Caminar por los pasillos de los anaqueles en un supermercado es ahora una experiencia abrumadora, pues nos asedian esos sellos negros, grandes e intimidatorios que indican excesos en lo establecido en la norma NOM 51 en términos de calorías, azúcares, sodio, grasas saturadas y grasas trans. Se busca atender los problemas de la obesidad infantil y adulta, la diabetes, la hipertensión y enfermedades del corazón.

El objetivo de esta norma es establecer los incentivos para alterar patrones tanto de demanda como de oferta: pretender que los consumidores modifiquen sus preferencias para adquirir productos que no tengan excesos y que los productores sustituyan insumos nocivos y reformulen procesos de producción. 

Las autoridades arguyen que el nuevo etiquetado es de fácil comprensión para el consumidor. Sí, pero le da datos incompletos e imprecisos y viola el derecho a la información y a la libre elección; además, estigmatiza marcas y productos. Cabe también la pregunta de si el nuevo etiquetado podría considerarse como una barrera no arancelaria al comercio y ser violatorio de acuerdos internacionales.

Una vez más, una buena intención gubernamental tiene una pésima instrumentación, sobre todo para que el consumidor tenga todos los elementos para tomar una decisión educada sobre las opciones de consumo que se le presentan. Veamos.

De entrada, no se conoce el criterio de la Secretaría de Salud para establecer los umbrales que considera adecuados en las categorías. También, la norma es discriminatoria al sólo aplicarse a alimentos procesados y empaquetados dejando fuera focos de mala alimentación, como los puestos callejeros de fritangas. O bien a las panaderías, ya que el pan dulce tiene un elevado contenido de azúcar y grasa, y está elaborado con harina blanca que no es muy sana. 

La comparabilidad de las estiquetas de advertencia es difícil porque no señalan porciones; una misma marca de un producto lleva el mismo sello independientemente del tamaño del empaque; por ejemplo, el criterio de exceso de azúcar generalmente no brinda la información de qué tipo de azúcar o edulcorante contiene. Para dificultar la elección, los formatos individuales (chocolates, barras de cereal, galletas, etcétera) sólo llevan una etiqueta indicando el número de sellos que les corresponde, pero no sabemos cuáles. 

Este tipo de normas, para que sean efectivas sobre la salud, deben acompañarse de una amplia campaña educativa de concientización sobre los buenos hábitos alimenticios, de desincentivo al consumo en puestos informales y a que los menús de los restaurantes desplieguen las calorías de los platillos. 

La efectividad de la NOM 51 podrá evaluarse más adelante cuando se tenga información suficiente acerca de si cambiaron los patrones de consumo y de producción y si bajó la incidencia de enfermedades. Por ejemplo, por el lado del consumo, hacer un análisis por producto aislando el cambio de demanda de los cambios en los precios o el ingreso para determinar si el número de sellos bajó las ventas. O bien si la producción de refrescos moderó su contenido de azúcar.

federico@rubli.net

Federico Rubli Kaiser

Economista

Revista IMEF

Economista egresado del ITAM. Cuenta con Maestría y estudios de doctorado en teoría y política monetaria, y finanzas y comercio internacionales. Columnista de El Economista. Ha sido asesor de la Junta de Gobierno del Banxico, Director de Vinculación Institucional, Director de Relaciones Externas y Coordinador de la Oficina del Gobernador, Gerente de Relaciones Externas, Gerente de Análisis Macrofinanciero, Subgerente de Análisis Macroeconómico, Subgerente de Economía Internacional y Analista.