Por encima de relativismos culturales e históricos, la belleza en la ciudad es algo que se percibe de inmediato y tiene que ver con cierta armonía y calidad en el paisaje urbano, con el aseo y pulcritud en su espacio público y con los valores escénicos de su entorno natural. La belleza es gratificación para los sentidos y una oportunidad de solaz individual y disfrute colectivo. Es eterna inclinación y búsqueda humana. En la ciudad, que es construcción clímax de convivencia social y desarrollo de capacidades productivas, la belleza es también un signo vital y un elemento indisociable de la calidad de vida y, por tanto, de la felicidad de sus habitantes.

La belleza urbana es igualmente un estímulo muy poderoso de productividad, de identidad y de compromiso y cohesión social; es uno de los activos intangibles más valiosos de una ciudad y para las empresas que ahí se localizan. La belleza del paisaje urbano es un bien público por excelencia. Es cada vez más importante para la competitividad nacional y global (Querétaro, en México, y Londres son buenos ejemplos) y, en consecuencia, para el dinamismo económico y el empleo, así como el nivel de ingreso de la población. La belleza de la ciudad tiene que ser asumida como objetivo expreso de política urbana. Con algunas excepciones, las ciudades mexicanas -incluyendo a la ciudad de México- han perdido la belleza que se desprendía de sus patrones históricos de traza y arquitectura. Han sido engullidas por la fealdad urbana. Su desplante espacial ha pasado a ser caótico como resultado de diferentes factores. Entre ellos, la pulverización parcelaria en los ejidos circundantes y con la vivienda de cada campesino en su propia parcela por temor a perderla. En desorden, el esquema se repite ejido tras ejido en zonas de presión urbana, reproduciéndose construcciones atroces sobre las parcelas para albergar a los hijos de los campesinos o a otros ocupantes, sin orden ni concierto. Resultado: una gradual saturación de tabicón gris y varillas desnudas oxidadas, coronadas con botellas de PET. El valle de Toluca y su excrecencia urbana es un ejemplo palmario.

En países civilizados, los campesinos viven por lo general en un pueblo compacto y van a trabajar a sus tierras que están en el campo ; ciudades, pueblos, campos y bosques están bien delimitados, no en México donde la interfaz rural-urbana es difusa. Otro factor son las políticas de vivienda del Infonavit que han generado miles de palomares monotemáticos, desperdigados por cerros y milpas en la periferia de las ciudades. Uno más es la ausencia de visión o planeación y de capacidad de regulación territorial por parte de municipios débiles y efímeros, muchas veces corruptos (recordemos que la regulación territorial, constitucionalmente, compete sólo a los municipios, por más absurdo que esto sea).

Sobre este patrón espacial va prevaleciendo en numerosas ciudades, entre ellas la nuestra, una degradación insolente del espacio público:

ambulantaje que se apropia de todo el tejido conector de la ciudad con la tolerancia o connivencia de las autoridades; fetidez de puestos callejeros de comida grasienta; marañas de cableado clandestino de quienes roban la electricidad en la vía pública; proliferación de anuncios espectaculares que secuestran la visual urbana; plazas invadidas por tendajones de facinerosos políticos que orinan, defecan y pintarrajean (como en la Plaza de la República y el Monumento a la Revolución) bajo tutela gubernamental; basura ubicua en calles, plazas, jardines, camellones y centros de transferencia modal de transporte; grafiti vandálico que trae decadencia y hostilidad en el ambiente urbano e invita a la delincuencia; pavimentos fracturados y guarniciones erosionadas en banquetas y andadores; antros y comercios con fachadas desfiguradas de manera estridente y ofensiva; infames toldos comerciales sobre el paso peatonal en las calles; arroyos o ríos pestilentes (como el Magdalena); edificaciones abandonadas y objeto de depredación (como el cine Ópera, el Frontón México y muchos más), y ausencia de arte urbano en diversas expresiones plásticas en el espacio público.

Todo esto último tiene tal vez hondas raíces idiosincrásicas, tal vez tiene que ver con la pobreza, tal vez resulta de nuestra históricamente reciente cultura como habitantes de ciudades o, de manera más simple, tal vez sólo es una falla estrepitosa de gobierno local, vacío de legalidad y Estado de Derecho, así como expresión de dejadez e indiferencia ciudadana. Lo que es claro es que esto debe ser combatido con firmeza como parte de una enérgica política de espacio público en contra de la fealdad y en favor de la belleza urbana.

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