En energía, el gobierno de México le está apostando fuertemente a elementos que ante el mundo hoy son impresentables. Es un nuevo estatus que ha tomado por sorpresa a muchos Boomers energéticos que no le habían estado siguiendo el paso a la rápida evolución de la conversación energética global.

Hay que ser justos: antes de que se impusieran los nuevos parámetros de calidad por la decisión de la Organización Marítima Internacional, llamada IMO 2020, el combustóleo de alto azufre que se produce en las refinerías de Pemex tenía un mercado global entre las marinas mercantes. Antes de la terrible crisis climática que sigue viviendo Australia, su primer ministro llegó a usar piezas de carbón como utilería positiva en discursos de alto perfil, como algo para defender y apuntalar.

No más. El carbón podrá seguir siendo utilizado en algunas geografías. Pero está destinado a volverse completamente impresentable. Hasta el año pasado, el combustóleo de alto azufre tenía muchos compradores en el mundo. Ahora, al menos públicamente, la CFE está quedando como la última alternativa de mercado para el combustóleo mexicano, cada vez más impresentable.

Afortunadamente, los cambios a nivel global en percepciones, normas y regulaciones no sólo se quedan en el nivel de los productos. Éste es un momento de transformación profunda. Así como ser racista, clasista, sexista y cualquier otro tipo de “ista” ahora es un camino inmediato para ser impresentable, las exigencias para que una empresa y un inversionista sean “presentables” están creciendo dramáticamente a nivel global. Desde los compromisos del Business Roundtable y el nuevo manifiesto de Davos hasta el renovado énfasis de los inversionistas responsables en criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por su sigla en inglés) y la carta de esta semana del CEO de Blackrock, se está actualizando una serie de exigencias que crearán una nueva clase de impresentables: los que no se comprometen a generar mejoras ambientales verificables, los que ignoran a sus stakeholders y las comunidades en las que trabajan y los que trabajan sin transparencia, gobierno corporativo y controles robustos. Desde acá, suenan como reflexiones distantes. En energía y más allá, es lamentable la ausencia de debate en nuestro país en torno a estos temas cruciales, incluso entre empresas que tienen corporativos globales y casas matrices que las apuntalan.

Pero es aún más preocupante que muchas de las compañías serias, responsables y comprometidas que están proactivamente robusteciendo sus prácticas de ESG en línea con las nuevas exigencias son justamente las que nuestro gobierno está ahuyentando o impidiendo crecer. Las “operadoras” a lo largo de toda la cadena de valor de hidrocarburos y las generadoras convencionales y de energías renovables —que en nuestro país han impulsado una marcada profesionalización, adopción de mejores practicas (desde operativas hasta de inclusión y responsabilidad social) y creación de controles— hoy enfrentan las intensiones del gobierno de conjurar un nuevo monopolio energético y desplazarlas por la vía administrativa. No rondas, no subastas, y muchas políticas adversas.

Esto nos deja con el viejo ecosistema de las empresas de servicios energéticos ancladas en torno a monopsonios de facto, con todos los escándalos, arreglos y turbiedades del pasado. Claro que, entre todas ellas, hay muchas valiosas con todo tipo de banderas, tamaños y nivel de internacionalización. Sería injusto empaquetar a todas como si fueran el carbón o combustóleo de alto azufre empresarial. Y mi punto no es individualizar.

Lo que quiero preguntar es, bajo los nuevos parámetros y estándares globales, ¿estamos progresando para asegurar que en cinco o 10 años todo nuestro ecosistema no sea impresentable? ¿Y si el mundo nos deja atrás?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell