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Eje Cardio-Reno-Metabólico: la oportunidad que los sistemas de salud no pueden seguir postergando

José Luis Cárdenas T. | Columna Invitada
Durante décadas, los sistemas de salud de América Latina y del mundo se organizaron bajo una lógica que hoy empieza a mostrar sus límites. Construimos hospitales, especialidades, presupuestos y programas de cobertura como si las enfermedades crónicas transcurrieran por caminos separados. El endocrinólogo trata la glucosa, el nefrólogo vigila el deterioro de la función renal, el cardiólogo se ocupa del corazón y el psiquiatra de la salud mental.
Quienes han trabajado en hospitales, financiadores o agencias públicas saben que la realidad rara vez respeta esas fronteras. El mismo paciente aparece una y otra vez en distintos consultorios, distintos presupuestos y distintos registros administrativos. Lo que para el sistema son problemas separados, para la persona es una única historia clínica.
La evidencia científica acumulada en los últimos años está confirmando algo que muchos clínicos observaban desde hace tiempo: gran parte de las enfermedades crónicas comparten mecanismos biológicos, factores de riesgo y trayectorias de evolución. La fragmentación ya no es solo un problema organizacional. Es una limitación clínica y, cada vez más, una limitación económica.
Cuando los órganos dejan de ser islas
En octubre de 2023, la American Heart Association publicó un consenso que marcó un punto de inflexión: la definición formal del síndrome Cardiovascular-Kidney-Metabolic, o CKM (Circulation, Ndumele et al., 2023) o síndrome cardio-reno-metabólico. No fue una reclasificación académica. Fue el reconocimiento oficial de algo que la clínica diaria venía señalando: la acumulación de grasa visceral, la resistencia a la insulina, la inflamación sistémica y el daño vascular no afectan órganos aislados. Forman parte de un mismo proceso que compromete simultáneamente arterias, riñones, corazón y metabolismo. En otras palabras, muchas de las enfermedades que seguimos administrando por separado son expresiones distintas de una misma trayectoria de deterioro. Pero incluso esta mirada puede resultar incompleta si deja afuera al cerebro. La relación entre el síndrome cardio-reno-metabólico y la salud mental es cada vez más difícil de ignorar. Los pacientes con depresión mayor presentan un riesgo significativamente más alto de desarrollar enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2 — con incrementos del riesgo relativo que distintos estudios con diferentes diseños metodológicos sitúan entre el 40 y el 60% (Firth et al., Lancet Psychiatry, 2019; Zeng et al., Molecular Psychiatry, 2025). Y no se trata solo de malos hábitos. Existen puentes biológicos concretos: la inflamación que genera el tejido adiposo afecta al cerebro, el estrés crónico altera procesos hormonales capaces de acelerar el deterioro cardiovascular, y las pequeñas arterias cerebrales se van deteriorando de forma silenciosa. La relación también funciona en sentido inverso: convivir durante años con enfermedades crónicas complejas impacta sobre la salud mental. Aunque hay que ser precisos: la evidencia que vincula el deterioro metabólico con alteraciones neuropsiquiátricas es más robusta que la demostración causal en sentido opuesto. La investigación avanza, pero hay preguntas que todavía no tienen respuesta definitiva.
Lo relevante para la gestión sanitaria es más simple: el paciente no vive estas condiciones como compartimentos independientes. Pensemos en alguien concreto. Un hombre de 58 años con obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión y depresión. Cuatro consultorios, múltiples circuitos administrativos, indicaciones que no siempre dialogan entre sí. Desde el punto de vista biológico, en muchos de estos casos estamos observando distintas manifestaciones de un mismo proceso de enfermedad. Pero el sistema lo contabiliza como cuatro problemas distintos, y lo financia como cuatro problemas sin relación entre ellos. Esa es exactamente la brecha que necesitamos cerrar.
El costo de seguir mirando para otro lado
La fragmentación tiene consecuencias clínicas. Pero también tiene consecuencias económicas, y estas últimas son las que con frecuencia terminan moviendo a los tomadores de decisión. Las complicaciones avanzadas de las enfermedades crónicas representan una de las principales fuentes de presión financiera sobre los sistemas sanitarios. Las complicaciones de la diabetes concentran una proporción sustancial del gasto total asociado a la enfermedad, y la coexistencia de diabetes, enfermedad renal crónica e insuficiencia cardíaca puede llegar a consumir en algunas regiones más de la mitad del presupuesto destinado a enfermedades no transmisibles (Lancet Diabetes & Endocrinology, 2024). El problema es que estos costos rara vez aparecen agrupados en una misma cuenta. Se distribuyen entre internaciones, prestaciones ambulatorias, discapacidad, rehabilitación y pérdida de productividad. Por eso son menos visibles que el precio de un medicamento nuevo, aunque sean mucho más altos. Cuando la intervención llega en la etapa avanzada — cuando el paciente ya requiere diálisis, sufre una internación por insuficiencia cardíaca o atraviesa un evento cardiovascular mayor — el margen para modificar el pronóstico es mucho más estrecho. Y el costo, mucho más elevado. A eso hay que sumarle el impacto de la salud mental, que los análisis económicos frecuentemente ignoran. La depresión en pacientes con insuficiencia cardíaca se asocia con un incremento de entre el 30 y el 50% en el riesgo de hospitalización, y con reducciones del 30 al 40% en la adherencia al tratamiento farmacológico (Chouairi et al., J Card Fail, 2021; Berimavandi et al., Health Sci Rep, 2025). Dicho de otra manera: el mejor medicamento del mundo pierde eficacia si el paciente no lo toma. Y con frecuencia no lo toma porque nadie está mirando su salud mental.
