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Caso Maduro: método, petróleo y la amenaza para México

Eduardo Ruiz-Healy | Ruiz-Healy Times
La caída de Nicolás Maduro debe causar alivio. Durante años encabezó un régimen sanguinario y criminal que destruyó la economía venezolana, encarceló a la oposición, persiguió a la disidencia, asesinó a ciudadanos y, de acuerdo con Estados Unidos, hizo del narcotráfico una fuente de riqueza para él y para sus allegados. Que un personaje así enfrente la justicia no es una tragedia: es una obligación.
Pero una cosa es celebrar el fin de una tiranía y otra normalizar el método. La imagen difundida por Donald Trump —Maduro esposado, con los ojos y oídos cubiertos y bajo custodia— no es solo un registro, es un trofeo de guerra: una escenificación para humillar y exhibir su rendición.
Ahí está el problema. Si se acepta que una potencia decida quién gobierna, cómo se administra un país y bajo qué reglas, la soberanía deja de existir. Trump fue explícito: EU va a “manejar el país”. Eso no es una transición independiente; es un protectorado de facto. Peor aún, lo justificó invocando la Doctrina Monroe, como si América Latina fuera su patio trasero. El argumento suena conocido: Vladimir Putin presentó la invasión de Ucrania como una acción necesaria para defender a Rusia, alegando amenaza externa y que no le dejaron otra opción.
La motivación real tampoco está oculta. En su conferencia del sábado pasado, Trump habló de petróleo una y otra vez, lo mencionó 28 veces y no usó la palabra “democracia” ni una sola. Su narrativa de “recuperación” gira alrededor de extraer, vender y monetizar el crudo venezolano. No es casualidad: muchas refinerías del Golfo de México están diseñadas para procesar petróleo pesado como el de Venezuela. Cuando se anuncia que grandes petroleras estadounidenses entrarán a “reconstruir” la infraestructura, queda claro dónde está la prioridad.
Ese énfasis explica por qué el pretexto democrático se desmorona. Trump dijo que ni María Corina Machado ni Edmundo González Urrutia —quien supuestamente ganó la elección presidencial de 2024— están en posición de asumir el poder. Si la alternativa electoral queda descartada, lo que sigue no es democracia, sino administración externa bajo tutela.
La advertencia para México es directa. Trump afirmó que “algo tendrá que hacerse con México”, que los cárteles mandan y que la presidenta Claudia Sheinbaum no gobierna. Con esas frases construye el argumento para una eventual acción bajo el pretexto de la seguridad nacional. La respuesta de la presidenta fue clara: una intervención no es opción; hay cooperación, pero sin subordinación. Aun así, lo ocurrido en Caracas no es un episodio lejano: es un aviso.
Todo esto ocurre en un momento oportuno para Trump, cuando la difusión de los archivos de Epstein amenaza con crear diversos escándalos. No hay mejor distractor que una operación militar “televisada” y la captura de un enemigo público.
El precedente es peligroso. Si esta lógica se normaliza, Putin y Xi Jinping pueden invocar lo mismo en sus áreas de influencia. Y en México la lección es clara: tomar muy en serio las palabras de Trump y actuar con más fuerza contra el crimen organizado y sus cómplices en el poder político y económico. De lo contrario, el discurso de la soberanía corre el riesgo de quedarse sin sustento.
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