Es un extraño diálogo de sordos el que instauraron Europa y Estados Unidos.

El presidente de la Comisión Europea, Juncker, y el presidente de Estados Unidos anunciaron la semana pasada un magnífico acuerdo comercial que incluye a sectores como el agrícola y el energético, después de la mayor crisis en las relaciones no solamente comercial sino también política y sin necesidad de negociar. Un logro demasiado bello para ser creíble.

Trump anunció una liberalización total entre los dos gigantes del comercio internacional, con la supresión de los aranceles, de las barreras no arancelarias y de los subsidios a la producción industrial. Algo más, prometió a sus agricultores la apertura para ellos del mayor importador del mundo. Juncker más modesto hablaba del fin de la guerra comercial.

Una tregua entre los dos pilares del liberalismo económico y político es bienvenida. Queda por ver si se concreta y se mantiene. Ambas partes están afectadas por las sanciones mutuas, pero Trump debe también justificar los costos de la guerra comercial con China. Este país constituye el verdadero problema por su competencia desleal tanto para Estados Unidos como para el resto del mundo. Frente a él se puso en posición de debilidad, de ahí quizás su nueva dulzura hacia sus socios de Europa y América del Norte.

Sin embargo, no deja de sorprender el anuncio de una amplia liberalización comercial entre EU y la Unión Europea. En primer lugar lo hace el hombre que acaba de aniquilar el acuerdo transpacífico y proclama su afán de herir de muerte a la Organización Mundial del Comercio.

Sobre todo, la liberalización comercial con Estados Unidos no interesa a los europeos. Obama lo intentó durante varios años hasta que una serie de países, liderados por Alemania y Francia, declararan su hostilidad hacia una armonización comercial que les obligaría a adoptar las normas estadounidenses, por ejemplo, en materia de resolución de controversias.

El obstáculo emblemático es la agricultura. Quizás Trump intentó engatusar a sus agricultores afectados por las sanciones europeas y chinas, pero hay poca posibilidad de que la Unión Europea deje de proteger su agricultura en los tres sectores que más interesan a Estados Unidos: la carne, los cereales y la leche. Los europeos también se han negado a negociar estos productos ante Canadá, Brasil o México y no reabrirán este debate.

Pero existe un problema adicional, los consumidores europeos, por ende sus políticos electos, no aceptan las normas estadounidenses en materia de seguridad y calidad alimentaria como, por ejemplo, los organismos genéticamente modificados o las hormonas en la carne y la leche. Europa necesita soya (no genéticamente modificada como 94% de la producción estadounidense) y gas (para contrarrestar la insidiosa influencia de Putin) y Jean-Claude Juncker cedió sin costo real, pero ir más lejos es casi imposible.

A menos de que A. Merkel decida asestar un golpe más a Europa, como lo hizo con su gestión de las crisis del euro y de los refugiados, y abandone la agricultura europea, propiciando una nueva división irreparable con Francia y la gran mayoría de los países del sur y del este del continente.