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Opinión

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Guatemala: crónica de un mundo viejo

Había visos promisorios. Juristas alrededor del mundo, funcionarios de la ONU y voluntarios de ONGs estaban legítimamente entusiasmados. Después de Videla en Argentina, había otra rara oportunidad de que un ex presidente miembro de los gorilatos latinoamericanos de los 70 y 80 resultara condenado.

El juicio por genocidio y delitos de lesa humanidad contra el dictador Efraín Ríos Montt (que gobernó de facto Guatemala entre 1982 y 1983) logró atraer la atención del mundo entero. A Ríos Montt se le conoce popularmente como Ríos de sangre . Para la gente del pueblo (y para todos los que han investigado al respecto) es claramente responsable. Pero faltaba el juicio penal. Durante 20 días se escucharon los testimonios de las víctimas, algunos de ellos inenarrables. Con cada historia, que pesa sobre la conciencia colectiva no sólo de un país, sino de toda la raza humana, cabía pensar que esos horrores no quedarían impunes.

Pero finalmente un tribunal ordenó hace unos días que el juicio se anulara y que se retraiga el proceso a noviembre de 2011, cuando Ríos Montt tenía inmunidad por ser diputado. Con ello no sólo se alargará el proceso, sino que el ex general podrá salir de su arresto domiciliario. ¿Será que llegaron demasiado lejos las pesquisas?

Los testimonios que se escucharon entre marzo y abril eran conocidos por el informe de la ONU (12 tomos) y el de la Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi), pero ahora las víctimas eran escuchadas en un juicio oficial. Los relatos, lo sabemos, son espeluznantes más allá de toda imaginación. Revelan la inefable capacidad del ser humano de hacer el mal.

Según la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) de la ONU, que presentó sus conclusiones en 1999, en Guatemala hubo 150 mil muertos y 50 mil desaparecidos. 448 aldeas fueron arrasadas, pues se estableció la política sistemática de desarraigo de las comunidades, por lo que los militares quemaban las casas, mataban a los hombres y violaban (también sistemáticamente) a las mujeres. Tan sólo de agosto a diciembre de 1982, según el informe, el ejército llevó a cabo 17 ejecuciones, seis desapariciones forzadas y cuatro masacres contra la población maya, acabando con 107 vidas. No pudo haber sido más que una política de estado, en la que estaban involucrados los más altos mandos.

En realidad, el juicio contra Ríos Montt es un recuerdo de un mundo superado, un tiempo aciago en el que, sin embargo, era mucho más fácil que hoy identificar a un enemigo del pueblo. Guatemala en los 80 no sólo es el epítome de la guerra fría, sino la invocación de un momento histórico cuando los torturadores campeaban y era relativamente sencillo no equivocarse al señalarlos. En el siglo XXI aún quedan vestigios en la vieja izquierda (la de las consignas antiimperialistas y el odio de clase) que quieren ver todo en blanco y negro, pero las cosas quizá nunca volverán a ser tan diáfanas como en aquella Guatemala en 1982, con un despiadado golpista llamado Efraín, apellidado Ríos y apodado sangre .

OTTO PÉREZ MOLINA

Tal vez lo que desencadenó la anulación del juicio fue que, en una de las audiencias, un testigo protegido a quien se nombró Hugo sorprendió a todos al acusar directamente al actual presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, de dar órdenes para matar, torturar e incendiar aldeas en los 80. En ese entonces a Pérez Molina se le conocía como Tito Arias , y el testimonio de Hugo fue contundente: Los soldados que ejecutaban las masacres en el destacamento de Nebaj recibían las órdenes del comandante Tito Arias .

Es cierto que no hay registros de que Pérez Molina estuviera en la zona en esas fechas (aunque también es cierto que los militares destruyeron todo documento incriminatorio en 1985, antes de entregar el poder a los civiles), y que en los momentos del golpe de Ríos Montt no gozaba de todas sus simpatías, por lo que pudo haber estado fuera de las decisiones militares, pero la sola acusación de Hugo desató una tormenta. La oficina de la presidencia se apresuró a decir que la fiscalía había cometido un grave error al permitir las declaraciones de ese testigo.

