La tragedia de la Línea 12 se explica en gran parte por una combinación de corrupción, incompetencia y austeridad mal entendida. Son al menos 24 muertos y 79 heridos. Es el colapso de una obra de infraestructura que nació como emblemática del sexenio de Marcelo Ebrard y se ha convertido en la metáfora de algo donde se funde el dolor y la tragedia con la falta de una cultura de responsabilidad política y rendición de cuentas.

Imposible saber cuánto del accidente se debe a la corrupción, qué parte es incompetencia y cuánto de la tragedia le debemos asignar a la austeridad mal entendida. Tenemos claro que fue una obra que nació con problemas. Estaba planeada para costar 17,500 millones en ingeniería y obra civil. Se fue hasta un poco más de 26,000 millones. A estos costos habría que sumar los 30,000 millones de pesos que costó el arrendamiento de 30 vagones. En su momento, a Mario Delgado le tocó explicar por qué los vagones eran mucho más caros que la obra civil. Entonces hablaba como exsecretario de Finanzas y se expresó como tecnócrata. Quizá por eso nunca pudo despejar las dudas más simples.

Afirmar que la incompetencia tuvo mucho que ver está lejos de ser una hipótesis controvertida. Tenemos una línea de metro donde los rieles son incompatibles con las ruedas, en el que además se aplicó mal el sistema de lubricación. Esto queda claro en el informe presentado por la empresa francesa SYSTRA, contratada para hacer el diagnóstico de la rehabilitación de la Línea 12 en junio del 2014: “el sistema de vía férrea es el de un metro, mientras tanto el material rodante tiene una característica de tren suburbano. El problema fue agravado por un sistema de lubricación embarcado en los trenes que presenta deficiencias en su funcionamiento”.

SYSTRA también explica que hay problemas en el trazado de la vía con curvas de radio muy cerrado y habla de “calidad baja del balasto de caliza”. ¿Quién dijo que la incompetencia está teñida de tonos grises? Aquí hubo una incompetencia creativa, quizá una guerra de egos donde uno decidió las ruedas, otro los rieles y el tercero demostró su personalidad eligiendo el sistema de lubricación. Probablemente hubo un número cuatro que se encargó de dibujar las curvas, con criterios artísticos.

En este territorio de la incompetencia, la actual directora del metro, Florencia Serranía Soto, nos ofrece una veta que vale la pena explorar. Afirma que hay una empresa francesa que trabajaba 365 días al año para conservar las condiciones de operación de las instalaciones fijas de la línea. Obviamente no hicieron bien su trabajo, la empresa proveedora ni la gente del Metro.

Menciona también que se hicieron revisiones de la Línea 12 en el 2017 y a finales de 2019 se realizó un estudio estructural y geotécnico del viaducto elevado, “los resultados no representaron ningún riesgo en la operación”, dice Serranía Soto. Hubo otro estudio en junio del 2020 donde tampoco se detectaron anomalías. La afirmación de que todo estaba bien contrasta con numerosos testimonios de usuarios y vecinos que veían grietas y escuchaban crujidos. En 2017 cerraron algunas avenidas para llamar la atención sobre su temor de que la estructura colapsara. Algunas dudas: ¿Qué responsabilidad asumirán los autores de los estudios técnicos que dijeron que no había problemas serios? ¿Devolverán el dinero que cobraron y contribuirán con la indemnización de las víctimas?

La austeridad entra en el radar de las explicaciones cuando comprobamos que el presupuesto del Metro ha bajado año con año, del 2018 a la fecha. Se puede hacer más con menos, dice el presidente una y otra vez. El mensaje es muy poderoso entre una población que está harta de los excesos de políticos gastalones. El cumplimiento es obligatorio entre los funcionarios de la 4T. En el caso del Metro, si descontamos la inflación, pasó de 19,172 millones de pesos en 2018 a 15,082 millones en 2021. Es una caída de alrededor de 23% (las cifras son pesos constantes del 2021).

¿Estamos ante un caso de austericidio? En este neologismo se enfatiza cómo la austeridad puede ser homicida o suicida, cuando al aplicar recortes se prescinde de insumos vitales para la operación de un hospital, un sistema de metro o una central nuclear. Carecemos de información detallada, aunque después del accidente los trabajadores del Metro nos entregaron testimoniales que preocupan. Sabemos que en el accidente hubo problemas en la construcción y en el mantenimiento. Ahora tenemos dos precandidatos presidenciales con los reflectores encima. Podríamos tener un reality show, ¿Quién será el/la survivor?

lmgonzalez@eleconomista.com.mx

Luis Miguel González

Director General Editorial de El Economista

Caja Fuerte

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio.

Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.

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