Podríamos decir que el mundo se divide entre quienes aman hacer actividad física y ejercicio como forma de vida (o aquellos que no lo aman tanto pero lo hacen por “obligación”) y las personas que por diferentes motivaciones o circunstancias llevan estilos de vida sedentarios.

Así como sucede con los temas en torno a la alimentación saludable, la prescripción y la promoción de la actividad física, en algunas ocasiones cae más en culto a la imagen y de pertenencia social que a verdaderas motivaciones de mejorar o conservar la salud.

Sabemos que los estilos de vida sedentarios eventualmente pueden conllevar problemas de enfermedades crónico-degenerativas, disminuir significativamente la salud mental y la sensación de bienestar general. Los efectos fisiológicos y emocionales de los diferentes tipos de ejercicio han sido ampliamente estudiados. Una publicación reciente de la Harvard Health Review señala un estudio longitudinal (es decir, se siguió a los participantes durante 10 años) donde se estableció que la actividad física que se hace de manera lúdica o por placer, tiene efectos diferentes a la actividad física que se realiza en el contexto laboral. Entre otras cosas, notaron que el riesgo cardiovascular disminuía significativamente cuando la actividad física se realiza por placer.

Aunque existen posibles causas explicativas del hallazgo anterior, queda mucho por determinar en torno a la noción del placer en el cuidado de nuestra salud. Evidentemente el nivel socioeconómico juega un papel preponderante. Es un hecho casi general que aquellas actividades laborales en las que existe mayor desgaste físico o mayor actividad física son de menor remuneración que las actividades intelectuales. A partir de este hecho, no tiene los mismos efectos la actividad física realizada por un albañil en el marco de su trabajo, a la actividad física en el marco de un partido de tenis de un alto ejecutivo.

Con estos descubrimientos podemos observar que la cuestión de bienestar y salud tiene una carga de desigualdad social, en la que hasta los efectos fisiológicos están diferenciados. Otra noción que queda implícita, es la noción del placer. Comúnmente el placer es el objeto de debates filosóficos, con tentativas un tanto “psicologizantes”. Es común relacionar el placer con la desviación, o incluso, como una característica negativa de las nuevas generaciones, que buscan el placer o la recompensa inmediata a cualquier acción que emprendan. Históricamente se ha condenado al placer en diferentes tipos de doctrinas.

Sin embargo, es tan necesario el placer en nuestras vidas como la disciplina, la mesura, la prudencia o la frugalidad (o cualquier noción que se oponga al placer). El estudio sobre la actividad física también podría explorar aquellas nociones que impiden que las personas “se enganchen” a la práctica cotidiana. En cuestiones de salud mental, aunque se ha comprobado que el ejercicio funciona como un antidepresivo natural, es un reto importante, cuando se padece por ejemplo depresión, encontrar la motivación para realizar actividad física.

Nuestra cultura “occidental” está acostumbrada a separar el cuerpo de la mente: el cuerpo es el que realiza la actividad y la mente controla. En realidad, vemos cómo incluso las motivaciones internas sobre el ejercicio pueden determinar sus efectos fisiológicos positivos sobre nuestra salud. Probablemente sea tiempo de cambiar los paradigmas en los que parcializamos la realidad, cuando los factores fisiológicos, emocionales, sociales y culturales se amalgaman de una manera compleja de la que aún queda mucho por investigar.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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