Las banderas y la religión alimentan la inquietud de una población que permanece a merced de las ambiciones de sus políticos. Sobre el derecho internacional poco se habla, e incluso, se le viola con orgullo.

Las banderas y la religión delinean fronteras imaginarias, las más peligrosas porque alimentan el odio.

Israel no logra recobrar su estabilidad política por el largo proceso de debilitamiento que embarga a su primer ministro Benjamín Netanyahu, inmerso en la desconfianza social por estar vinculado a actos de corrupción y, por ende, obcecado en no perder la inmunidad que le otorga el poder. El costo: cuatro elecciones legislativas en dos años y sin nuevo gobierno al día de hoy. El vacío de poder forma ya parte del legado de Netanyahu.

Por el lado palestino, el pulso no puede ser estable cuando Hamás, con las armas sobre la mesa, pero a través de las urnas, gobierna la Franja de Gaza desde 2007. Abbas ha pospuesto la convocatoria de elecciones, en parte, porque los números no le benefician. Hamás tiene mayor intención de voto que el partido Al-Fatah.

En la estela de los últimos cuatro años se observa residuos de anarquía y violación del derecho internacional por parte de la administración Trump al incentivar la colonización de territorios de parte de Israel.

En el utópico escenario para unos, distópico para otros, donde las banderas y la religión no existieran, lo que se ha visto en décadas y, en particular, desde la semana pasada, sería diferente.

El epicentro que ha despertado el odio en ambas partes en las últimas horas está en la mezquita Al-Aqsa, ubicada en Jerusalén Este, zona sagrada para judíos (Muro de las lamentaciones), cristianos (Santo sepulcro) y musulmanes (la propia Al-Aqsa).

El lunes por la mañana la policía de Netanyahu desalojó de manera violenta la mezquita Al-Aqsa dejando un saldo de heridos por 520 palestinos y 20 policías israelíes, acción que representó una oportunidad para Hamás de lanzar un absurdo ultimátum sabiendo que Israel no lo iba a cumplir: desalojar la Explanada de las Mezquitas y dar un paso atrás en la ocupación del barrio de Sheikh Jarrah.

Se trataba del día de la Marcha de la Bandera, conmemoración de Israel sobre la recuperación de una parte de Jerusalén durante la Guerra de los Seis Días. El desfile de banderas como un acto de provocación; traducción de los palestinos.

Da la sensación que el tiempo se ha detenido en varias regiones del mundo. La que ubica el conflicto entre Israel y Palestina es una de ellas.

Entre las asignaturas pendientes del presidente Joe Biden destaca el tema del conflicto entre Israel y Palestina. Rompiendo la consistencia que ha dejado ver en su estrategia de gobierno, que ha consistido en poner tierra de por medio con las decisiones de Trump, Biden se mostró equidistante en la reunión urgente del lunes en el Consejo de Seguridad.

Es tiempo que arregle el desorden que operó Jared Kushner, el aprendiz de diplomacia que llegó del brazo de su suegro para manejar las relaciones con México, Israel y Arabia Saudita.

La ONU se hace pequeña frente al conflicto pese a que mantiene su posición de considerar como ilegales los asentamientos israelíes en territorios palestinos. Se trata de una violación al derecho internacional de acuerdo a la resolución 2334 del Consejo de Seguridad.

En la actualidad existen unos 240 asentamientos y unos 650,000 colonos israelíes en Jerusalén Este y Cisjordania.

Las banderas y la religión también se han asentado en territorio político. Sin liderazgos, hacen de las suyas.

Antes de la pandemia, era común observar afuera de los estadios de futbol a miembros de tribus ondear banderas. Soldados héroes de una imaginaria batalla. La Marcha de la Bandera es todo menos una celebración de una victoria.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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