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¿Y si llevamos años entendiendo mal el emprendimiento?

Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada
Existe una idea que rara vez cuestionamos cuando hablamos de emprendimiento: asumimos que emprender significa crear una empresa. La asociación parece tan natural que prácticamente toda la conversación pública se ha construido alrededor de ella. Hablamos de startups, levantamiento de capital, innovación, incubadoras, aceleradoras, escalamiento y pequeñas y medianas empresas. Medimos el dinamismo emprendedor por el número de sociedades constituidas, por el empleo que generan o por su capacidad para atraer inversión. Las universidades forman emprendedores pensando en empresas; las políticas públicas diseñan programas para empresas; los organismos empresariales hablan de empresas. Parecería que el emprendimiento comienza cuando aparece una razón social.
Sin embargo, basta formular una pregunta sencilla para descubrir que quizá llevamos años utilizando una definición demasiado estrecha.
Cuando un médico decide dejar un hospital para abrir un consultorio propio, ¿emprende o simplemente cambia de empleo? Si una arquitecta desarrolla una práctica profesional independiente después de trabajar durante quince años para un despacho, ¿es una emprendedora? ¿Qué ocurre con un músico que vive de sus composiciones, una investigadora que trabaja por proyectos, un fotógrafo, una traductora, un consultor, una psicóloga o un especialista en comercio exterior que ha construido una cartera de clientes a partir de su experiencia? Todos ellos generan ingresos, asumen riesgos, invierten en su desarrollo profesional y crean valor económico. Sin embargo, pocas veces aparecen cuando hablamos del ecosistema emprendedor.
La pregunta no es menor, porque las categorías con las que describimos la realidad terminan influyendo en la manera en que la entendemos. Cuando una definición deja fuera a millones de personas, quizá el problema ya no sea la realidad, sino la definición misma.
No resulta extraño que hayamos llegado hasta aquí. Durante buena parte del siglo XX, la empresa se convirtió en la unidad natural para explicar el desarrollo económico. Industrializar significaba construir organizaciones capaces de producir, contratar trabajadores y generar riqueza. En ese contexto, asociar el emprendimiento con la creación de empresas no solo era lógico; era prácticamente inevitable. El problema es que el mercado cambió mucho más rápido que las categorías con las que seguimos intentando describirlo.
Ese modelo no desapareció y continúa siendo indispensable. Las empresas siguen siendo uno de los principales motores del crecimiento económico, la innovación y la generación de empleo. El problema no son las empresas. El problema es asumir que siguen siendo la única forma relevante de emprender.
Hoy vivimos en una economía donde la especialización se ha convertido en uno de los principales activos para generar valor. La digitalización redujo las barreras para ofrecer servicios especializados; la tecnología permitió trabajar con clientes ubicados en cualquier parte del mundo; las plataformas digitales ampliaron el acceso a mercados que antes estaban reservados para organizaciones mucho más grandes. En paralelo, la especialización profesional adquirió un valor creciente en prácticamente todos los sectores. Como consecuencia, millones de personas comenzaron a construir actividades económicas que ya no dependen necesariamente de una estructura empresarial tradicional.
Las cifras parecen confirmar esta transformación. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, el trabajo por cuenta propia fue la modalidad de ocupación que más creció durante 2025, incorporando alrededor de 674 mil personas en la primera mitad del año. Al mismo tiempo, México mantiene una población ocupada cercana a los sesenta millones de personas, de las cuales más de la mitad desarrolla su actividad en condiciones de informalidad. Estas cifras suelen utilizarse para discutir empleo, productividad o informalidad, pero quizá también deberían llevarnos a formular otra pregunta: ¿qué nos están diciendo acerca de la manera en que los mexicanos están construyendo su patrimonio?
La respuesta probablemente sea más compleja de lo que parece. Durante mucho tiempo pensamos que la actividad económica se organizaba alrededor de dos grandes figuras: el trabajador asalariado y la empresa. Sin embargo, entre ambos extremos ha crecido un segmento compuesto por personas cuyo principal activo no es la infraestructura, sino la experiencia y la especialización acumuladas a lo largo de su trayectoria profesional.
En ese grupo conviven profesiones aparentemente muy distintas. Ahí encontramos médicos, abogados, arquitectos, ingenieros, contadores, consultores, especialistas en comercio exterior, desarrolladores tecnológicos, diseñadores y psicólogos. Pero también escritores, músicos, actores, artistas visuales, fotógrafos, gestores culturales, investigadores, conferencistas y una enorme cantidad de profesionales cuyo patrimonio depende, fundamentalmente, de su capacidad para transformar conocimiento, creatividad o experiencia en valor económico.
A primera vista parecen actividades completamente diferentes. Sin embargo, todas comparten un rasgo esencial: su principal activo productivo no está en la infraestructura, sino en las capacidades de las personas.
Paradójicamente, cuanto más importante se vuelve ese tipo de activos para la economía, menos espacio parecen ocupar dentro de la conversación sobre emprendimiento. Seguimos hablando de ellos como casos individuales: el arquitecto independiente, la consultora, el músico, la fotógrafa o el escritor. Lo que casi nunca hacemos es reconocer que, en conjunto, representan una forma distinta de generar valor y que, precisamente por ello, enfrentan desafíos diferentes a los de una empresa tradicional.
