Un nuevo fantasma recorre el mundo. El 20 de septiembre leí: El director de la RAE, José Manuel Blecua, anuncia la incorporación de tuitear, tuit, tuiteo y tuitero al Diccionario académico (en https://de.twitter.com/twitter_es). En un diccionario disponible en el portal de la Real Academia Española (http://www.rae.es/rae.html) aún no están registradas esas palabras. Pero en el Concise Oxford Spanish Dictionary (2009) encontré una traducción del verbo twittear: parlotear, cotorrear.

La semana pasada, en un programa televisado, uno de los comentaristas dijo con razón: Cualquiera puede hablar de futbol, pero pocos saben de futbol . No sé si se refería a uno de sus compañeros o a quienes contestan, vía la red social Twitter (ahora considerado un medio social ), a una pregunta planteada todos los días por quienes dirigen el programa aludido.

Ahí, una joven, con una computadora en la mano, lee, frente a las cámaras, algunos mensajes recibidos (40 caracteres es su límite superior). Me sorprende que varios medios de comunicación no novedosos (televisión, prensa escrita, etcétera) reproduzcan el parloteo de algunos tuiteros (televidentes o lectores). ¿Para qué? Probablemente, los productores respectivos tienen evidencias de la rentabilidad de esa práctica.

Como cualquier medio, Twitter puede ser utilizado bien o mal y para diferentes propósitos, y el contenido de los mensajes (por ejemplo, la queja de un aficionado acerca de un director técnico o el texto escrito por un jugador de futbol profesional para burlarse del dueño del equipo contra el que jugó recientemente) puede valer la pena leerlo (o escucharlo) o no.

A veces es posible saber quién es el remitente, pero en muchos casos no (la identificación puede ser un conjunto de letras y números). ¿A quién importa saber quién es el emisor de un cotorreo? ¿A quiénes interesan los desahogos de un sujeto anónimo?

¿Quién es el beneficiario de la difusión de una mentira de quien tira la piedra (digital) y esconde la mano?

Desde luego, Twitter se usa para propósitos educativos, políticos, publicitarios, etcétera. Y los académicos toman con seriedad la existencia del tuiteo y los tuiteros. Por ejemplo, dos profesores de la Universidad Católica Argentina recientemente publicaron en Cuadernos de Información (Pontificia Universidad Católica de Chile) un artículo acerca del impacto de las redes sociales, principalmente, de Twitter, en los modos de producir y consumir noticias en Argentina, a partir de entrevistas a periodistas de medios de comunicación de circulación nacional. Además, un investigador de la Queensland University of Technology mostró en Media International Australia cómo las organizaciones noticiosas se adaptan a ese nuevo medio.

En Business Communication Quarterly, dos profesores de universidades estadounidenses (South Carolina y Georgia) propusieron formas de usar el Facebook y el Twitter en un curso de comunicación en los negocios, y un experto en mercadotecnia, adscrito a una institución canadiense (Memorial University Newfoundland), se refirió a una de las tareas de los alumnos de maestría en Administración en relación con el uso de los medios sociales (Journal of Advertising Education).

Finalmente, en una revista de computación (International Journal of Computer Science Issues) se difundieron los hallazgos de dos miembros de la Delhi Technological University en relación con las reacciones y las opiniones de los tuiteros acerca de cualquier cosa ( Sentiment analysis on Twitter ).

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