Les he hablado de Antonia. Antonia era mi maestra de literatura en la secundaria. Iba yo a un colegio religioso cuyas monjas se las daban de progresistas, así que no sólo teníamos clase de Español como en la mayoría de las escuelas, no. Además, teníamos tres clases a la semana de redacción y literatura donde teníamos que leer sí o sí.

Odié y odiaré por siempre a esas monjas por razones que no vienen al caso, pero le agradeceré esa clase. Pero sobre todo se lo agradezco a Antonia, mi maestra, que nos daba a leer grandes libros y nos enseñaba lo más importante: por qué eran grandes.

En primero de secundaria Antonia nos metió bajo la nariz la Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. Uff. Como Antonia nos explicaba (estaba de moda por aquel tiempo películas como Sé lo que hicieron el verano pasado y Scream), el terror no está sólo en los hechos, sino en cómo se narran esos hechos. Así hizo que un grupo de rapaces salvajes de 12 años captaran el difícil concepto del tono narrativo: haciéndonos leer a Poe y luego a Horacio Quiroga. Los dos maestros del suspenso y del terror, tan distintos uno del otro.

Desde entonces he admirado a Poe. Hasta los Ravens de Baltimore, el equipo de la NFL, tiene un lugarcito en mi corazón porque, por si no lo saben, se llaman así por The Raven, el poema de terror de Poe.

No soy una completista, pero he leído todos sus cuentos. Me compré esa bonita versión que apareció hace un par de años con traducción de Julio Cortázar. Y he leído algunos en su versión original en inglés y se disfrutan todavía más que en español.

El 19 de abril es el cumpleaños de Poe y para todos sus fans en el mundo es un momento especial. Es el momento de esperar al Poe Toaster.

¿Qué es eso y con qué se unta? Disculpen el anglicismo: el Poe Toaster es algo así como “el que brinda por Poe”. Es un personaje.

La historia es linda. Por allá de los años 30 apareció por primera vez en la prensa de Baltimore, la ciudad en la que el autor murió, la historia de un tipo en largo abrigo y con el rostro cubierto que cada 19 de enero en la madrugada se presentaba en la tumba de Poe con una botella de cognac y un ramo de tres rosas. Bebía una copa, decía algunas palabras y dejaba las flores arregladas de manera peculiar y la botella de cognac casi llena, a la que sólo le daba un trago. Era su brindis por Poe.

Durante 70 años el ritual se repitió sin falla. El hombre en abrigo negro se protegía en la penumbra y su identidad nunca se conoció.

Los historiadores del Museo Poe no se tomaron en serio el asunto hasta los años 50 y empezaron a recoger las botellas y las rosas como documentos de una soledad.

De repente en 2010 el caballero dejó de aparecer. En el 98 el honrador de Poe dejó una nota en la tumba— que en realidad no es la tumba-tumba, sino un monumento que marca el lugar original donde se enterró a Poe— diciendo que era momento de heredar la tradición a su hijo.

Y así, durante los 12 siguientes años, el nuevo Poe Toaster apareció mientras una pequeña multitud de mirones trataban de detenerlo y tomarle fotos que delataran su identidad. Por fortuna eso no sucedió y el misterio, tan pocos que a veces quedan, se mantuvo en nuestro siglo.

Pero en 2010 la tradición terminó. Probablemente porque la cosa se había vuelto un circo: algo que era un ritual muy personal ahora reunía paparazzi, era ridículo.

Aunque la verdad yo hubiera sido uno de esos metiches. Durante algunos años soñé con ir a Baltimore a ver al Poe Toaster en una madrugada helada, armada con mi cámara y mi propia botella (en mi caso, de whisky: un Talisker).

Cada año en enero sueño con que el Poe Toaster vuelva, pero ya hasta los historiadores de Edgar Allan han perdido la fe.

Desde el año pasado se repite la tradición pero de un modo artificial. Tengo entendido que un actor contratado por el Museo Poe hacer el brindis, para placer del público y la selfie para Instragram.

Ah. A veces es cierto que el pasado fue mejor.

Concepción Moreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso