En mayo del 2007, la familia McCann y algunos de sus amigos, pasaban sus vacaciones en Playa de Luz, una pequeña ciudad turística de la región del Algarve en la costa portuguesa. Ocupaban varias habitaciones en un centro vacacional, donde por las noches, los padres cenaban en el pequeño bar de tapas frente a la alberca. Como los niños ya dormían, los padres se turnaban cada cierto tiempo para darles una vuelta.

En la noche del tres de mayo, al realizar su ronda, Kate McCann, descubrió la cama vacía de su hija Madeleine. La ventana de la habitación estaba abierta. Kate corrió en busca de su marido y amigos. Empezaba uno de los casos misteriosos más sonados y seguidos por miles de personas en todo el mundo.

La policía portuguesa reaccionó con lentitud, la dificultad para comunicarse en inglés con los padres complicó las cosas. Se emprendió una búsqueda. Los vecinos participaron. Los medios fueron alertados, y pronto, periódicos y televisoras de todo Europa acampaban frente al hotel. Ante la desesperación de los padres, el gobierno británico presionó al portugués, el lusitano a su policía judicial y a sus policías que empezaron a buscar culpables.

El caso de desaparición tuvo seguimiento diario en los escandalosos tabloides británicos y fue uno de los primeros que explotó en las incipientes redes sociales. Con la información disponible, muchos internautas elaboraron hipótesis y teorías de conspiración. Mientras los padres eran silenciados por la ley portuguesa que prohibe discutir una investigación en curso, los medios llenaban el vacío con todo tipo de acusaciones. Especialmente cuando la policía local empezó a nombrar personas como arguido (estatus oficial de “sospechoso”).

Después de un tiempo, el detective a cargo del caso fue cesado, y escribió un oportunista best-seller con su propia versión del caso (hasta una película serie-B se basó en el libro). La investigación pasó por la policía local, agencias de detectives de España, EEUU y el Reino Unido, por la Interpol, Scotland Yard y por organismos internacionales. Valiéndose de todo tipo de recursos conforme adelantos tecnológicos abrían nuevas puertas de investigación.

Dieciséis años después, aún no se sabe con certeza qué pasó con Madeleine McCann. Aunque basta darse una vuelta por algunos foros de Internet para comprobar que sus usuarios tienen opiniones muy concretas sobre lo sucedido esa noche. El rostro de la pequeña tapizó encabezados y noticieros televisivos por mucho tiempo, volviéndose lo que el Daily Telegraph llamó “el caso de desaparición más reportado de la historia moderna”.

No sólo es el caso más reportado, es también uno de los más polémicos. De acuerdo al escritor irlandés Eilis O’Hanlon, la desaparición “se volvió casi una metáfora del surgimiento de las redes sociales como el modelo predominante del discurso público”.

En la naciente plataforma de Twitter se juzgó con crueldad a los McCann’s. Uno de los hashtags que surgieron en la época tenía, una década después, todavía 100 tuits por hora, de acuerdo a la investigación “Online trolling: The case of Madeleine McCann” escrito por John Synnott, Andrea Coulias y Maria Loannou del Centro Internacional de Investigación Psicológica de la Universidad de Huddersfield. El reporte estudió y analizó los comportamientos y estrategias de un grupo de trolls que más tarde se conoció como los anti-McCanns. La investigación siguió su formación, sustento, uso lingüístico y la manera en que se creó su identidad y propagó su contenido abusivo.

La desaparición de Madeleine McCann es un documental con ocho episodios, producido por Netflix en Europa. Un seguimiento puntual y detallado del caso, desde 2007 hasta la fecha, con cientos de videos, entrevistas, reconstrucciones y material original. 

Un documental que se presume costó más de un millón de libras esterlinas por episodio y que ha generado su propia polémica. Principalmente porque dio voz a muchas de las teorías especulativas y conspiratorias. Una de las razones por las que los padres se negaron a participar directamente con la producción. Aunque a decir verdad, los ocho episodios relatan de forma bastante balanceada el desarrollo del caso como se fue dando día tras día.

Más allá de la curiosidad (o el morbo) que pudiera acercarnos a ver el documental, hay que decir que su precisa reconstrucción nos permite conocer los pormenores del caso, y la lucha conmovedora de una familia por salir adelante frente a una situación que rebasaría a cualquiera. También nos invita a observar la manera en que este tipo de casos se juzgan social y mediáticamente en nuestro tiempo. Supone además, una lección obligada para todos los padres con hijos pequeños. Particularmente aquellos que creen vivir en una burbuja (de inocencia y negación por partes iguales) que supone que las cosas terribles del mundo no existen mientras sólo les sucedan a los demás.

Twitter @rgarciamainou

RicardoGarcía Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).