El misterio del cuarto cerrado fue durante muchos años la variante más popular de los primeros policiales. Inventada por Sheridan Le Fanu, un poco conocido autor irlandés en el relato “A passage in the secret history of an Irish Countess” publicado en 1838. Luego fue retomado con gran éxito y lectores por Edgar Allan Poe y su detective Dupin.

La idea de estos misterios radica en un crimen imposible que sucede en un escenario cerrado y para el cual no hay aparente explicación. Las historias de cuarto cerrado son acertijos, rompecabezas que el policía, detective experimentado o diletante consigue resolver interrogando sospechosos y estudiando las pistas.

Muy popular en el periodo posterior a la segunda guerra mundial (que se ha llamado la edad dorada de la ficción detectivesca), el misterio del cuarto cerrado derivó en historias que apelaban al intelecto y que tenían un efecto similar al que produce un acto de magia. Los lectores se maravillaban al principio, pero ante la solución, se sentían engañados y vagamente decepcionados.

Una variante muy exitosa (gracias sobre todo a Agatha Christie) se llamó el Country House Mystery (el misterio de la casa de campo). En éste, un número reducido de sospechosos, generalmente protagonizados por la clase alta británica, se las veía con un crimen. La casa, como bien demostó Christie, era un escenario medianamente cerrado que igualmente se podía intercambiar por un tren, una isla o un barco.

Conforme las modas literarias evolucionaron, la novela policial de este tipo fue perdiendo popularidad. El interés pasó del whodunnit (quién lo hizo) y el howdunnit (cómo lo hizo), al whydunnit (por qué lo hizo) que cambió el foco de la acción a la psicología de los personajes, sus motivos, secretos y pasiones.

Es en esta última tradición, aunque envuelta en otro sinnúmero de argucias, en que encaja la nueva serie española para Netflix: Alta Mar.

El escenario es un barco, muy parecido al Titanic, que parte de la costa española rumbo al Brasil. Estamos a finales de los años cuarenta, atrás quedó la segunda guerra mundial (y la guerra civil). Dos mujeres de clase alta: Eva Villanueva (Ivana Baquero), Carolina (Alejandra Onieva) y su tío Pedro (José Sacristán) toman el barco en el que se celebrará la boda de Carolina con Fernando (Eloy Azorín), el agobiado dueño del trasatlántico.

Desde el primer minuto sabemos que algo irá mal. Esto no es un spoiler, sino la voz del capitán (el argentino Eduardo Blanco) que nos dice que han habido tres asesinatos sin explicación y que (básicamente) está desesperado.

La historia vuelve entonces a las horas previas a la partida, en que las hijas Villanueva se disponen a abordar. La serie presenta uno por uno a los distintos personajes. A los ricos y a sus sirvientes. A la cantante del barco (Laura Prats) y a su novio Pierre (uno de los oficiales). Incluyendo a Varela (Antonio Durán), el siniestro detective del barco, a quien se encarga la investigación del primer crimen.

Casi todos los personajes tienen secretos y una agenda oculta, y la serie creada por Ramón Campos y Gema Neira irá desenvolviendo unos y enredando los otros, construyendo sospechas e invitándonos a especular con impaciencia, nuestras soluciones.

La trama gira también alrededor del romance de Eva, la hermosa escritora de novelas y detective improvisada (imposible no reconocer en Baquero a la niña de El laberinto del Fauno); y el primer oficial de la nave: Nicolás (Jon Kortajerena).

Es Eva el personaje que realmente nos importa y hace avanzar la historia. Aunque la subtrama de un vivales conquistador (Tamar Novas) y su criado Dimas (Ignacio Montes) sean un espejo humorístico (ambos pretenden a Verónica, una de las criadas de las Villanueva).

La historia no se desenvuelve en un vacío. Hay referencias repetidas a novelas clásicas, subtramas amorosas e intrigas que nos resultan familiares y en otro contexto parecerían casi trilladas. Pero la producción es estupenda. Los decorados, vestuario, cinematografía y el cuidado de cada detalle, crean una atmósfera que cuenta otra historia. Que los creadores tienen la capacidad y la intención de resolver más de un misterio. Que detrás de cada crimen hay más de una explicación. Y que desde nuestra perspectiva contemporánea, el whydunnit, se vuelve un mosaico complejo donde quizá nunca sepamos todo.

El barco, sirve además como un recipiente de las ilusiones de quienes buscan una vida nueva en Brasil y quienes huyen de secretos inconfesables (y ahí caben, como podría esperarse, desde vínculos nazis hasta estafas, pasiones dominantes, culpas y ambiciones económicas que pensamos son una cosa y resultan otra).

Alta mar fue injustamente maltratada por la crítica. Es una serie con el sabor de otra época, y aunque no es perfecta, por lo menos sus creadores tienen la lucidez para saber qué referentes tenemos y cómo engañarnos a través de nuestras expectativas. Algo que hacen muy bien.

Quizá lo mejor que pueda decir de Alta Mar es que al final de los ocho episodios de la primera temporada somos un pasajero más, colados en un camarote de la proa, saliendo a tomar el aire a una de las cubiertas, donde en un descuido afortunado, nos veremos envueltos en alguno de sus misterios.

Twitter: @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).