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Opinión

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No es falta de autoestima, es una crisis de autoconcepto

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Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

Jaime Cervantes Covarrubias

“La manera en que te miras puede convertirse en sosiego o en condena.”

Una persona se observa frente al espejo antes de salir a trabajar. No encuentra primero sus ojos, su historia, sus capacidades ni la fuerza con la que ha sostenido a su familia. Encuentra el juicio. El abdomen, la edad, las arrugas, el peso, la ropa que ya no le queda, la mirada ajena o el cuerpo al que quisiera parecerse. Entre quien realmente es y la imagen que cree que debería proyectar se abre una distancia que, en ocasiones, termina en dietas extremas, procedimientos innecesarios o una relación dolorosa con su propio cuerpo.

Una persona joven publica una fotografía y vuelve varias veces al teléfono. Cuenta reacciones, interpreta silencios y elimina la imagen cuando no recibe la validación esperada. Durante unos minutos, un algoritmo parece haber recibido la autoridad para decidir cuánto vale.

Alguien escucha que otra persona será promovida. En lugar de preguntarse qué puede aprender o desarrollar, concluye que nunca será suficiente. Aparecen la comparación, el resentimiento, la renuncia silenciosa o el consumo compulsivo.

Una persona empresaria recibe una crítica sobre su liderazgo y la vive como amenaza a su identidad, su legado y su patrimonio. En vez de escuchar, aumenta la presión, controla más y termina debilitando al equipo que quería fortalecer.

Un padre teme que su hijo fracase y, para evitarle sufrimiento, decide por él. Resuelve sus problemas, elimina las consecuencias y convierte el cuidado en dependencia. Una madre sostiene a toda la familia, pero ha dejado de preguntarse qué necesita ella. Cuida a todos hasta que su cuerpo colapsa y, entonces, nadie sabe cómo cuidar a quien siempre cuidó.

Las escenas son distintas. La pregunta silenciosa que las une es la misma.

¿Quién creo que soy?

No hablo únicamente de autoestima. Es una palabra importante, pero se ha utilizado tanto que corre el riesgo de perder profundidad. La repetimos como consigna, la imprimimos en una taza y aconsejamos “quiérete más”, como si una frase pudiera reparar años de comparación, rechazo, abandono, sobreprotección, humillación o carencia afectiva.

El problema es más amplio.

México no tiene solamente personas con baja autoestima. Tiene familias, escuelas, empresas, mercados, medios y entornos digitales que participan diariamente en la construcción de autoconceptos frágiles, dependientes y contradictorios.

No es únicamente falta de autoestima. Es una crisis de autoconcepto

El autoconcepto es la narrativa íntima mediante la cual una persona interpreta quién está siendo, cuánto vale, qué puede hacer, qué merece y cómo debe relacionarse con las demás. Se forma con experiencias, palabras, silencios, miradas, vínculos, éxitos, fracasos, heridas y mensajes culturales.

La autoimagen describe cómo me percibo. La autoeficacia expresa cuánto confío en mi capacidad para afrontar una tarea. La autoconfianza se manifiesta en la seguridad con la que actúo. La autoestima habla del valor y aceptación que me concedo. El amor propio convierte todo ello en cuidado, límites, responsabilidad y congruencia.

Por eso prefiero una pregunta dinámica.

No solamente “¿quién soy?”, sino “¿quién estoy siendo?”

La primera puede encerrar en una etiqueta. La segunda abre una posibilidad.

Nos miramos con ojos que aprendimos de otras personas

Nadie construye en soledad la primera imagen de sí.

Antes de que una niña pueda describirse, ya ha sido mirada. Antes de que un niño pueda reconocer sus capacidades, alguien reaccionó a sus intentos. El tono con el que se les habló, el afecto recibido, la libertad para experimentar, los límites establecidos, la comparación entre hermanas y hermanos y la forma en que sus emociones fueron acogidas empiezan a formar la voz con la que algún día se hablarán a sí mismos.

En los cursos de desarrollo humano y liderazgo humanista que imparto trabajamos ocho fundamentos que influyen en esa construcción temprana: apapacho, comprensión, armonía, inspiración, apoyo, experiencia, reconocimiento y límites. No son fórmulas ideales de crianza. Son condiciones desde las cuales una persona puede aprender que merece afecto, que sus emociones pueden ser escuchadas, que tiene derecho a intentar, que equivocarse no cancela su dignidad y que un límite puede proteger sin humillar.

Cuando estos fundamentos abundan, no garantizan una vida sin dolor, pero ofrecen recursos para afrontarla. Cuando escasean, tampoco condenan para siempre. Sin embargo, pueden dejar preguntas que acompañan durante años.

¿Tengo que complacer para ser querido?

¿Debo sobresalir para ser reconocido?

¿Mi cuerpo determina mi valor?

¿Puedo equivocarme sin perder el amor?

¿Tengo derecho a decir que no aunque alguien se moleste?

Carl Rogers ayuda a comprender esta herida sin convertirla en sentencia. Cada persona posee una tendencia a desarrollarse, aprender y desplegar su potencial, pero necesita empatía, autenticidad y consideración positiva para hacerlo. Cuando alguien aprende que solo merece afecto si obedece, destaca, no incomoda o cumple expectativas, comienza a alejarse de su experiencia real para convertirse en quien cree que debería ser.

Ahí aparece la incongruencia.

La persona puede parecer segura y estar aterrada. Puede proyectar éxito y sentirse impostora. Puede mostrarse independiente y depender profundamente de la aprobación. Puede ejercer autoridad y no tolerar una opinión distinta. Puede sonreír, cumplir y producir mientras siente que su vida ya no le pertenece.

La apariencia no siempre revela el autoconcepto. A veces lo disfraza.

La familia mexicana ha sido apapacho, pertenencia, sobremesa, memoria, sacrificio y refugio. Pero también puede ser comparación, machismo, control, crítica corporal, silencio, sobreprotección, violencia y deuda emocional. No debemos idealizarla ni cancelar su función social. Debemos reformarla desde la conciencia y el cuidado.

Una familia puede amar profundamente y, sin advertirlo, debilitar la confianza de sus integrantes. Ocurre cuando resuelve todo por ellos, ridiculiza sus intentos, descalifica sus decisiones, les impide asumir consecuencias o utiliza el miedo para educar. La intención puede ser proteger. El impacto puede ser enseñar incapacidad.

¿Puede una persona aprender a confiar en sí misma si nunca se le permite intentar, fallar y volver a empezar?

El cuerpo se convirtió en examen público

La autoimagen es apenas una parte del autoconcepto, pero hoy ocupa un lugar desproporcionado. La exigencia contemporánea de belleza se ha vuelto tan estrecha, artificial y repetitiva que empuja a muchas personas a perseguir imágenes difíciles de alcanzar y, en ocasiones, contrarias a su salud.

La industria de la comparación primero nos observa y después nos vende una corrección. Nos muestra cuerpos editados, juventudes que no envejecen, vidas cuidadosamente escenificadas y una felicidad que siempre parece ocurrir en otro lugar. Provoca insuficiencia y luego ofrece dietas, procedimientos, productos y experiencias para aliviarla.

Nunca termina de conseguirlo porque el negocio necesita que volvamos a sentirnos incompletos.

Vivimos en una sociedad que, con demasiada frecuencia, intenta llenar su vacío con ficción. Sustituye presencia por apariencia, vínculo por exposición y reconocimiento por aprobación. Importa menos quién está siendo una persona que la imagen que consigue proyectar.

La Ensanut Continua 2023 estimó que, entre adolescentes de 12 a 19 años en México, 21.4% presentaba sobrepeso y 16.7% obesidad. Casi cuatro de cada diez vivían con alguna de estas condiciones. El dato no demuestra que una autoimagen deteriorada produzca obesidad. En el peso corporal intervienen factores biológicos, familiares, económicos, alimentarios, emocionales y ambientales. Sin embargo, sí permite dimensionar el entorno en el que millones de jóvenes aprenden a mirar, comparar y juzgar su cuerpo.

También existen señales en el extremo contrario. La Ensanut 2022 encontró que 1.6% de las y los adolescentes presentaba riesgo alto de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria. Al sumar el riesgo moderado, 6.6% mostraba alguna conducta de riesgo, como ayunos prolongados, atracones, vómito provocado, uso de laxantes o ejercicio excesivo.

Conviene distinguir con cuidado. Presentar conductas alimentarias de riesgo no equivale a cumplir criterios clínicos de anorexia o bulimia. Sin embargo, son señales que exigen prevención, escucha y atención oportuna.

Uno de los pocos estudios diagnósticos probabilísticos realizados en México estimó que, entre adolescentes de 12 a 17 años de la capital y su zona conurbada, 0.5% había presentado anorexia nerviosa y 1% bulimia nerviosa alguna vez en su vida. La brecha de atención era igualmente preocupante. Solo una minoría había recibido tratamiento durante el año anterior.

México no solamente está alimentando mal una parte de sus cuerpos. También está enseñando a muchas personas a vivir en guerra contra ellos.

La anorexia y la bulimia no son caprichos, vanidad ni falta de voluntad. Son trastornos complejos en los que pueden encontrarse una autoimagen lastimada, dolor emocional, presión cultural, historia familiar, necesidad de control y otras vulnerabilidades biológicas y sociales.

El cuerpo no es un enemigo al que debamos someter. Es el primer territorio que habitamos y, muchas veces, el archivo donde terminan expresándose el estrés, la tristeza, el cansancio, la precariedad y aquello que nunca aprendimos a nombrar.

Una persona no tiene que odiarse para comenzar a cuidarse.

No necesita humillarse para cambiar.

El respeto al cuerpo debe ser punto de partida del cuidado, no una recompensa concedida después de alcanzar determinado peso. El amor propio tampoco consiste en negar riesgos de salud o abandonar la responsabilidad. Significa cuidar sin despreciar, cambiar sin violentarse y comprender que la dignidad no se obtiene al final de una dieta.

El amor propio no es admirarse todo el tiempo. Es dejar de abandonarse.

El sufrimiento no tiene una sola causa

Sería irresponsable afirmar que un autoconcepto negativo produce por sí solo depresión, obesidad, alcoholismo, tabaquismo, adicciones, trastornos alimentarios, apuestas compulsivas o relaciones violentas.

La realidad humana no funciona con causalidades tan simples.

En esos fenómenos intervienen predisposición biológica, violencia, pobreza, desigualdad, disponibilidad de sustancias, experiencias familiares, presión social, discriminación y acceso limitado a servicios de salud. El autoconcepto puede ser un factor de vulnerabilidad, una consecuencia del problema o parte de una relación circular.

Una persona que se siente indigna puede tolerar maltrato. Pero el maltrato también deteriora la valoración que tiene de sí.

Alguien que no confía en sus capacidades puede recurrir a una sustancia para regular emociones, pertenecer o evadir dolor. Después, el consumo problemático puede dañar sus vínculos, su salud y la confianza en su posibilidad de recuperar el rumbo.

Una persona puede apostar buscando emoción, reconocimiento o una solución imaginaria a la precariedad. Las pérdidas pueden producir endeudamiento, vergüenza y una percepción todavía más negativa de sí.

Las adicciones no son simplemente falta de voluntad ni evidencia automática de falta de amor propio. Requieren prevención, tratamiento profesional, redes de apoyo y oportunidades reales de reconstrucción.

Viktor Frankl aporta aquí una mirada necesaria. No porque el sentido elimine una enfermedad o resuelva una adicción, sino porque una persona necesita alguna razón para continuar haciéndose cargo de su vida. El vacío existencial no explica todos los consumos, pero puede volver más atractiva cualquier forma de evasión.

Cuando la vida pierde dirección, el alivio inmediato puede parecer más habitable que el futuro.

La prevención no puede limitarse a decir “no consumas”. Necesita desarrollar pertenencia, criterio, vínculos, oportunidades, propósito y confianza suficiente para afrontar la realidad sin anestesiarla.

¿Qué hace una persona con su dolor cuando no se considera capaz de atravesarlo?

Entregamos nuestra identidad al algoritmo

La construcción del autoconcepto siempre ha dependido parcialmente de la mirada social. Lo nuevo es la intensidad, velocidad y medición pública de esa mirada.

Antes nos comparábamos con la familia, la escuela, el barrio o el trabajo. Ahora podemos hacerlo durante todo el día con millones de vidas editadas. La validación se contabiliza. La popularidad se exhibe. La belleza se filtra. La intimidad se vuelve contenido y la existencia comienza a administrarse como una marca.

Hemos externalizado parte de nuestro valor hacia el algoritmo.

La persona deja de preguntarse quién está siendo y empieza a preguntarse cómo está siendo vista.

La tecnología puede acercarnos, educarnos y democratizar conocimiento. No es el enemigo. El problema aparece cuando sustituye el encuentro interior, cuando el perfil desplaza a la persona y el reconocimiento digital se convierte en la principal medida de suficiencia.

Martin Buber ayuda a comprender esta pérdida. Cuando dejamos de relacionarnos con alguien como un “Tú” y lo convertimos en un “Eso”, reducimos su humanidad a una función. En las redes podemos transformar a la otra persona en audiencia, seguidora, competidora, adversaria o número. También podemos convertirnos a nosotros mismos en producto.

Una identidad convertida en producto vive pendiente del mercado de la aprobación.

Alfred Adler advertía que el sentimiento de inferioridad forma parte de la experiencia humana y puede impulsarnos a crecer. El problema aparece cuando intentamos compensarlo mediante superioridad, dominio, apariencia o comparación permanente.

No toda exhibición de seguridad nace de una confianza sólida. A veces es una defensa contra una sensación profunda de insuficiencia.

Una sociedad que enseña a compararse antes que a conocerse termina produciendo personas que compiten incluso cuando nadie les pidió competir.

Y un país lleno de personas que necesitan parecer valiosas puede terminar consumiendo, endeudándose y trabajando de más para compensar una insuficiencia que ningún objeto podrá resolver.

La insuficiencia también tiene un costo económico

No existe una cifra que mida directamente cuánto le cuesta a México una crisis de autoconcepto. Sin embargo, sus manifestaciones aparecen en la economía como ausentismo, presentismo, rotación, accidentes, conflictos, consumo compulsivo, endeudamiento, enfermedades crónicas, pérdida de creatividad y decisiones tomadas desde el miedo o la necesidad de aprobación.

La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión y la ansiedad ocasionan la pérdida de 12,000 millones de jornadas laborales cada año y cuestan cerca de un billón de dólares a la economía mundial por productividad perdida.

En México, la OCDE estima que las consecuencias sanitarias y laborales del sobrepeso reducen el producto interno bruto alrededor de 5.3%. Ese costo no puede atribuirse al autoconcepto ni reducirse a decisiones personales. Sí demuestra que lo que ocurre en el cuerpo, la mente, la familia y los hábitos termina afectando la productividad, el gasto sanitario y la capacidad económica del país.

Un autoconcepto deteriorado no es únicamente un problema íntimo. Cuando se combina con culturas laborales deshumanizantes, puede expresarse en pérdida de salud, talento, confianza, productividad y valor económico.

Por eso reeducar desde la empresa no consiste solamente en hacer sentir bien a la gente. Consiste en desarrollar personas capaces de pensar, decidir, aprender, cooperar y hacerse responsables de su vida sin ser disminuidas por el trabajo.

La empresa también fabrica espejos

Toda empresa comunica a sus integrantes quiénes cree que son.

Lo hace mediante el salario, las oportunidades, la escucha, el reconocimiento, las evaluaciones, los horarios, la autonomía, el lenguaje y la manera en que ejerce la autoridad.

Una organización puede decirle a una persona “confío en tu criterio” o enseñarle que solo debe obedecer. Puede ayudarle a reconocer fortalezas o recordarle exclusivamente sus errores. Puede construir autoeficacia mediante retos, acompañamiento y aprendizaje, o producir indefensión mediante humillación, explotación, ambigüedad y miedo.

El trabajo no constituye toda nuestra identidad, pero ocupa buena parte de la vida adulta. Cuando alguien ha aprendido que su valor depende de sus resultados, cada equivocación amenaza su dignidad. Cuando quien dirige confunde el cargo con su identidad, una crítica se vuelve afrenta personal. Cuando una familia empresaria confunde apellido con mérito, puede producir nuevas generaciones atrapadas entre privilegio, culpa, expectativas imposibles y la obligación de representar un personaje que otras personas diseñaron.

Cada empresa familiar es una pequeña república. Ahí se aprende si la autoridad desarrolla o somete, si el error educa o condena, si la siguiente generación puede descubrir su vocación o debe cumplir un destino heredado.

En los cursos que imparto utilizamos la imagen del árbol de la vida. Las raíces representan orígenes y creencias; el tronco, fortalezas; las ramas, objetivos; las flores, el impacto sobre otras personas; los frutos, logros; las aves, vínculos significativos; y los parásitos, aquellas creencias y relaciones que limitan el desarrollo.

