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Opinión

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Cuando la empresa llama “sobrecualificación” a su propia falta de futuro

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Jorge Alberto Hidalgo Toledo | Columna invitada

Jorge Alberto Hidalgo Toledo

A veces una organización se delata con una sola palabra. No necesita mostrar sus manuales, sus organigramas, sus rituales de junta, sus indicadores de desempeño ni sus campañas internas sobre innovación. Basta una frase dicha con tono administrativo para que aparezca la estructura moral que la sostiene: “estás sobrecualificado”. Al parecer, el candidato tiene demasiado. Demasiado estudio. Demasiada experiencia. Demasiada imaginación. Demasiada vida acumulada para una vacante escrita desde la estrechez de una tarea. Lo que parecía diagnóstico técnico termina siendo confesión cultural. No han rechazado a una persona por sobrarle talento; han revelado que no saben qué hacer con él.

La escena podría parecer menor: un egresado brillante de doctorado, con trayectoria sólida, visión estratégica y capacidad de lectura compleja, recibe una negativa laboral. No lo descartan por incompetente, sino por excedente. La organización no encuentra en él una falta, sino una amenaza silenciosa al molde. Su perfil desborda la descripción funcional del puesto y, en lugar de preguntarse qué podría construir con alguien así, la empresa protege la comodidad de su arquitectura. Ahí está la grieta. Muchas organizaciones declaran buscar innovación, transformación digital, liderazgo adaptativo y creatividad aplicada, pero cuando aparece una persona capaz de encarnar esas aspiraciones, la expulsan del proceso porque no cabe en la jaula conceptual de la vacante.

La sobrecualificación, en no pocos casos, funciona como palabra defensiva. No describe el exceso del candidato; encubre la insuficiencia institucional. La pregunta no es por qué alguien con alta formación aplica a un cargo que parece menor. La pregunta de fondo es por qué una empresa no puede imaginar lo que haría con alguien que posee más de lo solicitado. Esa incapacidad de imaginar valor es una forma de pobreza organizacional. No pobreza financiera, necesariamente. Puede tratarse de empresas rentables, reconocidas, incluso admiradas. Pero pobres en horizonte. Pobres en imaginación estratégica. Pobres en coraje cultural.

Richard Sennett advirtió que el nuevo capitalismo fragmenta las biografías laborales y erosiona la continuidad del carácter, porque exige flexibilidad sin ofrecer relato, movimiento sin arraigo, adaptación sin proyecto. En ese régimen, el talento queda atrapado entre dos mandatos contradictorios: prepárate toda la vida, pero no incomodes a la estructura; desarrolla criterio, pero no cuestiones la rutina; conviértete en líder, pero acepta ser tratado como recurso administrable. La empresa predica movilidad, pero teme a quien se mueve intelectualmente más rápido que ella.

La paradoja se vuelve más grave con la inteligencia artificial. El World Economic Forum proyecta que 22% de los empleos experimentará disrupción hacia 2030, con 170 millones de nuevos roles y 92 millones desplazados; además, casi 40% de las habilidades requeridas cambiará en los próximos años. En México, el IMCO estima que 40% de las habilidades esenciales cambiará en el mismo horizonte y que 95% de las empresas planea adoptar herramientas de IA en los próximos cinco años. La señal es contundente: el trabajo que pueda reducirse a procedimiento será cada vez más vulnerable. No porque la IA odie al trabajador, sino porque muchas organizaciones redujeron al trabajador a una secuencia operativa.

La IA no amenaza primero al ser humano. Amenaza la pobreza conceptual con la que hemos definido su trabajo.

Una vacante pensada como lista de tareas mira hacia atrás. Una organización inteligente debería pensar los puestos como plataformas de contribución. La diferencia no es semántica; es antropológica. En la primera lógica, una persona llega para ejecutar. En la segunda, llega para ampliar capacidades, leer el contexto, formular mejores preguntas, articular saberes, anticipar riesgos y convertir información dispersa en criterio compartido. Hannah Arendt distinguía entre labor, trabajo y acción; esta última no se agota en producir, sino que inaugura posibilidades en el espacio común. La empresa que sólo contrata para laborar y producir, pero no para actuar, se priva de aquello que vuelve humano al trabajo: la capacidad de iniciar algo que no estaba previsto.

La llamada sobrecualificación revela, además, una economía moral de la obediencia. Se celebra la capacitación mientras no desborde el puesto. Se admira el pensamiento crítico mientras no roce la jerarquía. Se invoca el talento, pero se administra como pieza reemplazable. Pierre Bourdieu habría reconocido ahí una forma de violencia simbólica: el sistema impone sus categorías de percepción hasta lograr que el candidato piense que su abundancia es un defecto y que la pequeñez del molde es una regla natural. La organización no sólo excluye; educa en la reducción de expectativas.