Prudencio García, quien perteneció a la Comisión de Esclarecimiento Histórico escribía apenas el 29 de marzo, cuando aún pensábamos que el proceso seguiría un curso normal, que Ríos Montt no tenía escapatoria. Se basaba en la parte del derecho internacional que impone responsabilidad a los altos mandos militares de los crímenes que cometan sus tropas. Con ello quedaba sin efecto la argucia legal del ex golpista de que no estaba enterado de lo que pasaba.

García no podía ocultar su alborozo, su esperanza, ante el avance civilizatorio que supondría la condena del genocida: el ver hoy al jefe supremo de quienes cometieron tales actos bajo su mando, sentado ante los jueces y fiscales, y sobre todo ante las familias de quienes fueron mutilados, violados, torturados en las formas más crueles imaginables, esa comparecencia ante la justicia, esa simple imagen nos hace partícipes de una humanidad más digna, menos canallesca, más solidaria y algo menos podrida que lo habitual . A García no le quedaba duda, pues, que Ríos de sangre sería sentenciado. Pero no contaba con la vuelta al pasado.

EMISARIOS DE OTROS TIEMPOS

Después de señalar al actual presidente como responsable, al testigo protegido Hugo le preguntaron si temía por su vida. Por supuesto que sí , contestó al momento. Conozco rotundamente lo capaces y lo feroces que son para asesinar a cualquier persona estoy seguro de que ellos dos (se refiere a Pérez Molina y a Ríos Montt) no se tientan el alma para torturar y desaparecer personas .

Pero, ¿el pueblo guatemalteco vive en la misma dinámica de violencia que en los 80? ¿O, digamos, a finales de los 90? Recordemos el crimen de 1998 contra el obispo Juan Gerardi, exactamente dos días después de haber terminado su informe sobre las violaciones a los derechos humanos en Guatemala, en el que documentó que el 90% de los asesinatos fueron cometidos por el ejército y apenas un 10% por las fuerzas insurgentes. A Gerardi lo mataron a golpes (le desfiguraron la cara) siguiendo la lógica de violencia extrema que siempre caracterizó a esos represores.

Es claro que Guatemala hoy no está en esa misma espiral violenta, pero los militares siguen conservando mucho poder. El caso del juicio suspendido contra Ríos Montt nos recuerda que el país centroamericano es uno de los que tienen mayores índices de impunidad en el mundo y que su desarrollo institucional está muy lejos que el de las naciones vecinas. Guatemala tiene un analfabetismo alarmante, con 61% de la población (México: 86%; Argentina 97%; Canadá 99%). Su PIB per cápita es de $5,100 dólares por año y habitante, contra $14 mil de Panamá, por ejemplo (México, con 10 veces más población, tiene $14,800).

En nuestro vecino del sur la clase media es sumamente delgada, lo que polariza a la sociedad en unos cuantos ricos y casi todos pobres, justo como en siglos pasados (en países como México, pese a todo lo que se diga, no imaginamos lo que es una nación sin clase media). Eso lo que permite es más marginación y más impunidad. Y sigue habiendo poderes fácticos que tienen gran influencia. Uno de ellos es la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (Avemilgua), que llegó a amenazar a quienes resulten responsables de que los militares que salvaron al país de la amenaza del marxismo vayan a la cárcel.

¿Serán ellos los que ejercieron presión sobre la jueza Carol Flores, quien anuló el juicio? ¿O fue alguien aún más arriba? El episodio nos concierne a todos como especie que busca el ideal de la justicia. Lo dicho: Ríos Montt es el representante de un tiempo histórico en que era mucho, pero mucho más fácil reconocer y señalar a quienes atentaban contra la civilización. Era otro mundo: uno que estaba dividido en buenos y malos . Esos tiempos no van a volver, afortunadamente: ahora hay que hilar fino para discernir qué acciones hacen qué actores, y con cuáles de ellas nos podemos identificar y cuáles otras debemos condenar (excepto quienes no pueden ver en la realidad más que un remedo maniqueo de esos años, y todo lo siguen viendo en blanco y negro).

Pero en el mundo actual, en el que el discernimiento exige un trabajo más acucioso de la inteligencia, en este mundo en que todo aparece confuso y con mil tonalidades de gris, algo al menos ha quedado lamentablemente claro: todo lo que perdimos el día en que un representante de lo más bajo de la civilización quedó libre por un regreso a los enconos del pasado.

APR

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