Las empresas también tienen árboles

Algunas poseen raíces profundas, propósito, memoria y comunidad. Otras muestran grandes copas y frutos financieros mientras sus vínculos se secan. Parecen fuertes desde fuera, pero se sostienen sobre troncos debilitados por miedo, agotamiento y desconfianza.

¿Puede llamarse exitosa una empresa que produce resultados mientras deteriora la confianza de su gente en sí misma?

La rentabilidad es necesaria para la continuidad. Pero una empresa que solo extrae rendimiento y no desarrolla capacidad humana termina consumiendo el capital que la sostiene.

La responsabilidad social empresarial empieza adentro. No únicamente en la donación, el informe de sostenibilidad o la campaña reputacional, sino en la experiencia cotidiana de trabajar con dignidad. La filantropía consciente debe ampliar esa responsabilidad hacia educación emocional, salud mental, prevención de adicciones, nutrición, deporte, cultura y fortalecimiento familiar y comunitario.

No se trata de convertir a la empresa en consultorio ni a quienes lideran en terapeutas. Se trata de reconocer que toda organización es también una comunidad educativa. Produce bienes y servicios, pero también confianza o miedo, autonomía o dependencia, pertenencia o indiferencia.

La inversión social dentro de la empresa no debe entenderse como gasto periférico. Debe diseñarse de acuerdo con la realidad financiera del negocio, medirse por sus efectos humanos y sostenerse con visión de largo plazo. Su retorno aparece en permanencia, aprendizaje, innovación, reducción de conflictos y capacidad colectiva para atravesar la incertidumbre.

La empresa puede convertirse en una plataforma de desarrollo humano. No para fabricar personas extraordinarias, sino para permitir que cada persona reconozca su dignidad, desarrolle capacidades y produzca resultados sin traicionarse.

Conocerse no es condenarse

El autoconcepto puede reconstruirse.

No elegimos todo lo que recibimos durante la infancia, pero en la adultez adquirimos responsabilidad sobre lo que hacemos con nuestra historia. Podemos reconocer las heridas sin convertirlas en identidad permanente. Comprender las carencias no significa vivir culpando eternamente a quienes nos criaron. Muchas madres, padres y personas cuidadoras dieron lo que pudieron desde sus propias limitaciones, miedos y aprendizajes.

Comprender no borra el daño. Puede evitar que lo repitamos.

Rogers devuelve a la persona la posibilidad de ser congruente. Frankl recuerda la libertad interior para responder. Adler invita a dejar de organizar la vida alrededor de la comparación. Buber restaura el encuentro con la otredad.

Desde el Humanismo Mexicano Regenerativo, estas miradas convergen en una idea: una persona no florece porque alguien le repita que es extraordinaria, sino porque aprende a reconocerse con honestidad, asumir su historia, desarrollar capacidades y relacionarse sin traicionarse.

Un autoconcepto sano no dice “soy superior”. Dice “tengo valor sin necesidad de disminuir a nadie”.

No dice “puedo hacerlo todo”. Dice “puedo aprender, pedir ayuda y hacerme responsable”.

No dice “nadie debe cuestionarme”. Dice “una crítica no cancela mi dignidad”.

No dice “debo gustarle a todo el mundo”. Dice “puedo pertenecer sin dejar de ser yo”.

Educar el autoconcepto no significa inflar el ego. Significa formar personas capaces de reconocer fortalezas y limitaciones sin avergonzarse de ninguna. Personas que puedan corregirse sin destruirse, cuidarse sin volverse indiferentes y ejercer libertad sin abandonar la responsabilidad.

Todo empieza por una misma o por uno mismo, pero nada verdaderamente humano termina ahí.

Quien aprende a reconocerse dignamente puede respetar mejor la dignidad ajena. Quien pone límites sin violencia tiene menos necesidad de controlar. Quien confía en su capacidad puede cooperar sin sentirse disminuido. Quien acepta su fragilidad puede pedir ayuda antes de colapsar.

México también necesita reconstruir la imagen que tiene de sí

En una columna anterior escribí que la ansiedad pregunta qué podríamos perder. Antes reflexioné que la desolación pregunta a quién tenemos cuando la vida se rompe.

El autoconcepto plantea una pregunta más profunda.

¿Quién creo que estoy siendo para enfrentar mi existencia?

