Cuando se analizan las bases para una vida sana, feliz y productiva, se mencionan con mucha frecuencia los principios morales y físicos para alcanzar esa meta, éstos son: hacer lo bueno, lo correcto y que sea verdadero.

No sorprende que estos mismos principios apliquen perfectamente cuando se trata de proyectos de inversión, es decir, asegurar la sustentabilidad y éxito duradero de una empresa.

La agricultura protegida es buena, porque permite incrementar la productividad de los insumos y energía utilizada, desde la semilla mejorada, la mano de obra usada, el agua, los fertilizantes y los energéticos; es correcta, porque siendo practicada en ambientes controlados hace posible disminuir la contaminación del ambiente, protege la salud de los operadores y del consumidor.

Las premisas anteriores se cumplen algunas veces en los invernaderos, sólo después de pasar por la curva de aprendizaje y desarrollar recursos humanos capacitados y conscientes de su responsabilidad social.

Sin embargo, en muy contados casos los atributos anteriores son verdaderos, pues aún existen muchos invernaderos que no ofrecen rendimientos superiores a los de campo abierto ni ofrecen productos innocuos porque vienen saturados con residuos biológicos, agroquímicos tóxicos y, peor aún, con plaguicidas fumigantes que ya tienen años de estar prohibidos para su uso en agricultura, como es el caso del bromuro de metilo y la cloropicrina usada para tratar suelos, sustratos y bodegas.

Desafortunadamente, en la agricultura internacional viene ganando terreno el criterio de incrementar los rendimientos y las utilidades a toda costa, relegando a segundo plano el valor nutricional y la sanidad de nuestros alimentos, y para contrarrestar ese efecto, se han creado una serie de certificaciones, acreditaciones, premios, sellos, distintivos, etcétera, tratando de resaltar lo bueno y lo correcto, aunque no siempre sean verdaderos.

En Europa las agroempresas acostumbran días demostrativos llamados casa abierta , durante los cuales desde los mayoristas hasta los consumidores al detalle pueden constatar las buenas prácticas agrícolas y de manufactura que reciben los alimentos que esas empresas producen, con lo cual además fomentan el aprecio del consumidor por lo local.

Para alcanzar un desarrollo armónico y duradero de nuestra agricultura, junto con una alta estima social, requerimos recuperar la ética en los agronegocios: hacer lo bueno, lo correcto y, sobre todo, que sea verdadero y no mediante certificaciones y reconocimientos comprados a terceros, sean estos chefs, gourmets o científicos a sueldo.

*Mario Alberto Lamas Nolasco es especialista de la Dirección de Agronegocios en FIRA. La opinión es responsabilidad del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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