Estas vacaciones tomé el Ferrocarril Chihuahua–Pacífico, en un trayecto que va de la ciudad de Chihuahua a Los Mochis, en el estado de Sinaloa. Un viaje en donde el eje central del paseo son las llamadas Barrancas del Cobre.

Chihuahua. Esta ciudad de poco más de 1 millón de habitantes está en un proceso de desarrollo económico impulsado básicamente por la industria maquiladora y por la industria automotriz, particularmente la de autopartes. Es una ciudad en donde la población es mayoritariamente de clase media y en donde conviven, desde un punto de vista comercial, las pequeñas tiendas con los centros comerciales. Desde un punto de vista turístico, la ciudad tiene realmente poco que ofrecer: la casa en donde vivió Francisco Villa y su esposa, convertido en un museo administrado por la Secretaría de la Defensa Nacional; el Palacio de Gobierno y el edificio en donde estuvo preso el cura Hidalgo y fue ejecutado, así como la plaza en donde fue decapitado, y finalmente las casas de la época porfirista.

La salida del ferrocarril, lunes a las 6 de la mañana. Muy puntual con rumbo a la ciudad de Creel. El desayuno fue en el carro–comedor con un notorio exceso de demanda, con los consumidores enfrentándose a un monopolio.

El servicio y la calidad de los alimentos, bastante mala y notoriamente cara: así son los monopolios. En el trayecto se aprecia la grave sequía que ha aquejado al norte del país durante los últimos dos años y que ha repercutido negativamente, con altos costos para la agricultura y la ganadería.

Llegada a Creel, ciudad que en alguna época fue un importante centro minero, pero que ahora es prácticamente un pueblo fantasma si no fuese por el turismo que trae el Chepe y la práctica de deportes extremos. Primer encuentro con los tarahumaras. Pobreza extrema, con prácticamente una sola fuente de ingreso: la venta de artesanías. Se ve complicado sacarlos de esa situación. La única solución, además de las transferencias que reciben del gobierno federal, es la educación y que migren.

Salida de Creel hacia el Divisadero. Muy impresionantes las Barrancas. Es un lugar que vale la pena visitar. La única experiencia negativa fue el haber tenido boletos numerados para la tirolesa que no pudieron ser utilizados porque llegó un grupo de influyentes pisoteando los derechos de terceros, con la complicidad del administrador del parque. La corrupción que a todos nos aqueja y que nos impone un alto costo.

Llegada al pueblo de Cerocahui, ciudad creada alrededor de una misión jesuita. Nada que hacer allí. Viaje al cañón de Urique, el más profundo y el más impresionante. Desde el mirador hasta el fondo del cañón, un trayecto que se recorre en una hora en un camino de terracería con una caída vertical de 1,500 metros.

Llegada al pueblo de Urique: su población que antes se dedicaba a la minería ahora sólo vive de las trasferencias gubernamentales. Habría que cerrarlo.

Viaje al Pueblo Mágico de El Fuerte en Sinaloa, en medio de la zona tomatera del estado. Un centro de la ciudad renovado por el INAH y muy bien cuidado. El museo, patéticamente malo; requieren de la asesoría del INBA.

Finalmente, viaje en camioneta a Culiacán, una zona caracterizada por la agricultura moderna. Muy productiva gracias al riego y al uso de técnicas modernas de producción. No por nada Sinaloa es el granero de México.

Fin. Un viaje que vale la pena.

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