Es difícil pensar en algún proyecto que ilustre tan claramente la desconexión entre los especialistas internacionales y las familias mexicanas como la refinería de Dos Bocas. La gran mayoría de los expertos sostiene que es una mala idea, pero la gran mayoría de los mexicanos —más de 80%, de acuerdo con una encuesta de mayo del Gabinete de Comunicación Estratégica— la apoya.

El respaldo de la opinión pública está basado en un manojo de factores que, aunque sea cualitativamente, vale la pena desenmarañar. Para un primer grupo, que el presidente López Obrador sea el impulsor del proyecto seguramente es más que suficiente para convencerse del valor de la idea. Para un segundo grupo, dispuesto a ser más crítico, no dejar que otros países produzcan lo que consumimos es el argumento clave que convence. Los que forman parte de este grupo o no creen que alguien pudiera ser más eficiente refinando que Pemex o entienden como inherentemente malo que importemos tanto producto. Pero para muchos otros, un tercer grupo, su apoyo está condicionado a la conquista de los precios bajos permanentes, lejos del alcance del neoliberalismo internacional.

Si tan sólo las refinerías de Pemex consumieran todo el petróleo que su división de Exploración y Producción genera, el consumidor mexicano nunca más sería zarandeado por la subida o caída de los precios petroleros internacionales, denominados en dólares. Pero no hay por qué quedarse ahí. Ignorar el precio de referencia del barril de crudo para solamente buscar cubrir los costos del producto final, más un responsable margen de ganancia que Pemex podría definir, nos garantiza los bajos precios de gasolina que las familias de un país petrolero merece. Esto creen los del tercer grupo.

Pero no hace sentido. En primer lugar, aun cuando Pemex era un monopolio, difícilmente ejecutaba todas las tareas de la industria de los hidrocarburos. Operaba todos los campos petroleros y era el responsable de última instancia de todos los fierros a lo largo de la cadena de valor. Pero naturalmente delegaba muchas actividades a las firmas de servicios petroleros, que no pueden ignorar la estructura de precios globales. Si los precios internacionales suben, arrendar plataformas es más caro; contratar prácticamente cualquier servicio sustantivo a lo largo de la cadena de valor, también. Ni Pemex ni ninguna petrolera pueden ignorar por completo los precios de mercado. Esto no tiene que ver nada con exportar petróleo o no. Sólo es la realidad de los costos de producirlo.

Desde la perspectiva de ingresos, hace aún menos sentido. Como el secretario Arturo Herrera explicó en entrevista con Arturo Solís, de Forbes México, la rentabilidad para Pemex y las finanzas públicas mexicanas a lo largo de la cadena de valor petrolera “está fundamentalmente en la producción y venta de petróleo”. Por lo tanto, “si se lo entregamos a las refinerías, van a tener que pagarlo a precios internacionales, así que no va a haber diferencia”.

La declaración no deja lugar a malas interpretaciones. Lo que el secretario de Hacienda de la actual administración está diciendo es que el sueño de independencia total de la estructura de precios es guajiro. También reafirma que la única forma orgánica en la que el consumidor mexicano se beneficiaría de la construcción de Dos Bocas es si las gasolinas producidas ahí son más baratas, ya puestas en las estaciones de servicio, que las que Texas o cualquier otra parte del mundo produce. Peor, a lo que él realmente apela es a la seguridad energética. El secretario remite la discusión a las ideas del segundo grupo.

Se vale ser parte de los fervientes creyentes del primer grupo. Se vale querer construir un argumento técnico para apoyar la perspectiva del segundo grupo, argumentando sobre eficiencias locales, completamente a contracorriente, o sobre seguridad energética. En este último caso, habría que explicar por qué tanta prisa por producir más gasolina pero no más gas natural. Pero, de acuerdo con lo dicho por el secretario de Hacienda, lo que no se vale es seguir inflando el sueño del tercer grupo. Esa burbuja ya está ponchada. O se retira el apoyo al proyecto, acercándose a la perspectiva de los especialistas, o con toda transparencia se asume la nueva pertenencia al grupo de creyentes o analistas trabajando a contracorriente.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell