La idea de infinito no puede ser expresada o descrita con palabras, pero puede atraparse a través del arte, que hace al infinito tangible. Sólo se puede alcanzar el absoluto a través de la fe y el acto creativo.

Andrei Tarkovsky

El sábado pasado, el mundo se hizo más pequeño e inhóspito. En una segunda vuelta que comparó con haber sido arrojado a los playoffs de un deporte que ya no recordaba cómo jugar, Mauricio Peredo, cineasta, escritor, director de teatro, maestro y querido amigo, terminó el rodaje de su película vital. El director dijo corte y la claqueta implacable se cerró por última vez.

Lo conocí hace más de dos décadas, cuando llevó su diplomado en producción cinematográfica a Querétaro. Al exhaustivo interrogatorio sobre cine que hacía las veces de examen de admisión, siguieron largas conversaciones extendidas a literatura y filosofía.

Después del diplomado, que terminó con el agotador rodaje de un corto, hicimos muchos planes, entre ellos colaborar en un largometraje; pero el tiempo y la vida, como suele suceder, se inmiscuyeron en el camino.

Mauricio escribió y dirigió La Carambada, exitosa obra itinerante en el centro histórico queretano. Poco después, supe por su hermana Rocío que estaba gravemente enfermo.

Su libro Sobreviviendo al cáncer, que recuenta sus experiencias durante el tratamiento de su linfoma en el Instituto Nacional de Cancerología, me acompañaría más tarde durante mi propio trance.

Cineasta al fin, el libro inicia como película de horror. Visualicemos un día cualquiera, el cielo citadino gris, el viento soplando sobre los semáforos. Un tipo se siente un poco mal, visita al médico, le hacen unos análisis y después, con la parsimonia que combina años de experiencia e indiferencia, el especialista lo mira desde detrás del escritorio, sus manos sobre la mesa, junto a paletas de dulce y algún retrato de alegrías vacacionales.

–Le quedan tres semanas de vida —palabras como disparos— es “de librito”.

¿Qué es más terrible: la sentencia o el diminutivo? Como quien no se atreve a bromear, pero quiere ser familiar, suavizar el golpe: de librito.

La película no termina ahí. Mauricio se ve sometido a un laberinto de burocracia, expedientes extraviados, medicamentos que llegan por error y la torpeza, quizá bien intencionada pero no menos peligrosa, de algún bisoño residente. Un hospital desbordado al que apoda cariñosamente: Hotel Hilton de Bora Bora. Bien podría haber sido Hanoi Hilton: la analogía del campo de prisioneros no está lejos.

Mauricio espera largas horas, a veces días, para ser atendido de “urgencia”. Liquida sus bienes más preciados y después el resto, y lo que aportan amigos y familiares para pagar las quimioterapias. ¿Quién se puede quejar en la caja?¿Quién puede ponerle precio a la vida?

Sobreviviendo al cáncer es también un drama. Un paciente en apariencia incurable. Un equipo de médicos agotados en un hospital oficial. Efectos secundarios, problemas presupuestales. No hay suspenso porque sabemos desde el inicio que el paciente vivió para contarlo.

Por fortuna es también una historia de amor, de reencuentro espiritual. Enfrenta la pregunta inevitable: ¿por qué a mí? Ésa que invita a sucumbir ante la lógica materialista: el mundo es caos. Al universo lo domina el azar. Y decide no comprar esa verdad.

Cuando llegó su turno frente al médico, su camino de dolor, paredes grises de hospital, venas plásticas fluyendo venenos brutales en las suyas. Ése en que muchos renuncian a la esperanza, él encontró su respuesta. Su libro es la historia de un hombre que redescubrió la vida en la antesala de la muerte, el sitio sórdido donde muchos se rinden ante la última soledad.

El tiempo recobrado, sin embargo, sigue siendo un reloj de arena inexorable. Hace algunas semanas, casi tres lustros después de haber sido derrotado, el linfoma exigió la revancha. Irrumpió con prisa y ferocidad, no hubo tiempo de plantarle cara. Para decirle adiós al querido amigo no queda mejor frase que la que solía repetir como mantra a propios y extraños después de su tratamiento: “Dios es grande y la vida es bella”.

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).