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Opinión

Lectura 4:00 min

Ciudad degradada

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Lucía Melgar | Transmutaciones

Lucía Melgar

La simulación es y ha sido una de las características de nuestros gobiernos. Simulan que resuelven los problemas cuando sólo los administran. Así, maquillan las cifras de feminicidio, hacen grandes declaraciones sobre la grandeza del país mientras niegan las desapariciones o reducen el “combate” contra los grupos criminales a detener a algunos de sus integrantes secundarios. Mientras tanto, la inseguridad y la violencia siguen corroyendo la vida cotidiana de millones de personas. La simulación también mina el gobierno de las ciudades donde las autoridades aparentan “trabajar” para la ciudadanía con obras que quedan a medias, anuncios de grandiosos proyectos, o autoelogios por “lo bien” que funciona el gobierno. ¿El resultado? El dinosaurio sigue ahí, complicando la vida de quienes habitamos estos territorios, cada vez más degradados.

Si usted visita la Ciudad de México, podrá ver excelentes exposiciones en fantásticos museos, pasear por bonitos parques como Chapultepec o instalarse en zonas cada vez más gentrificadas y caras como la Condesa. Verá también basura en calles y parques, largas filas y pesados hacinamientos en el metro o metrobús; deberá sortear baches y desniveles absurdos en las banquetas y asociará los viajes en auto con trayectos en ratón loco, todo ello cortesía de la falta de mantenimiento y la desidia.

Quienes vivimos en la capital, antes “Ciudad de los Derechos” y hoy “Capital de la Transformación”, según han decretado nuestras sabias autoridades, podemos preguntarnos por nuestro derecho a la ciudad, a un medio ambiente sano, a una convivencia armoniosa o simplemente a no enfrentar cada día obstáculos que nos dificultan el tránsito y vuelven complicada, y más dura para muchos, la vida en la ciudad. Podemos preguntarnos también por qué se pretende presentar(nos) la Capital del país como centro de un proyecto político y social que corresponde a un régimen bastante sectario aunque se crea actor (y constructor) de grandes hazañas históricas. O simplemente preguntarnos si la supuesta “transformación”, en la capital al menos, no es un mero cambio de color para que todo siga igual (o peor).

Revisemos simplemente el aspecto de calles y avenidas y las “medidas” para reparar su lamentable estado. En la zona de San Ángel, por ejemplo, se anunció al menos dos veces en 2025 la reparación del empedrado. Se iniciaron trabajos en plena temporada de lluvias, con el consiguiente, patético, resultado. Meses después, justo antes de las vacaciones decembrinas, se empezaron nuevas reparaciones que, ¡Oh, sorpresa!, se dejaron a medias. Un mes después, nadie trabaja en algo tan sencillo como reponer las losas de un paso peatonal. En Polanco y otras zonas, quizá en vista del Mundial, se amplían banquetas, ya anchas, o se reducen los carriles con jardineras innecesarias. ¿Pretenden así crear, para los esperados turistas, una imagen de ciudad acogedora, verde y caminable? ¿Quién camina por placer al lado de embotellamientos estruendosos?

Perdonen que insista, pero, para peatones y automovilistas esta ciudad es un campo minado. Además de autos y motocicletas que se pasan el alto o aceleran ante la preventiva, sin importarles atropellar a alguien, invadir el paso peatonal, bloquear otra calle o provocar un choque, quienes cruzamos una avenida debemos esquivar autobuses que dan vueltas prohibidas, patrullas en sentido contrario, o peligrosos camiones de doble remolque.

Esta decadencia no es condena del destino. Es producto de la irresponsabilidad de autoridades que se desentienden de sus obligaciones: ni instalan botes de basura, ni reparan las calles, ni regulan el tránsito, ni sancionan a vehículos civiles y oficiales que violan el reglamento. Tampoco mejoran el transporte público, ni… ni… (llene usted los huecos).

En vez de contar cuántos días faltan para el Mundial y apresurarse a “embellecer” la Capital para visitantes esporádicos, bien podrían nuestros gobernantes reconocer la degradación a la que contribuyen con su dispendio y miopía, dejarse de “utopías” y trabajar en serio para nosotros… Aquí y en otras ciudades; por desgracia no tenemos la exclusiva.

Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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