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Opinión

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El civismo como microeconomía moral

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Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

Jaime Cervantes Covarrubias

“México todavía confía en la familia, el amigo, la comadre, el compadre y el conocido. Pero desconfía del desconocido.”

Ahí empieza esta reflexión. No en el Congreso, no en Palacio Nacional, no en la Suprema Corte, no en la Bolsa Mexicana de Valores, no en el discurso empresarial, no en la encuesta fría, no en la promesa electoral ni en el reglamento pegado en una pared que nadie lee. Empieza, también, en la forma en que pensamos a México y en la manera en que tratamos a quien no conocemos.

Sí, empieza en el claxon que agrede antes de pensar. En la fila que alguien se salta porque “lleva prisa”. En la banqueta invadida. En la bolsa de basura abandonada como si la calle no fuera de nadie. En el transporte público donde el cuerpo del otro estorba. En el vecino que no deja dormir. En la ventanilla pública que humilla. En la conversación política que insulta. En la mesa familiar donde ya no se habla, solo se reacciona. En la empresa donde se exige lealtad, pero no siempre se ofrece dignidad. En la junta de consejo donde se administra patrimonio, pero no se sabe dialogar con respeto.

México no está perdiendo civismo solamente porque haya olvidado los buenos modales. Lo está perdiendo porque se está debilitando la confianza cotidiana. Y sin confianza no hay comunidad. Sin comunidad no hay prosperidad regenerativa. Sin prosperidad regenerativa no hay futuro digno para nuestras familias, nuestras empresas ni nuestra patria.

El civismo no es saludar por costumbre, respetar la fila por obediencia o no tirar basura por miedo a una multa. El civismo es la práctica diaria de reconocer que la otra persona también existe. Es alteridad consciente: pensar también en el bien de los demás. Existe en el tráfico, en la escuela, en la empresa, en el mercado, en la colonia, en la familia, en la autoridad, en la calle y en la forma en que ejercemos el poder cuando nadie nos está vigilando.

Por eso propongo mirar el civismo como una microeconomía moral.

Cada acto cotidiano deposita o retira confianza del fondo común de la sociedad. Cuando una persona respeta el espacio ajeno, deposita. Cuando una autoridad atiende sin humillar, deposita. Cuando una empresa paga con justicia, deposita. Cuando una familia dialoga sin violencia, deposita. Pero cuando gritamos, abusamos, simulamos, nos aprovechamos, explotamos, callamos lo importante o normalizamos la trampa, hacemos un retiro del tejido social. Y México lleva demasiados años sobregirado. La incivilidad es cargo; el civismo consciente, abono.

El dato es brutal por su sencillez. La ENCUCI 2020 del INEGI y el INE muestra que 62.1% de la población de 15 años y más expresa alta confianza en las personas que conoce personalmente; 32.1% confía en la mayoría de las personas de su colonia o localidad; pero solo 21.8% confía en “la mayoría de las personas”. Somos un país cálido en el círculo íntimo y defensivo en el espacio público. Confiamos en la comadre, pero no en la persona desconocida. Y el civismo empieza precisamente ahí: cuando reconocemos dignidad en quien no conocemos. Reconocerlo es difícil, pero urgente. No hacerlo sería un autosabotaje cívico a nuestra propia convivencia.

El civismo es liderazgo propio en el espacio común

¿Puede hablarse de liderazgo humanista regenerativo si no aprendemos a convivir con respeto en lo cotidiano?

La respuesta es no. Liderar no empieza cuando alguien tiene poder formal, comienza cuando una persona gobierna su propia conducta con autonomía consciente. Cuando decide no convertir su prisa en violencia cotidiana. Cuando aprende a escuchar antes de imponer. Cuando cuida su cuerpo para no descargar su descuido en la familia. Cuando ordena su economía para no convertir su ansiedad en grito. Cuando ejerce libertad sin usarla como permiso para destruir lo común.

Hoy vivimos una época de hiperconexión y despersonalización: más conexión, pero más enajenación por lo superficial. Tenemos más pantallas, más opiniones, más desinformación, más indignación y menos conversación. Nuestro cerebro se ha ido convirtiendo en repositorio de basura simbólica: miedo, comparación, propaganda, resentimiento, consumo compulsivo, deseo artificial y fanatismos de todo tipo. También nuestro cuerpo se ha convertido en archivo de abandono: estrés, insomnio, inflamación, sedentarismo, mala alimentación, cansancio y ansiedad.

No estamos pensando mejor. Estamos reaccionando más rápido, inconscientes, extenuados, desconectados.

Y una sociedad que reacciona sin conciencia deja de convivir. Se vuelve masa irritada, audiencia polarizada, población de consumo manipulable, familia agotada y empresa aparentemente funcional, rica por fuera, pero quebrada por dentro.

El despertar no está en la fe ciega de dogmas, ideologías, religiones, condicionamientos, algoritmos o patrones heredados. El despertar está en razonar la existencia. En preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, con nuestra familia, con nuestra empresa, con nuestra comunidad y con México. Aprender a cuestionar lo aprendido no es traicionar la tradición; es liberarla de sus deformaciones.

Debemos decir basta frente a lo inhumano. Recordar que una persona crece cuando se siente reconocida con congruencia y empatía. Ahí entendemos que el verdadero desarrollo no es solo ingreso, sino libertad real para vivir una vida valiosa.

Debemos educar sin  fabricar seres funcionales al sistema, sino formar personas capaces de responder al mundo. México necesita exactamente eso: personas adultas lúcidas, capaces de ejercer libertad con autonomía y no con compulsión.

El civismo regenerativo nace cuando la integridad personal se convierte en trato social. Y lo escribo en primera persona del singular para que al leerlo, siendo lector/a puedas sentirlo…

Quiero vivir con dignidad para no degradar mi esencia en un mal vivir. Quiero disponerme a servir, escuchar y respetar mi comunidad. Quiero desarrollar conciencia para autorregularme, comprender mi impacto y asumir una responsabilidad sistémica frente a mis decisiones y sus consecuencias.

Estos son los valores cardinales del liderazgo humanista que he venido desarrollando desde mi experiencia como consejero, empresario, desarrollista humano, investigador, esposo, padre, abuelo y mexicano. Hoy quiero llevarlos a la calle, a la política, a la vida cotidiana y a su espíritu.

Porque el civismo es el Humanismo Mexicano cotidiano en práctica para el bien común. Es respeto vivido, conciencia encarnada y cuidado cotidiano en cada rincón del país.

La ENSU de marzo de 2026 del INEGI reportó que 38.2% de la población adulta urbana tuvo al menos un conflicto o enfrentamiento directo con familiares, vecinos, compañeros de trabajo o escuela, personal de establecimientos o autoridades de gobierno. La misma encuesta muestra que 70.6% se sintió insegura en cajeros automáticos en vía pública, 65.3% en la calle y 64.1% en el transporte público.

Esto no es una simple medición de mal humor a nivel nacional, es fenomenología social. Es México viviéndose en tensión y conflicto, con miedo. Es la patria convertida en fricción cotidiana: ruido, basura, tráfico, trámites, transporte saturado, malentendidos, ambulantaje, robos, autoridades prepotentes e informalidad sin el debido cuidado sanitario. La incivilidad no empieza en las grandes teorías. Empieza en los pequeños abusos que toleramos porque creemos que “no pasa nada, así somos”.

En México hemos normalizado la hostilidad y estamos perdiendo la hospitalidad. ¿No debería ser al revés? Lo que describo sí está pasando: se acumula, se hereda, se aprende y, si lo seguimos ignorando, puede convertirse en nuestra nueva cultura.

La ENVIPE 2025 del INEGI estimó que en 2024 hubo 23.1 millones de víctimas de delito entre personas adultas, que 29% de los hogares tuvo al menos una víctima y que el subregistro, la realidad fue de 93.2%. También estimó que 75.6% de la población adulta percibe inseguridad en su entidad federativa y que el costo nacional de la inseguridad y el delito fue de 269.6 mil millones de pesos, equivalente a 1.07% del PIB. La incivilidad nos cuesta.

El miedo destruye el civismo porque reduce la confianza mínima. Cuando la calle se vive como amenaza, la cortesía se vuelve sospecha. La diferencia se vuelve un riesgo, la indiferencia un hábito y la ciudadanía instaura sus mecanismos de defensa.

No podemos pedir civilidad como sermón si no reconstruimos condiciones de seguridad, justicia, trabajo digno, salud física, emocional y pertenencia comunitaria.

Tampoco podemos esperar a que el sistema cambie para dejar de lastimarnos. La reconstrucción empieza por una misma o por uno mismo, aunque nunca termina ahí.

Cada empresa familiar es una pequeña república

¿Qué conciencia de responsabilidad social construye una empresa que exige civilidad afuera, pero tolera humillación o silencio adentro?

Esta pregunta incomoda porque interpela al empresariado mexicano, especialmente a la empresa familiar y a la pyme. No para culpar al empresariado, sino para recordarle su enorme poder transformador. Una empresa no solo produce bienes o servicios; también produce cultura: formas de autoridad, trato, aprendizaje, confianza o miedo. Por eso debe constituirse como una plataforma de desarrollo humano, ciudadanía y prosperidad regenerativa.

Los Censos Económicos 2024 del INEGI reportan que, en 2023, el sector privado y empresas paraestatales tenían 5,468,180 unidades económicas y 27,965,433 personas ocupadas. Las microempresas representaron 95.4% de esas unidades económicas y dieron trabajo a 41.4% del personal ocupado. México es una economía profundamente micro, familiar, barrial, comunitaria y cotidiana.

CIFEM-BBVA de IPADE ha señalado que más de 95% de las empresas mexicanas son familiares y que menos de 15% logra pasar a tercera generación. En su estudio reciente, 52% de las empresas familiares participantes presentó algún grado de riesgo de no subsistir por malas prácticas, que afectan la dinámica familiar, provocan desintegración y pueden llevar al fracaso del negocio; solo 3% contaba con un plan explícito de sucesión en la dirección general. KPMG México, por su parte, reportó que 44% de las empresas familiares mexicanas no cuenta con un Consejo de Administración formal, y plantea el legado familiar como una integración de activos biológicos, materiales, sociales e identitarios.

Entonces, la pregunta eje vuelve con fuerza: Si la empresa familiar no es estable, ¿el país podría serlo, cuando dentro de ella se aprende a dialogar, pagar, cuidar o abusar?

No. No podría.

En esa pequeña república se aprende si la autoridad sirve o somete. Si el dinero dignifica o controla. Si la sucesión se conversa o se impone. Si el apellido une o encadena. Si el trabajo construye comunidad o extrae vida. Si el fundador forma o retiene. Si las hijas y los hijos heredan propósito o resentimiento. Si las personas trabajadoras son vistas como personas completas, o como ‘recursos humanos’, ese vocablo tan cómodo como deshumanizante.

No somos recursos. Somos humanidad con historia, cuerpo, familia, heridas, talento, conciencia y esperanza.

La conciencia de propiedad empresarial es civismo aplicado. Un empresariado que escucha, una sucesión dialogada, un salario justo, una junta sin humillación, una política de cuidado, una conversación difícil sostenida con respeto, una formación continua, un protocolo familiar vivo, un acuerdo cumplido y una disculpa oportuna son actos cívicos. La empresa familiar mexicana puede convertirse en escuela de civismo regenerativo si transforma autoridad en servicio, poder en cuidado y patrimonio en bien común.

Esto no significa ingenuidad empresarial. Significa estrategia civilizatoria. El humanismo en la empresa no niega la rentabilidad, al contrario, la ordena al servicio del desarrollo humano. Una empresa que crea bienestar y calidad de vida para su gente produce reciprocidad, compromiso, creatividad, estabilidad y pertenencia. Una empresa que extrae vida produce resentimiento, rotación, enfermedad, desigualdad, simulación y ruptura. Recordemos que la desesperanza termina reclutando criminalidad sistémica.

El empresariado mexicano tiene una responsabilidad política no partidista. Porque cada nómina sostiene familias. Cada salario incide en alimentación, salud, descanso, educación, convivencia, estrés y esperanza. Cada líder empresarial tiene a su cargo una comunidad que clama por formación continua y por paz. No basta pagar, hay que dignificar. No basta con cumplir, hay que formar. No basta donar, hay que transformar.

Aquí la filantropía consciente tampoco puede ser adorno reputacional. Debe ser inversión sistémica, medible y orientada a reparar daños reales: educación, salud, primera infancia, violencia familiar, empleabilidad, salud mental, deporte, cultura cívica, espacios comunitarios, sostenibilidad socioambiental. Primer sector, segundo sector y tercer sector deben dejar de actuar como islas. Gobierno, empresa y sociedad civil son agentes reales de cambio o corresponsables de la omisión.