México también responde colectivamente esa pregunta. Puede concebirse como un país condenado a la improvisación, la corrupción, la violencia, la desigualdad y la incertidumbre. O puede reconocerse como una sociedad capaz de aprender, cuidar, cooperar y regenerar sus instituciones.

Un autoconcepto nacional sano no es propaganda ni arrogancia. Reconoce capacidades sin negar heridas. Ama al país sin idealizarlo. Critica sin despreciarlo. Se responsabiliza sin rendirse al cinismo.

El primer sector debe garantizar salud, educación, seguridad, regulación responsable de mercados y acceso oportuno a servicios. El deber ser político consiste en disponerse a cocrear bien común, no en administrar identidades heridas mediante polarización, miedo o dependencia.

El segundo sector debe generar prosperidad sin fabricar insuficiencia permanente ni consumir la vida de quienes producen valor. Puede crear trabajo digno, aprendizaje, autonomía y comunidades empresariales donde las personas descubran que son capaces.

El tercer sector puede acompañar, investigar, prevenir, formar redes y representar a quienes continúan quedando fuera. La filantropía consciente no sustituye los derechos ni las obligaciones del Estado. Complementa, innova, articula y ayuda a reconstruir capacidades mientras exige transformaciones estructurales.

Gobierno, empresa y sociedad civil no son espectadores de una crisis privada. Participan en la producción de los mensajes con los que México aprende a mirarse.

Por eso propongo tres acciones

La primera es interior. Observa cómo te describes cuando fallas, cuando miras tu cuerpo, cuando alguien te contradice o cuando no recibes reconocimiento. Pregúntate si esa voz te permite aprender y responsabilizarte, o si te humilla y confirma una sentencia antigua.

La segunda es relacional. Revisa qué espejo eres para tu familia, tu equipo y las personas afectadas por tus decisiones. ¿Tu manera de corregir construye conciencia o produce vergüenza? ¿Tu cuidado desarrolla autonomía o dependencia?

La tercera es sistémica. Si lideras una empresa, una escuela, una organización o una institución pública, identifica qué prácticas construyen autoeficacia, pertenencia y dignidad, y cuáles enseñan silencio, incapacidad o miedo. Cambiar el lenguaje ayuda. Cambiar las condiciones transforma.

El amor propio no es admirarse todo el tiempo. Es dejar de abandonarse.

Un país cuyos habitantes dejan de abandonarse puede cuidar mejor su cuerpo. Un país que se cuida puede reconocer sus capacidades. Un país que reconoce sus capacidades puede cooperar. Un país que coopera puede reconstruir confianza. Y un país que confía en su capacidad colectiva puede crear prosperidad con dignidad, justicia y sentido humano.

México no necesita personas perfectas, exitosas por fuera e insuficientes por dentro. Necesita familias que reconozcan, escuelas que desarrollen, empresas que confíen, instituciones que lleguen a tiempo y ciudadanía capaz de hacerse cargo de sí misma sin abandonar a la otredad.

Esta labor comienza en el liderazgo propio y se vuelve país cuando la practicamos en comunidad.

De este tema conversaremos esta semana en nuestro espacio radiofónico Liderazgo, Salud y Sociedad. El martes lo abordaremos desde la salud, la autoimagen, nuestra relación con la comida y los riesgos que aparecen cuando el cuidado se convierte en castigo. El jueves profundizaremos desde el liderazgo, la familia, la empresa y la sociedad para comprender cómo se construye el autoconcepto y qué podemos hacer para fortalecerlo.

Nos escuchamos de 15:00 a 16:00 horas, tiempo del centro de México, por Radio Fórmula en la 1470 AM de la Ciudad de México y 1230 AM para Guadalajara y Monterrey, así como en sus plataformas digitales. Lo conduciremos Rafael Balderas Ledezma, Maribel Ramírez Coronel y yo, Jaime Cervantes Covarrubias.

Pensar bien. Decidir mejor. Vivir mejor. Convivir mejor.

Y aprender a mirarnos con suficiente conciencia para dejar de vivir intentando ser alguien más.

Porque la forma en que México se conciba determinará, en parte, el país que se atreva a construir.

El autor es Doctor en Desarrollo Humano por la Universidad Motolinía del Pedregal; Maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana; Master Ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico por IE Business School y Licenciado en Comunicación Gráfica. Es desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico y columnista en El Economista.

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Jaime Cervantes Covarrubias

El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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