Muchos son los sectores que influyen en la geopolítica: energía, transporte, alimentación… pero si hay uno que marca la diferencia es el sector financiero. La mayor parte del mundo se mueve por dinero y el dinero es capaz de mover al resto.

La gobernanza global está cambiando a pasos agigantados y a una velocidad vertiginosa. Las reglas del juego se están reescribiendo por nuevas generaciones de empresarios que aprovechan inteligentemente (permítanme esta licencia que en ningún caso quiere ser peyorativa) de unas reglas del juego que escribieron sus abuelos y tatarabuelos y que, como constitución inmóvil, han quedado obsoletas.

Las fintech están comercializando nichos de negocio que las empresas financieras tradicionales no explotaban por no considerarlos rentables, tenían mucho riesgo o, simplemente, no eran de interés. En la última década han surgido desde empresas de transferencia de dinero a coste muy inferior que el de la banca tradicional hasta opciones de inversión que permiten que el ciudadano promedio logre con montos de 4 cifras, intereses de 2 dígitos. Muchos, por no decir todos, ya somos clientes de una fintech. ¿Les suena WhatsApp? Pues hoy WhatsApp, siendo la segunda red social con más usuarios, se vuelve la primera fintech con mayor potencial de clientes.

Estos cambios en la estructura de las empresas financieras han producido que el dinero ya no se mueva de la misma manera ni se valore igual en ningún lugar del mundo. Es más, el concepto de divisa ha cambiado tanto que el bitcoin se ha convertido en una unidad monetaria con validez aceptada en todo el mundo y no se opera por banca tradicional sino por plataformas fintech.

Como consecuencia de estos cambios estructurales que se están produciendo en el mundo financiero, los esquemas tradicionales de control del sistema y de cobros de impuestos se están quedando obsoletos a pasos agigantados. Es cierto que los países tienen soberanía sobre su territorio pero en una economía hiperdigitalizada y globalizada, un inversionista mexicano puede poner su capital en un proyecto inmobiliario en Addis Abeba a través de una plataforma con sede en un tercer país con una regulación más laxa que le permita tener mayor agilidad en su operación, mayor información y a un menor costo. Y justo es eso lo que ofrecen las empresas que están compitiendo en el mundo fintech (más de 500 sólo en México).

Con movimientos tan grandes de capital en todo el mundo, la gobernanza global está cambiando y ya no está tan centralizada como cuando se firmaron los acuerdos de Bretton Woods que crearon el sistema financiero centralizado que nos ha regulado desde mediados del siglo XX. Las empresas fintech permiten la atomización del sector pudiendo limitar la gobernanza global si no se es cuidadoso.

Los Estados comienzan a vislumbrar el riesgo de dejar a libre operación y mercado a estas empresas, y quieren regular el sector. Los tres motivos principales que se arguyen para publicar normatividades son: cobro de impuestos, operaciones ilícitas y seguridad del sistema financiero global. Los tres son completamente lícitos si buscamos mantener una cierta evolución estable del sector financiero global.

Eso sí, los países que regulen tienen que medir muy bien los pasos a seguir. Si no son cuidadosos, bien se puede limitar toda innovación en un sector que está empezando a florecer o hacer colapsar sus sistemas financieros y fiscales. Volviendo atrás en la historia, los países que regulen de más pueden convertirse en la Venecia del siglo XIV, ciudad-Estado que perdió su bonanza por premiar más otros intereses que la innovación. Los países que regulen de menos podrían replicar las crisis financiero-inmobiliarias de 2008-2009.

El equilibrio entre gobernanza y desarrollo en un sector es muy delicado y quien gobierna debe sopesar antes de dar pasos que arruinen la innovación o arruinen su país. Los pasos bien dados pueden convertirte en el próximo dragón asiático o borrarte del mapa.

* Alejandro Cubí es Director de Desarrollo de Negocio e Internacional en Tirant lo Blanch.

Twitter: @Alejandro_Cubi