Sidney, Aus. Cuando al economista Jim O’Neill se le ocurrió a principios del siglo aquel acrónimo de BRIC (Brasil, Rusia, India y China) para definir la similitud de cuatro economías emergentes, lo tomaron como un académico ocurrente que le había impreso cierto grado de poesía por aquello de reflejar la fortaleza de un ladrillo.

Para un teórico no hay mejor éxito que lograr el posicionamiento de una de sus ideas, para que se discutan y se complemente. Fue tal el buen recibimiento, que con el paso del tiempo el acrónimo se convirtió en nombre propio.

La discusión era sobre la similitud o no de los incluidos. Porque China e India comparten características que Brasil o Rusia podrían no tener. Pero después de algunos años los mencionados acabaron por adaptar el nombre para crear su propio club.

Agregaron a Sudáfrica al nombre para pluralizar a los BRICS, pero entre las limitantes gramaticales y sobre todo la abundante envidia decidieron los miembros del nuevo club dejar fuera del grupo a naciones similares o superiores en su potencial, como México.

Pertenecemos a muchas organizaciones, desde las indispensables como las Naciones Unidas, hasta las más específicas como el G-20 o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Pero hacía falta una membresía de naciones similares.

Y como ya andábamos en el mundo en eso de los acrónimos, la reunión de cinco países dio forma al MITKA (México, Indonesia, Turquía, Corea del Sur y Australia). El orden es meramente gramatical y crearon un grupo de potencias medianas.

Aquí los cinco países son la muñequita del pastel, no son simples espectadores como ocurre en el G-20. Tienen como común denominador el comercio. La distancia limita el turismo, los bloques mundiales frenan la integración financiera, pero todos tienen ese sentido gregario de unirse para crear juntos.

MITKA es sin duda la respuesta a BRICS, con la diferencia de que estos países tienen más similitudes que las que puede tener Brasil con China en la tienda de enfrente, por ejemplo.

Pero más que una competencia es una oportunidad para hacer algo más allá de nuestra mirada enfocada casi en exclusiva hacia Estados Unidos.

No cambiaremos a Australia por Estados Unidos por razones evidentes, pero hay mercados tan interesantes como desconocidos que hay oportunidad de explorar con estos mecanismos multilaterales.

Desde la cancillería mexicana tienen un gran interés en ampliar esta cooperación y se nota el buen trabajo en hechos tan evidentes como las visitas del presidente Peña Nieto a Indonesia (donde anunció la incorporación de México a MITKA), Australia y Turquía. Y sin duda la creciente relación con Corea del Sur como la relación con firmas como Samsung o Kia, entre muchas otras.

Hay interés de todos los integrantes del club de las potencias medianas de colaborar para impulsar un crecimiento y eso es el mejor motor para el grupo, sobre todo cuando sigue vigente la idea de impulsar el Acuerdo Transpacífico, que si bien está en terapia intensiva, no ha muerto.

Los otros, que con sus BRICS se lo coman.