La consecuencia de esa omisión va mucho más allá de un asunto semántico. Las palabras con las que describimos la economía terminan definiendo la forma en que la estudiamos, las políticas que diseñamos y los instrumentos que ponemos a disposición de quienes participan en ella. Cuando el emprendimiento se entiende casi exclusivamente como la creación de empresas, la conversación pública termina concentrándose en necesidades propias de las empresas: constitución de sociedades, acceso a financiamiento, escalamiento, contratación de personal, expansión o internacionalización.
Todo ello resulta indispensable para fortalecer el ecosistema empresarial. Sin embargo, asumir que esa conversación explica por completo la realidad económica actual implica dejar fuera a millones de personas cuya lógica de creación de valor responde a dinámicas muy distintas.
Las personas que construyen una actividad económica a partir de su experiencia enfrentan desafíos distintos. Su principal preocupación no suele ser levantar capital de riesgo ni abrir una segunda planta de producción. Su reto consiste en transformar la experiencia en un modelo económico sostenible, construir reputación, desarrollar relaciones de confianza. Sin embargo, seguimos intentando resolverla con herramientas pensadas para otro tipo de organizaciones.
Un escritor no vive únicamente de escribir; necesita construir lectores. Un músico ya no depende exclusivamente de un contrato discográfico, sino de la capacidad para desarrollar audiencias, gestionar derechos, diversificar ingresos y mantener vigente su propuesta artística. Un fotógrafo compite tanto por su talento como por su capacidad para posicionarse en un mercado saturado. Un actor o una gestora cultural enfrentan el mismo desafío: transformar talento en una actividad económicamente viable sin perder aquello que hace valioso su trabajo.
Vistas desde esa perspectiva, las diferencias entre un médico, un artista y un consultor comienzan a reducirse. Todos administran activos intangibles y necesitan construir estructuras que les permitan sostener su actividad en el tiempo.
Lo verdaderamente interesante es que esta transformación no solo modifica la manera en que las personas trabajan; también cambia la naturaleza de los activos que generan riqueza. Durante décadas pensamos que el conocimiento y especialización era un medio para conseguir empleo. Hoy, para millones de personas, se ha convertido en el negocio mismo, con profundas implicaciones para la productividad, la competitividad y la manera en que entendemos el riesgo.
Quien vive de su conocimiento y experiencia enfrenta una incertidumbre distinta a la de una empresa tradicional. La obsolescencia profesional ocurre con mayor velocidad. La inteligencia artificial está redefiniendo el valor de muchas actividades. Los cambios regulatorios transforman sectores completos en cuestión de meses. La competencia ya no proviene únicamente del profesionista que vive en la misma ciudad, sino de especialistas que trabajan desde cualquier parte del mundo. En ese contexto, la ventaja competitiva deja de estar únicamente en lo que una persona sabe y comienza a depender, cada vez más, de su capacidad para aprender, adaptarse y construir modelos económicos capaces de evolucionar con el mercado.
Quizá por eso la conversación ya no debería centrarse únicamente en cómo crear más emprendedores. Tal vez la pregunta más relevante sea otra: ¿estamos ayudando a que quienes ya generan valor desde su conocimiento y experiencia construyan actividades económicas sostenibles?
La diferencia parece sutil, pero cambia por completo el enfoque. Ya no se trata únicamente de crear más empresas, sino de fortalecer una economía donde una parte creciente del valor proviene del talento especializado. Por esa razón, esta conversación debería interesar a universidades, cámaras empresariales, instituciones financieras y responsables de política pública. Las universidades continúan formando excelentes profesionistas sin dedicar el mismo esfuerzo a enseñarles cómo construir una actividad económica alrededor de su experiencia y especialización. Las cámaras empresariales dependen cada vez más de especialistas independientes que forman parte de sus cadenas de valor. El sistema financiero todavía encuentra dificultades para evaluar modelos cuyo principal activo no aparece en un balance contable. Y quienes diseñan políticas públicas difícilmente podrán fortalecer un fenómeno que aún no terminan de reconocer como tal.
No propongo sustituir una definición por otra. Las empresas seguirán siendo indispensables para el desarrollo económico del país. Lo que propongo es ampliar la conversación.
Aceptar que el emprendimiento puede adoptar formas distintas a la empresa tradicional y que una parte creciente de la riqueza nacional se está construyendo desde actividades donde el principal activo no es el capital físico, sino el conocimiento acumulado por las personas.
Lo que todavía no hemos hecho es reconocer que el emprendimiento también ocurre cuando una persona decide convertir su experiencia, su talento, su creatividad o su especialización en una actividad económica sostenible. Mientras sigamos reduciendo esa conversación exclusivamente a la creación de empresas, continuaremos dejando fuera una parte importante de la economía contemporánea y, con ello, una oportunidad para comprender mejor hacia dónde se está moviendo el país.
Quizá el verdadero desafío ya no consista en convencer a más mexicanos de emprender. Tal vez millones de ellos ya lo hicieron hace tiempo. Lo que todavía no hemos hecho es reconocer que el emprendimiento también ocurre cuando una persona convierte su experiencia, su talento o su creatividad en una actividad económica sostenible. Mientras sigamos reduciendo esa conversación exclusivamente a la creación de empresas, seguiremos observando sólo una parte de la economía que ya tenemos frente a nosotros.
*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.
"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."

