En octubre de 1973, se discutía en Nueva York “si la responsabilidad social era un elemento necesario que debía considerarse al planear la política empresarial”. La controversia se realizó entre Eli Goldston, quien dirigía Eastern Gas and Fuel Associates y Milton Friedman, el eminente economista. Esta discusión se convertiría en un punto de inflexión y ponía sobre la mesa preguntas cómo: ¿De quién es propia la responsabilidad social, del individuo o de la empresa? ¿La empresa es puramente un ente económico cuya responsabilidad social es seguir la ley y maximizar utilidades o es un ente económico que adicionalmente tiene una responsabilidad social más allá de respetar las leyes?

Aunque incluso hoy no existe común acuerdo en estas interrogantes, claramente la balanza se ha inclinado hacia la posición de Goldston y la responsabilidad social empresarial (RSE) ha sido adoptada por las organizaciones además de por los individuos. 

Hoy se entiende que una compañía que actúa de manera responsable es aquella que cumple como mínimo, con la normatividad y sus obligaciones legales; considera a sus empleados su capital más valioso; está conformada por personas socialmente responsables; es sensible respecto a la problemática social de su comunidad; conserva el medio ambiente y compite con lealtad. 

Actuar con responsabilidad social, por lo tanto, no es tarea de un día ni objetivo de un departamento en particular. No es sólo una cuestión moral individual del operario, gerente o director, sino la implicación de la empresa en su conjunto. Es un traje a la medida de cada institución que se confecciona a través del compromiso de quienes la integran. Es, en fin, un reflejo de la ética en todas las acciones de la organización. 

En este sentido se posiciona a la responsabilidad social como un estado aspiracional casi imposible de conseguir en su totalidad, que pone enfásis en las acciones de la organización o más específicamente de los individuos que la manejan; esto nos lleva a que, en rigor, no se puede identificar una organización en sí como socialmente responsable o no. Es como el juicio ético que realizamos personalmente, no somos capaces de afirmar si una persona es buena o mala en su totalidad y atemporalidad, sino si lo son sus actos específicos.

Hay muchas empresas en las que hay ambigüedades. Por ejemplo, ¿se puede decir que un productor de armas o de tabaco es una empresa socialmente responsable? ¿Un productor de bebidas endulzantes? Se puede juzgar la naturaleza de su producto o servicio y las acciones que las personas realizan a través de la empresa. ¿Acaso podríamos decir que un programa de responsabilidad social con real impacto positivo en la comunidad es irresponsable porque la naturaleza o características del producto que produce o comercializa la empresa es nocivo socialmente? No. El programa es socialmente responsable y el producto principal de la empresa puede ser nocivo. Por esta razón no se puede juzgar a una empresa como socialmente responsable o no; son sus acciones, programas, productos… en lo particular los que son objeto de juicio.   

Entendiendo el punto anterior, es evidente que cuando las compañías desarrollan prácticas responsables refuerzan su imagen externa e institucional, alcanzando mayores niveles de credibilidad, lealtad y reconocimiento entre sus clientes, trabajadores, proveedores, accionistas, autoridades, y comunidad en general. Evidentemente, esto repercute positivamente en su marca, servicios y productos, creando un valor añadido para sus clientes e incrementando la habilidad de la empresa para competir en el mercado.

Diversas organizaciones comprometidas con la responsabilidad social experimentan beneficios tanto cuantitativos como cualitativos en su operación general. Es así como a través de los años se ha comprobado que una política socialmente responsable, alineada con las metas estratégicas y la cultura interna de la empresa, tiene como resultado el mejoramiento de su desempeño financiero, la reducción de costos operativos, y el mejoramiento en la imagen de su marca y reputación. En última instancia, la empresa comienza a sumergirse en el mundo de la responsabilidad social en el que el foco no solamente está en el negocio, sino en construir ciudadanía y convertirse en ciudadana.

*El autor es profesor del área de Entorno Político y Social  de IPADE Business School.