiempo de ser solo una ciudad latina: ahora es un ecosistema híbrido donde convergen estilos de vida.
En Parque México los contrastes llegan a otro nivel. Es una especie de anfiteatro urbano donde todos los días se presentan simultáneamente varias versiones de la ciudad. Personas haciendo ejercicio a un lado; clases de baile espontáneas al otro; domadores entrenando perros como si fuera un gimnasio canino; turistas fotografiando cada esquina; familias tomando café; freelancers trabajando desde cualquier banca con sombra. Y sí: gente comiendo. Porque en cada esquina hay algo que probar, desde un pan artesanal hasta un matcha con infusión imposible de pronunciar.
De hecho, es difícil caminar por estas colonias sin caer en la tentación de entrar a alguna de las decenas de panaderías boutique que se han multiplicado en la zona. El nivel de especialización es tal que ya no compiten por vender pan: compiten por vender experiencias. Y lo mismo sucede con cafeterías, chocolaterías, heladerías y prácticamente cualquier categoría que puedas imaginar.
Lo más interesante es que la mayoría de estos negocios son pequeños emprendimientos. Son pymes que encontraron su nicho y lo explotan con un nivel de detalle que pocas grandes marcas pueden replicar. Ves muy pocas cadenas grandes y reconocidas. Y no porque no quieran entrar, sino porque la personalización profunda —ese toque artesanal que valora el consumidor de la zona— es difícil de escalar.
Para una marca con cientos de sucursales o un modelo rígido de franquicia, ofrecer productos tan específicos, tan adaptados y tan sensibles al contexto local es un reto enorme. Es el equivalente a pedirle a un buque de gran tamaño que maniobre como una lancha rápida. No está diseñado para eso. Y muchas veces, tampoco sus equipos toman decisiones con la velocidad necesaria para adaptarse a un público tan cambiante.
Esto abre una pregunta inevitable: ¿será este el modelo para competir contra las grandes cadenas? ¿Es la hiperpersonalización el escudo de las pymes para sobrevivir en un entorno cada vez más demandante? Tal vez sí. Pero también es cierto que esa misma personalización exige recursos, consistencia y resiliencia. No todas las pequeñas empresas pueden soportar una batalla comercial tan intensa, especialmente cuando suben las rentas, crece la competencia y el consumidor se vuelve más exigente.
La multiculturalidad de la CDMX —especialmente en colonias como Condesa, Roma o Cuauhtémoc— no solo es un fenómeno social. Es también una señal clara de hacia dónde se mueve el consumo urbano: más global, más especializado, más fragmentado y más emocional. Quien quiera competir en estas zonas deberá entender que aquí no gana el que tiene más locales, sino el que entiende mejor la vibra del barrio.
Esto es, literalmente, Más allá del éxito. Nos leemos pronto!!