El problema tampoco puede descargarse únicamente en recursos humanos. Muchas áreas de capital humano operan dentro de límites presupuestales, instrucciones directivas, inercias culturales y temores políticos. Pero si su función se reduce a custodiar perfiles mínimos, han renunciado a su tarea más estratégica: ayudar a la organización a pensar qué tipo de persona necesita para el futuro que dice querer construir. Reclutar no debería ser rellenar un hueco. Debería ser leer una época. Debería ser interpretar qué capacidades aún no existen en la empresa y qué inteligencias podrían ensanchar su frontera.

La evidencia reciente muestra que la tensión ya está instalada. La Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro trabajadores del mundo está en ocupaciones con algún grado de exposición a la IA generativa, con mayor incidencia en tareas administrativas y roles digitalizados. Microsoft reportó en 2026 que sólo 26% de usuarios de IA percibe a sus liderazgos claramente alineados en la materia, mientras muchos empleados sienten presión por adaptarse, aunque el sistema no recompense la reinvención del trabajo. Ahí se encuentra el drama: el talento ya empezó a moverse, pero la cultura organizacional sigue pidiendo permiso al pasado.

En México, la contradicción se vuelve aún más áspera. El Observatorio Laboral reportó 9.4 millones de profesionistas ocupados al cuarto trimestre de 2025, mientras el INEGI informó en marzo de 2026 una informalidad laboral de 54.8% y una tasa de condiciones críticas de ocupación de 39.6%. Es decir, formamos personas, pero no siempre construimos estructuras capaces de dignificar su capacidad. Producimos credenciales, pero no suficientes ecosistemas de reconocimiento. Pedimos especialización y luego castigamos el exceso. El país necesita talento, pero muchas organizaciones siguen contratando como si el futuro fuera una repetición disciplinada del presente.

Simondon entendía la técnica no como simple herramienta, sino como proceso de individuación que transforma la relación entre sujetos, objetos y mundo. La IA, bajo esa mirada, no debería ser excusa para reducir nómina, sino oportunidad para reconfigurar el sentido del trabajo. Automatizar lo repetitivo sólo vale la pena si libera tiempo humano para pensar mejor, cuidar mejor, decidir mejor, crear mejor. Si la automatización sirve para precarizar la vida, la empresa no habrá innovado; habrá sofisticado su mediocridad.

Quizá por eso algunas organizaciones temen a los perfiles altamente formados. No temen que se aburran. Temen que despierten a los demás. Temen que hagan visible la simulación de innovación, la fragilidad de los mandos, la falta de proyecto, la distancia entre el discurso de transformación y la práctica cotidiana. Un talento superior no siempre llega a alterar la operación; muchas veces altera el espejo. Obliga a mirar lo que la organización no quería nombrar.

La empresa subcualificada no es la que carece de tecnología, sino la que carece de visión para reconocer a las personas que podrían elevar su conversación interna. No es la que no usa IA, sino la que la adopta sin preguntarse qué humanidad quiere preservar. No es la que tiene puestos modestos, sino la que convierte la modestia del puesto en límite ontológico de la persona.

Aquel egresado rechazado quizá no perdió una oportunidad. Tal vez recibió una advertencia. Hay puertas que no se abren porque protegen habitaciones demasiado pequeñas. La pregunta que queda no debería dirigirse sólo al candidato, sino a toda organización que presume futuro mientras le teme al talento: ¿cuántas inteligencias han dejado fuera no porque fueran demasiado grandes, sino porque el horizonte institucional era demasiado bajo para recibirlas?

El verdadero reto de la era de la inteligencia artificial no será contratar menos humanos porque existen más máquinas. Será aprender a convocar mejores humanos porque existen más máquinas. Personas capaces de pensar con ellas, contra ellas y más allá de ellas. Personas que no pidan permiso para imaginar. Personas que recuerden que ninguna empresa construye futuro desde mínimos operativos, sino desde inteligencias capaces de ensanchar lo que todavía no cabe en una descripción de puesto.

Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Doctor en Comunicación Aplicada por la Universidad Anáhuac; miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1. Expresidente de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación, AMIC y del Consejo Nacional para la Enseñanza e Investigación de las Ciencias de la Comunicación, CONEICC. Investigador en temas de Cultura digital e Inteligencia Artificial. Actualmente es Coordinador General del Human & Nonhuman Communication Lab de la Facultad de Comunicación en la Universidad Anáhuac México.

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