Lectura 5:00 min
Para jugar Rayuela

Julio Cortázar. Foto: Especial
“Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico con tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde). Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia.” Así escribió Julio Cortázar en una carta enviada desde París hasta estos lares en 1963. Perteneciente al famoso boom latinoamericano es considerado esencialmente como un escritor de cuentos soportando a los puristas que juran que no hay más alta expresión de la literatura que la novela. Mienten, porque además de periodismo, novela corta, traducciones y poesía también escribió Rayuela, un libro que, a pesar de parecer lo contrario, transformó la teoría literaria al ser calificado como lo que es: una antinovela. Publicada justo en el mes de junio de 1963 vendió 5,000 ejemplares el primer año.
Para jugar rayuela –“avión”, le decimos por aquí– se dibuja en el suelo una cuadrícula simple con diversas categorías o números. La partida comienza cuando el jugador tira una piedra en la primera división trazada en el suelo. Luego, debe saltar en un pie hacia dicha división, recoger la piedra siempre en un pie y volver hacia la partida. Si lo consigue, intentará con la siguiente categoría o número. Y así sucesivamente hasta llegar al fin. Puede jugarse de manera no lineal. Empezar por el final o dejar el principio a la mitad.
Para leer Rayuela, quedamos advertidos desde el principio. El lector queda invitado, por el propio autor, a elegir muchas posibilidades: leerlo en la forma habitual, de principio a fin, y terminar en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector puede prescindir sin remordimientos de las páginas que siguen. La segunda parte se deja leer empezando por el capítulo 73 y respetando el orden que se indica al pie de cada capítulo. Pero hay una tercera forma de leer Rayuela: acercarse solamente a los capítulos llamados por Cortázar “imprescindibles”, pues existen algunos necesarios y otros que no lo son. Finalmente hay una cuarta manera sugerida: leer la novela como a uno se le dé la gana, ordenando y desordenando los capítulos a su gusto. Como jugando rayuela.

Para escribir Rayuela primero, Buenos Aires. Después, París. Muchos cuentos, traducciones, varias cartas. En una de ellas, fechada en diciembre de 1958 y dirigida a Jean Bernabé, Julio Cortázar anticipa casi un lustro, la existencia de esta, su gran obra: En ella, escribe:
“Terminé una larga novela que se llama Los premios y que espero leerán ustedes algún día. Quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible, quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. Pero todavía no veo con precisión el punto de ataque, el momento de arranque; siempre es lo más difícil, por lo menos para mí.”
Para hablar sobre Rayuela todavía no alcanzan los 60 años que está cumpliendo, pues desde su publicación, sigue provocando lo mismo: sorpresa ante el rompimiento, devoción ante el hallazgo feliz, fanatismo o rechazo a ultranza, felicidad ante la inutilidad de los rigores académicos, emoción cuando encontramos episodios –unos amargos y otros gloriosos– que nos hablan del amor, los gatos, el jazz, los puentes y las banquetas y una suerte de estupor ante el desafío de descifrar cuestiones extraordinarias que necesitan de palabras que no existen. (Pero que están ahí, las entendemos y parecen haber estado siempre desde siempre).
El encuentro con Rayuela también se divide en dos. Los que aceptarán el juego, amarán a Cortázar y coleccionarán sus frases y sus libros, o los que optarán por tirarlo como piedrita para jugar avión, por si acaso así pueden odiarlo. Sin embargo, como se trata de una historia que empieza fuera y antes de nosotros, ineludiblemente terminará siendo interior y personal.
Para derretir toda helada indiferencia o espantar cualquier susto provoque, un regalo: el principio del muy famoso capítulo 7 de Rayuela:
“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara...”
Sirva este texto para la reflexión, como recordatorio y homenaje, pero también como invitación, lector querido, para leer Rayuela por primera vez o jugar de nuevo y releerla. Más para finalizar, una de las frases favoritas de Cortázar que aplica a toda crítica, elogio, novela y antinovela. Una de André Gidé que dice simplemente: “Todo ha sido dicho ya, pero como nadie escucha, siempre hay que volver a empezar”.
Juguemos.