El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, sabía lo que sabía el primer ministro británico, Clement Attlee, en 1947: una vez que se hace que las élites locales dependan del poder y el dinero de un ocupante extranjero, se vuelve casi imposible irse sin causar un caos. Y cuanto más tiempo permanece la potencia extranjera, a menudo se vuelve peor el caos.

NUEVA YORK. El 20 de febrero de 1947, Clement Attlee, el primer ministro socialista británico, informó al parlamento que la India se independizaría a más tardar hasta junio del año 1948. Attlee quería que de una vez por todas llegué el día en el que los británicos se retiraran de un país cuyos líderes, tanto musulmanes como hindúes, iban pidiendo clamorosamente desde mucho tiempo atrás su independencia. Pero la India hervía con violentos disturbios y los líderes musulmanes temían al dominio hindú, esto preocupaba a Attlee, ya que pensaba que una guerra civil podría llevar a los británicos a una situación incontrolable; por ello, Attlee decidió poner fin al Raj británico, incluso antes de la fecha que él mismo fijó como límite.

Se proclamó la independencia de la India el 14 de agosto de 1947. Pakistán se separó. La horrenda violencia entre hindúes y musulmanes cobró medio millón de vidas. Muchas más personas perdieron sus hogares. Las heridas de la partición aún no han cicatrizado.

Se culpó ampliamente a Attlee por salir demasiado pronto y dejar a la antigua colonia en el caos. Las observaciones al respecto incluyeron las siguientes: si tan sólo se hubiera organizado una mejor fuerza policial; si tan sólo el ejército hubiera podido mantener el orden; si tan sólo los británicos se hubieran marchado cuando el país hubiese estado estable, etc.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se encuentra ahora en la misma situación. Las tropas estadounidenses han dejado a Afganistán en un caos sangriento. Los críticos de la decisión de Biden de retirarse alegan que Estados Unidos debería haberse quedado más tiempo. En opinión de Robert Kagan, un conocido promotor estadounidense de políticas militares sólidas, Estados Unidos debería haber prometido permanecer al menos 20 años, en lugar de no comprometerse. Al fin y al cabo, la presencia militar estadounidense era mínima y su costo era muy asequible. Pero en ese caso, ¿por qué sólo quedarse 20 años? ¿Por qué no 40? ¿Por qué no quedarse por siempre?

La pregunta es si hubiera habido alguna forma en la que Attlee, o Biden, podrían haber salido de India o Afganistán en medio de una situación estable. Al menos Attlee sabía que la India, e incluso Pakistán, estarían gobernados por hombres responsables que en gran parte eran moderados. Jawaharlal Nehru y Mohammed Ali Jinnah no se parecían en nada a los talibanes. Ambos fueron ampliamente considerados como líderes legítimos, incluso mientras aún se llevaba a cabo una guerra civil. Biden ni siquiera se pudo dar el lujo de dejar a Afganistán en manos capaces.

Es fácil culpar a Attlee y Biden por la violencia que sobrevino tras sus decisiones. Quizás cometieron errores. En retrospectiva, es posible ver cómo podrían haber mitigado algunos de los daños. Pero ambos líderes cayeron atrapados en la misma trampa colonial que atrapó a tantas otras potencias imperiales. Una vez que se hace que las élites locales dependan del poder y el dinero de un ocupante extranjero, se hace casi imposible para dicho ocupante marcharse sin provocar caos. Y, cuanto más tiempo permanezca la potencia extranjera, frecuentemente el desbarajuste empeora cada vez más y más.

El muy conservador periodista estadounidense William F. Buckley Jr. en una entrevista a Harold Macmillan – el primer ministro conservador británico, que el año 1960 sintió que un “viento de cambio” soplaba a lo largo y ancho del África colonial y logró la retirada del dominio británico de dicho continente – le preguntó si los africanos estaban listos para gobernarse a sí mismos. Macmillan respondió que él creía que no lo estaban; sin embargo, añadió que intentar gobernarse a sí mismos era una razón más por la que deberían quedar en libertad. Esos eran sus países.

Ellos tenían que aprender a gobernar, gobernando. Si los británicos se aferraban al poder y arrojaran a la cárcel a los mejores y más brillantes activistas anticoloniales harían que todo ello sea aún más difícil.

Los imperios rara vez se establecen diseñándolos de manera previa. La mayoría de los imperios europeos comenzaron como puestos de comercio. Los gobernantes locales fueron ilustrados, sobornados y se los enfrentó unos contra otros. Durante mucho tiempo, grandes partes de la India fueron gobernadas por una compañía comercial británica. Los gobiernos coloniales se hicieron cargo entonces de proteger los intereses comerciales de los países de origen. El gobierno imperial a menudo se justificaba recurriendo al actividad misionera cristiana, o, posteriormente alrededor del final del siglo XIX, se justificaban echando mano a ideales altruistas como brindar educación a las élites nativas para que dichas élites imitaran a Occidente.

Estados Unidos ha sido más tibio en cuanto a proteger a sus empresas coloniales. Al fin y al cabo, se supone que los estadounidenses están en contra del imperialismo. Su justificación declarada para luchar contra el comunismo en Vietnam, o contra las dictaduras en Irak o Afganistán, ha sido iluminar a las poblaciones ignorantes mediante el capitalismo de libre mercado y el gobierno democrático, a menudo con consecuencias desastrosas.

Sea cual sea la justificación para una intervención extranjera, los resultados son los mismos. A las élites locales, como por ejemplo a los afganos que gobernaron Kabul y otras ciudades, les puede ir bien. Pero la dependencia, no sólo de otro Estado, sino de las ONG y otras instituciones bienintencionadas que hacen lo que deberían hacer los gobiernos, hace crecer la corrupción. El dinero fluye con demasiada facilidad hacia bolsillos cada vez más profundos. Y, la mera presencia de fuerzas militares y tutores políticos extranjeros, cuya comprensión sobre cómo funcionan las cosas en los países que ocupan puede ser escasa, hace que sea cada vez más difícil para la población local gobernarse a sí misma.

Las élites coloniales, hinchadas desmesuradamente con dinero gratis, no tienen legitimidad frente a los ojos de sus compatriotas. Los rebeldes y revolucionarios pueden tener más legitimidad, pero sólo saben gobernar por la fuerza.

El poder imperial está atrapado. Irse es, casi siempre, malo. Quedarse es peor. Attlee y Biden entendieron esto. Por eso quisieron marcharse.

Biden es acusado de ingenuidad y se lo ve como un anciano desventurado que no tenía ni idea de lo que estaba desencadenando. Eso es poco probable. Creo que decidió que era hora de marcharse, precisamente porque sabía que habría un gran caos; era mejor quitarse ese peso de encima que quedar aún más atrapado en la trampa colonial.

Esto puede parecer inhumano. Pero no se puede culpar a Biden por el ascenso de los talibanes, ni del frágil estado de un país que ha visto demasiadas guerras e invasiones. Para empezar, Estados Unidos nunca debería haber estado allí, pero esa es una lección que las grandes potencias nunca parecen aprender.

El autor

Ian Buruma es autor de numerosos libros, entre ellos Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of Tolerance, Year Zero: A History of 1945, A Tokyo Romance: A Memoir y, más recientemente, The Churchill Complex: The Curse of Being Special, From Winston and FDR to Trump y Brexit.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

Copyright: Project Syndicate, 2020

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