Amamos las hamburguesas. Y el pollo frito, las barbacoas, asados, estofados, tacos y cualquier otra presentación de proteína de origen animal, incluidos los huevos, la leche y todos sus derivados: más del 90% del mundo en general consume carne de manera regular, aunque la proporción es aún más alta en países occidentales y desarrollados (en la India alrededor de la tercera parte de la población se considera vegetariana). Durante los últimos cien años hemos dedicado cada vez más recursos a la tarea de criar, matar y comer animales, con las previsibles consecuencias en nuestra salud, pero sobre todo, para la salud del planeta.

Medir las consecuencias del consumo desmesurado de carne sobre la salud del cuerpo humano es una tarea que ha probado ser dificilísima. Con cientos de estudios contradiciéndose unos a otros, los pocos metaestudios al respecto sólo parecen concluir una cosa: el riesgo de enfermedades coronarias y vasculares, cáncer y diabetes aumentan proporcionalmente al consumo de carne (especialmente carnes rojas) y sus derivados. Pero los efectos que la crianza de estos miles de millones de animales producen en los ecosistemas de la Tierra es fácilmente visible, y comprobable.

El problema no son los animales en sí tanto como lo es el espacio que se necesita para alimentarlos y cuidarlos hasta que alcanzan la madurez apta para sacrificarlos. Más del 80% de toda la tierra cultivable en el planeta se nos va enteramente en la producción de carne y alimentos para ganado, principalmente maíz y pasturas, y usualmente es tierra que hemos reclamado de bosques, selvas, humedales y otros hábitats que se ven literalmente borrados de la faz de la Tierra para convertirlos en campos y pastizales.

De todo el suministro global de agua dulce, entre un 28 y un 30% se utiliza anualmente en la crianza de animales y actividades relacionadas; esta cifra aumenta cuando nos referimos a países como Estados Unidos, Argentina o Brasil, con economías inclinadas más hacia la producción de carne roja. Dado que los animales son, no olvidemos, seres vivos, la mayor parte de estos recursos se utilizan simplemente en mantenerlos con vida; según la UNESCO producir un solo kilogramo de carne de res consume aproximadamente 25 kilos de grano y unos 15,000 litros de agua.

Los productos de origen animal necesitan toneladas de alimento y suplementos (fertilizantes, antibióticos, combustibles, etc.) pero no representan ni el 20% de la ingesta calórica diaria. Según estudios, podríamos alimentar un 50% más de la actual población del planeta si en lugar de cultivar alimentos para los animales nos los comiéramos nosotros. Además, se estima que un 15% de los gases de efecto invernadero producidos en el planeta proceden de la producción de carne y derivados, más o menos lo mismo que todos los medios de transporte del mundo combinados.

La crianza de animales para consumo se ha vuelto un verdadero agujero negro de recursos, lo que a su vez ha contribuido en gran medida a la disparidad de la distribución de la riqueza en el mundo, matando de hambre a miles de personas para dar de comer carne a otras. Además, para quien quiera considerarlo, la industria de la carne descansa sobre un recurso bastante discutible: animales vivos. A nivel cultural es un hecho más que asimilado que los humanos tenemos derecho a sacrificar todos los animales que queramos bajo la consigna de hacerlo para nuestra supervivencia, y actualmente esto representa unos 200 millones de animales por día.

Todo esto, por desagradable que pueda parecer, es cierto, pero otra cosa también es cierta: la carne es deliciosa, y nos gusta tanto que no volteamos a ver de dónde proviene, sólo nos encanta y nos la comemos. Comer carne no nos vuelve malas personas tanto como no comer carne no nos vuelve buenas personas; lo más congruente que podemos hacer es conocer lo más posible sobre lo que nos llevamos a la boca, y las consecuencias que sobre nosotros y nuestro planeta acarrean.

Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

Lee más de este autor