Eduardo Bohórquez, desde Transparencia Mexicana, ha insistido durante años en la importancia de control ciudadano, integridad y rendición de cuentas. Wendy Figueroa, desde la Red Nacional de Refugios, ha mostrado que la autonomía económica, física y política puede salvar vidas frente a la violencia contra mujeres, niñas y niños. Ése es el punto. El civismo no vive solo en la cortesía. Vive también en instituciones, derechos, seguridad, autonomía y justicia.

La familia es la primera patria; la calle es el examen

¿Puede existir prosperidad distributiva si mejora el margen, pero no el ingreso suficiente, el tiempo, la salud y la autorrealización familiar?

La familia mexicana no debe idealizarse ni cancelarse. Debe reformarse desde el cuidado. Ha sido refugio, mesa, memoria, capital cultural, espiritualidad, empresa, oficio, remesa, fiesta, duelo y apapacho. Pero también ha sido silencio, machismo, control, violencia, sacrificio injusto, deuda emocional y obediencia acrítica.

Ahí aprendemos civismo o incivismo. Aprendemos a esperar turno, pedir perdón, agradecer, escuchar, respetar límites, reparar daños y cuidar a quien necesita ayuda. O aprendemos grito, abuso, manipulación, indiferencia, miedo y dominación. La calle no inventa nuestra forma de convivir; muchas veces sólo la revela.

La ENIGH 2024 del INEGI estimó 38.8 millones de hogares en México, con un tamaño promedio de 3.4 personas. La ENADID 2023 muestra que la tasa global de fecundidad bajó de 2.21 hijas e hijos por mujer en 2014 a 1.60 en 2023. En 2024 se registraron 161,932 divorcios y 486,645 matrimonios; por cada 100 matrimonios ocurrieron 33.3 divorcios. La familia mexicana está cambiando en tamaño, estructura, duración y dinámica.

A esta transformación se suma una herida moral profunda. La ENDIREH 2021 del INEGI estimó que 70.1% de las mujeres de 15 años y más había experimentado al menos una situación de violencia a lo largo de la vida; 51.6% violencia psicológica, 49.7% sexual, 34.7% física y 27.4% económica, patrimonial o discriminación.

Sin armonía y respeto en la familia no hay dignidad cultural. Sin diálogo familiar no hay ciudadanía deliberativa. Sin educación emocional no hay convivencia adulta. Sin corresponsabilidad marental y paternal no hay infancia protegida. Sin autonomía económica no hay libertad real. Sin cuidado no hay futuro. Sin familia estable no hay civismo.

En mi investigación doctoral comprendí que la familia es una microcélula social capaz de dotar a la persona de herramientas para vivir, convivir y florecer. Es el espacio donde se aprende a ser una misma o uno mismo sin romper el vínculo, con límites claros y roles sanos que después pueden extrapolarse a la convivencia comunitaria. Un lugar que nos recuerda que cuidar no es sentimentalismo, sino práctica política. México necesita familias capaces de amar sin poseer, corregir sin humillar, educar sin violentar y dialogar sin destruir. Es el primer espacio donde se ensaya la convivencia civilizada.

Somos testigos de ello en la palabra de mexicanas y mexicanos luminosos que nombraron nuestras heridas, nuestra ternura y nuestra mexicanidad. Rosario Castellanos, escritora de la condición femenina, nos obliga a mirar los silencios que la cultura impuso a las mujeres. Elena Poniatowska, cronista de lo cotidiano, nos recuerda que la historia también la sostienen quienes no aparecen en el discurso. Carlos Monsiváis, lector irónico de la ciudad, nos permite mirar el civismo no como teoría, sino como Metro, tianguis, banqueta, protesta, televisión, multitud y barrio. Jaime Sabines, poeta de lo humano doliente, escribió apenas: “Los amorosos callan” y “Los amorosos buscan”. Tal vez México no ha dejado de amar lo suyo; quizá se le está olvidando buscar o salir al encuentro de la otra persona con cuidado.

Tampoco olvidemos a Ramón López Velarde, poeta de la patria íntima, nos dejó esa imagen sencilla y enorme: “Patria: tu superficie es el maíz.” La patria no es solo bandera. Es maíz, calle, escuela, mercado, empresa familiar, banqueta, transporte, sobremesa, barrio y vecino.

La mexicanidad no se salva con nostalgia. Se salva con responsabilidad cotidiana.

Sin educación libre no hay civismo posible

¿Qué tipo de trabajo digno estamos promoviendo si las personas regresan a casa sin energía para dialogar, educar, amar o participar?

La educación es la verdadera reforma social. No la educación que domestica, repite y sustituye pensamiento por obediencia. No la que fabrica seres técnicamente útiles y existencialmente vacíos. Hablo de una educación que despierta criterio, autonomía, sensibilidad, ciudadanía, pensamiento crítico, salud emocional, responsabilidad económica, conciencia corporal y capacidad de convivir.

Mi tatarabuelo, Manuel Cervantes Ímaz, defendía que sin educación libre no hay patria posible. Tenía claro que eso empezaba en la infancia temprana de México y, desde ese horizonte educativo, impulsó el desarrollo de los primeros jardines de niños en el país. Hoy tomo ese legado y amplío la frase: con educación libre podrá haber ciudadanía viva y mexicanidad consciente. Porque educar libremente no significa vivir sin límites. Significa formar personas capaces de pensar, decidir, cuidar, dialogar y hacerse cargo de las consecuencias de su vida y co-construir una mexicanidad soberana, consciente y responsable.

La escuela sola no puede. La familia sola no puede. La empresa sola no puede. El gobierno solo no puede. Pero juntos pueden construir una arquitectura educativa para la vida. Y aquí el empresariado tiene una función histórica. Cada empresa puede convertirse en aula cívica: un espacio donde se enseñen salud emocional, educación financiera, diálogo intergeneracional, cultura de legalidad, ética del cuidado y desarrollo de capacidades.

La ENOE del segundo trimestre de 2025 reportó una tasa de informalidad laboral de 54.8%. La pobreza multidimensional en 2024 afectó a 38.5 millones de personas, equivalentes a 29.6% de la población, con 7 millones en pobreza extrema. La ENSAFI 2023 mostró que sólo 17.8% de las personas adultas presentó bienestar financiero alto, mientras 36.9% vivió estrés financiero alto y 34.9% reportó malestares físicos como dolor de cabeza, gastritis, colitis o cambios en la presión arterial derivados de ese estrés.

No se puede pedir paciencia infinita a una sociedad cansada, endeudada, insegura, enferma y sin tiempo. Pero tampoco podemos justificar la incivilidad como destino. La pregunta humanista es cómo reconstruimos condiciones y conciencia al mismo tiempo. ¿Cómo reconstruimos el tejido social?

México no es el país más pobre de la OCDE, pero sí vive una enorme vulnerabilidad social por desigualdad, informalidad y baja resiliencia financiera familiar. La OCDE mide la desigualdad de ingresos disponibles mediante el coeficiente de Gini y reconoce que la desigualdad varía de manera significativa entre sus países miembros; en sus reportes comparativos, los países latinoamericanos dentro de la organización se ubican entre los de mayor desigualdad. Además, el CEEY ha mostrado que el 50% de quienes nacen en el nivel económico más bajo no logran superarlo y sólo dos de cada cien alcanzan el nivel más alto.

La vulnerabilidad sostenida enferma el cuerpo, desgasta los vínculos y fractura la salud emocional de las familias. Y una sociedad que vive en incertidumbre permanente se vuelve más reactiva, más irritable, más defensiva, más manipulable, más fanática, más propensa a la violencia y menos disponible para deliberar.

Por eso el civismo no puede limitarse a campañas de “sé amable”. Necesita ingreso suficiente, trabajo digno, seguridad social, salud pública, movilidad social, educación libre, cultura de diálogo y empresas que no extraigan la vida de quienes las sostienen.

Una sociedad que no sabe convivir termina enfermando

¿Qué oportunidades de desarrollo humano, ocupación, igualdad laboral y convivencia cívica estamos creando para que México no sea capturado por la desesperanza?

La convivencia no es un adorno emocional. Es salud pública. Un metaanálisis publicado en PLOS Medicine, con 148 estudios y 308,849 participantes, encontró que las personas con relaciones sociales más sólidas tenían 50% mayor probabilidad de supervivencia. El vínculo humano no es accesorio, es un factor protector de vida.

Convivir bien reduce estrés, aislamiento, resentimiento, miedo, violencia y desesperanza. El respeto cotidiano también regula el sistema nervioso colectivo, por ello una sociedad que se grita todo el tiempo termina enfermando por dentro. Somatiza y termina presionando aún más a un sistema de salud insuficiente y fragmentado. Una familia que no dialoga produce ciudadanía defensiva. Una empresa que humilla produce una comunidad resentida. Una escuela que no forma criterio produce obediencia o cinismo. Una política que polariza destruye el reconocimiento de la persona como conciudadana. Así está México ahora… ¿Qué vamos a hacer?

Estamos entrando a un estado oscuro de la mexicanidad. No porque México haya perdido su espíritu, sino porque muchas de sus prácticas de comunidad han sido debilitadas por miedo, prisa, desigualdad, impunidad, consumo, pantallas y falta de educación cívica. Cuando el civismo se debilita como práctica educativa, se favorece una sociedad que obedece o reacciona, pero no siempre delibera.

Debemos iluminar de nuevo al país. El humanismo regenerativo es una de las luces que hacen falta.

Guillermo Bonfil Batalla, antropólogo del México profundo, nos recuerda que México no puede entenderse como nación homogénea ni como simple proyecto moderno impuesto desde arriba; en su raíz vive una civilización comunitaria, diversa y resistente. El tequio, práctica ancestral que en Oaxaca se entiende como cooperación en especie y trabajo para construir, reparar y preservar el entorno, muestra que nuestra historia comunitaria no nació del individualismo, sino de la reciprocidad. José Vasconcelos, abogado y exsecretario de Educación Pública de México, habló del espíritu universitario y la UNAM conserva ese lema como vocación humanística. Hoy debemos leerlo con sentido crítico y contemporáneo.

El espíritu nacional no puede seguir siendo abstracto si no se vuelve respeto, pluralidad y civismo cotidiano.

Imaginemos, por un momento, una utopía cívica mexicana. No una fantasía ingenua, sino una imagen crítica de futuro. Un México donde la persona conductora no use el automóvil como arma. Donde la autoridad pública atienda sin soberbia. Donde la empresa familiar eduque en diálogo antes que en obediencia, que habilite el potencial en lugar de extraer riqueza para pocos, y distribuya con mayor justicia la riqueza que ayuda a crear. Donde la escuela enseñe filosofía, ética, política responsable, salud emocional, finanzas familiares, derechos humanos y cuidado del planeta junto a las ciencias administrativas, la economía circular y el pensamiento sistémico. Donde la familia hable antes de romperse, violentarse o disolverse. Donde la juventud encuentre trabajo digno antes que pertenencia criminal. Donde la política no convierta las diferencias en enemistades y odio social. Donde la filantropía no maquille culpas, sino repare estructuras y alivie daños sociales. Donde la ciudadanía no solo opine, sino delibere e incida.

Esa utopía cívica mexicana requiere cinco regeneraciones: regenerar a la persona para que lidere su vida con autocuidado, autonomía, congruencia y sentido de responsabilidad; regenerar la familia para que vuelva a ser escuela de diálogo, límites, ternura, cuidado y responsabilidad; regenerar la empresa, especialmente la familiar y la pyme, para que sea plataforma de trabajo digno, prosperidad distributiva y educación continua; regenerar la educación para que forme conciencia y no solo competencia; y regenerar el espacio común para que la calle, la escuela, la oficina, el transporte, el barrio y la política vuelvan a sentirse nuestros.

No se trata de moralismo. Hablar de civismo, autocuidado, liderazgo humanista, empresa familiar, salud pública y reconstrucción del tejido social es una postura ética, contemporánea, espiritual y política. Desde mi propio lugar, consciente de mis privilegios, responsabilidades y límites, sostengo que la transformación de México no vendrá únicamente desde arriba ni únicamente desde abajo. Vendrá de una corresponsabilidad lúcida entre personas, familias, empresas, Estado, sociedad civil y comunidad.

El deber ser político no consiste solo en ganar elecciones o administrar programas. Consiste en cocrear bien común. Y el deber ser empresarial no consiste sólo en producir utilidad o concentrar riqueza en pocas manos. Consiste en producir condiciones de vida digna. La empresa familiar mexicana puede ser uno de los mayores motores de transformación social si entiende que su patrimonio más importante no es financiero, sino humano, cultural, moral, comunitario y simbólico.

Si el empresariado mexicano co-crea bienestar y calidad de vida para sus trabajadores y las familias beneficiadas por su actividad económica y social, esas familias responderán con reciprocidad trabajadora, compromiso, creatividad y pertenencia. La comunidad entonces resuelve, alivia y florece. Ahí está el ciclo virtuoso de la regeneración del tejido social: dignidad humana, trabajo digno, armonía familiar, convivencia cívica y prosperidad regenerativa.

México no perdió el civismo de golpe, lo fue perdiendo por capas. Primero se debilitó la familia como escuela de conversación. Luego el trabajo cansó el cuerpo y secó la paciencia. Después la economía familiar volvió tensa la mesa. La inseguridad convirtió al desconocido en amenaza. La empresa dejó de formar comunidad en muchos casos. La escuela enseña contenidos, pero ha debilitado el civismo como formación fundamental. La política, cuando se degrada en demagogia, polariza la diferencia. Las pantallas, televisión y redes sociales, ocuparon el lugar de la sobremesa. Y la calle dejó de sentirse común.

Pero no todo está perdido.

México todavía tiene comunidad. Tiene familia. Tiene barrio. Tiene empresa familiar. Tiene mujeres que sostienen. Tiene jóvenes con talento. Tiene docentes admirables. Tiene pymes resilientes. Tiene organizaciones civiles valientes. Tiene tequios, redes de ayuda, memoria cultural, poesía, espiritualidad, maíz y corazón.

El civismo mexicano debe ser la nueva columna estructural del futuro para el bien común de las nuevas generaciones y el potencial del país. No como reglamento muerto, sino como práctica viva. No como nostalgia, sino como responsabilidad. No como imposición, sino como conciencia compartida.

Sin civismo regenerativo, México seguirá perdiendo confianza.

Te invito a hacer algunas acciones concretas.

Una. Revisa tu forma de convivir. Pregúntate si tu prisa, tu consumo, tu lenguaje, tu manera de manejar, trabajar, educar y discutir está depositando o retirando confianza del país.

La otra. Si tienes una empresa, lideras un equipo o participas en una familia empresaria, revisa si tu organización educa civismo o reproduce abuso. No desde el discurso. Desde el salario, el trato, la escucha, el descanso, el diálogo, la sucesión, la inclusión, la seguridad psicológica y la posibilidad real de desarrollo.

La última. Volvamos a educarnos para convivir. En la familia, en la escuela, en la empresa, en la política, en el barrio y en la calle. Porque pensar bien, decidir mejor y vivir mejor exige algo más: convivir mejor.

Un país que recupera civismo recupera confianza. Un país que recupera confianza puede cooperar. Un país que coopera puede sanar. Un país que sana puede prosperar con justicia.

Y un país con empresas familiares sostenibles y dignas se convertirá en un México más próspero, soberano y profundamente humano.

Esta labor empieza en el liderazgo propio y se vuelve país cuando la practicamos en comunidad. De eso seguiremos conversando, con esperanza activa y responsabilidad compartida.

Por último, te invito a sintonizar nuestro espacio radiofónico ‘Liderazgo, Salud y Sociedad. Pensar y decidir mejor para vivir mejor’, que se transmite los jueves en vivo y los martes en repetición. Este tema lo conversaremos el jueves 11 de junio, de 15:00 a 16:00 horas, tiempo del centro de México, y su repetición será el martes 16 de junio a la misma hora, por Radio Fórmula: 1470 AM en la Ciudad de México y 1230 AM en Guadalajara y Monterrey. Lo conduciremos, con muchísimo gusto, Rafael Balderas Ledezma, Maribel Ramírez Coronel y yo, Jaime Cervantes Covarrubias.

Pensar bien. Decidir mejor. Vivir mejor. Convivir mejor.

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* El autor es Doctor en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México; Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de Empresa, España. Licenciado en Comunicación Gráfica y Columnista en El Economista.

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Jaime Cervantes Covarrubias

El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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