Terapias que cuidan más de un órgano — y un sistema que todavía no sabe cómo evaluarlas
Aquí aparece uno de los dilemas más interesantes del momento. En los últimos años, medicamentos desarrollados inicialmente para la diabetes han demostrado, en ensayos clínicos de fase III, reducir eventos cardiovasculares mayores y frenar la progresión de la enfermedad renal — con magnitudes de efecto que en varios estudios alcanzan o superan el 20% en los desenlaces compuestos evaluados (New England Journal of Medicine, Lincoff et al., 2023). Algunos de estos compuestos también están siendo estudiados por sus posibles efectos sobre la cognición y la salud cerebral; los resultados disponibles son prometedores pero todavía no concluyentes. El problema es que cuando los beneficios se distribuyen entre distintos órganos, distintas especialidades y distintos presupuestos, los análisis tradicionales de costo-efectividad — diseñados para evaluar un fármaco para una indicación específica — capturan correctamente el costo pero frecuentemente subestiman el beneficio real. Lo que parece caro visto desde nefrología puede ser altamente eficiente visto desde el sistema de salud en su conjunto. La farmacoeconomía está comenzando a discutir este problema con seriedad, proponiendo marcos de evaluación capaces de medir el valor sistémico de estas intervenciones (Soares et al., Value in Health, 2025). Pero la discusión académica va más rápido que los cambios en los sistemas de cobertura. La pregunta de fondo no es cuánto cuesta incorporar estas innovaciones. Es cuánto cuesta seguir sin incorporarlas.
Lo que necesita cambiar — y lo que depende de decisiones, no de evidencia.
La evidencia ya modificó la manera en que entendemos estas enfermedades. Lo que no cambió al mismo ritmo son las estructuras que usamos para gestionarlas. Persisten guías clínicas que dialogan poco entre sí. Presupuestos organizados por compartimentos. Mecanismos de pago que incentivan prestaciones individuales más que resultados integrados. Ninguna de estas barreras responde hoy a una falta de conocimiento científico. En gran medida, reflejan inercias institucionales acumuladas durante décadas. Modificar esa inercia requiere decisiones concretas: unificar guías clínicas entre especialidades, diseñar incentivos financieros que premien los resultados en el paciente y no solo las actividades individuales, y revisar los modelos de evaluación para que reflejen el valor real de intervenciones con beneficios que se distribuyen en el tiempo y en distintos órganos. El concepto cardio-reno-metabólico no es una sofisticación académica para congresos médicos. Es una oportunidad concreta para repensar cómo organizamos recursos escasos frente a una carga creciente de enfermedades crónicas. La medicina ya entendió que el paciente es más que la suma de sus órganos. El desafío pendiente es que la regulación, el financiamiento y la organización de los sistemas de salud empiecen a actuar en consecuencia. Porque si algo muestran los datos disponibles es que el costo de la integración puede medirse. El costo de la fragmentación, en cambio, lo seguimos pagando todos los días — solo que en cuotas, y distribuido en tantos presupuestos distintos que nadie termina de verlo completo. ¿Cuánto más podemos seguir esperando para cambiar?
Columna escrita en colaboración con el Dr. Guillermo E. Maligne.
*El autor es experto en políticas públicas en salud, ha trabajado para diversas asociaciones e industria relaciona con estas materias, desempeñándose también a nivel académico. Actualmente dirige Thera Health Policy & Access.
Referencias:
- Berimavandi M, et al. Relationship between depression and medication adherence in cardiovascular disease. Health Sci Rep. 2025.
- Chouairi F, et al. The impact of depression on outcomes in patients with heart failure. J Card Fail. 2021.
- Firth J, Siddiqi N, Koyanagi A, et al. The Lancet Psychiatry Commission: a blueprint for protecting physical health in people with mental illness. Lancet Psychiatry. 2019;6(8):675–712.
- Lincoff AM, Brown‑Frandsen K, Colhoun HM, et al. Semaglutide and cardiovascular outcomes in obesity without diabetes. N Engl J Med. 2023;389:2221–2232. doi:10.1056/NEJMoa2307563.
- Ndumele CE, Rangaswami J, Chow SL, et al. Cardiovascular–Kidney–Metabolic Health: A Scientific Statement From the American Heart Association. Circulation. 2023;148(20):1606–1635.
- Soares M, Glynn D, Layne R, Palmer S. A policy framework for multi-indication evidence synthesis in health technology assessment (HTA). Value Health. 2025;28(Suppl 1):S18–S19.
- The Lancet Diabetes & Endocrinology. Diabetes-related complications: a toll too high. Lancet Diabetes Endocrinol. 2024;12(9):601.
- Zeng J, et al. Cardiovascular diseases and depression: a meta-analysis and Mendelian randomization analysis. Mol Psychiatry. 2025. doi:10.1038/s41380-025-03003-2.

