Regularmente me escriben personas para contarme que han tenido una muy mala experiencia con respecto a algún producto o servicio financiero.

Me han contactado, por ejemplo, personas para quejarse de que su aseguradora no le quería pagar el robo de su auto, porque en fines de semana lo trabajaban para Uber, cuando su póliza claramente excluía cualquier uso distinto al particular (el riesgo es muy distinto y la prima también).

También están aquellos que, enojados, piensan que el banco les está tomando su salario sin autorización, para pagar una tarjeta de crédito que no estaba al corriente.

Hay otros que simplemente quieren saber si pueden hacer un pago adicional a su crédito hipotecario y si éste se aplicará para reducir plazo o mensualidad, lo cual es imposible saber sin leer el contrato, porque no en todos los casos es igual.

Desafortunadamente, historias como éstas son muy comunes, porque la gente contrata productos y servicios financieros completamente “a ciegas”. Sin leer, sin entender las características de lo que están comprando y sin saber si es adecuado para sus necesidades.

Hacer eso es como ir a la farmacia y comprar cualquier pastilla, sin entender para qué sirve. Un remedio para el dolor de cabeza no curará un mal estomacal. O bien acudir a una tienda y comprar cualquier camisa, sin importar corte, talla o color. Exactamente lo mismo.

Siempre me ha costado mucho trabajo entender por qué la gente hace esto, cuando se trata de algo tan importante como su propio dinero.

Pareciera que en ocasiones se lo confían ciegamente al “ejecutivo del banco” o al “asesor de fondos de inversión” o al “agente de seguros”. Hay personas que se justifican: “Que él decida porque él sabe más que yo”.

Eso siempre es un grave error, no sólo porque implica dejar en otros lo que por derecho nos corresponde, sino también porque estas personas no trabajan para nosotros, sino para la institución financiera que representan. A esto se le llama conflicto de interés.

En este espacio siempre he hablado, más de una vez, de la importancia de asumir nuestra responsabilidad en la toma de decisiones financieras. También he enfatizado que una buena asesoría es muy valiosa, pero hay que saberse asesorar. Queda en nosotros el criterio para saber si el consejo que nos están dando es bueno o malo para nuestras necesidades particulares.

Por otro lado, cuando uno adquiere un producto o servicio financiero, siempre se firma un contrato (o una solicitud que forma parte integrante de un contrato). En él se establecen los derechos y las obligaciones de ambas partes. Antes de firmarlo por lo menos uno debería saber a qué se atiene, a qué se está obligando y qué es lo que recibirá a cambio.

Lamentablemente, mucha gente no lo hace y simplemente firma a ciegas, sin siquiera conocer qué es lo que está comprando.

Con los seguros, igual: poquísimas personas leen las condiciones de su póliza para saber, por lo menos, las condiciones de cobertura y también lo que se excluye.

Algunos se justifican diciendo que todo el tema financiero es complicado, que los contratos están escritos en lenguaje que no entienden o apelan a las famosas “letras chiquitas” cuando desde hace muchos años las exclusiones de las pólizas de seguros se ponen en grande y en negritas. En realidad no es para nada complicado, si uno tiene claras sus necesidades y lo que está buscando.

Nuevamente: se trata de nuestro dinero. Las decisiones financieras no suelen tener un impacto inmediato sino en el futuro. Por ejemplo, si invertimos en un instrumento que nos paga rendimientos muy por debajo de la inflación, como un pagaré bancario, nuestras metas a futuro se verán impactadas.

Si contratamos un seguro que no cumple nuestras necesidades, sin saberlo, nos daremos cuenta el día que más lo necesitaremos. No se puede vivir así.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver o el que solito se tapa los ojos. Esto es una realidad en tantos y tantos aspectos de la vida; en lo que se refiere a asuntos de dinero, a nuestras finanzas personales, no es la excepción.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com