Hasta 1997, el gobernante de la capital de la República era un puesto más del gabinete federal, por lo que su designación como jefe del Departamento del Distrito Federal (regente) la hacía de manera directa el presidente. El puesto se ejercía con todo el apoyo político y presupuestal de la presidencia, corrupción incluida. Era una pieza más de la monolítica estructura de poder priista. Recordemos algunas características de los regentes: Uruchurtu, como un gobernante férreo y autoritario que condujo a la ciudad con orden a costa de una mano de hierro. Alfonso Martínez Domínguez, como represor por el episodio sangriento del Jueves de Corpus de 1971. Al profesor Hank González se le debe la obra monumental de los ejes viales y un florecimiento de la corrupción. A Ramón Aguirre, por su ineficiencia en el manejo del sismo del 85. Después, Manuel Camacho aprovechó el puesto para ir tejiendo su ambición presidencial. Zedillo nombró a Espinosa Villarreal, quien trató de impulsar una visión urbanística y modernizadora de largo plazo.

A partir de 1997, se da el cambio democratizador de que el gobernante sea elegido. Esto cambió radicalmente las reglas del juego. Antes, los problemas podían solucionarse con recursos apoyados por el Ejecutivo. Ahora, el jefe de Gobierno, con presupuesto propio, tiene que valerse por sí mismo para conseguir otros recursos y apoyos políticos. ¿Cómo? Mediante mecanismos complejos de clientelismo y compra de grupos de apoyo. Esto lo entendió muy bien el PRD quien desde 1997 ha gobernado la CDMX. Gobernar vía clientelismo básicamente ha resultado en el desastre y deterioro que ha sido la vida en esta ciudad desde hace más de 20 años.

Lo que se requiere para solucionar los grandes problemas como criminalidad, narcomenudeo, tráfico, contaminación y agua es tener un verdadero administrador como gobernante, sin aspiraciones políticas inmediatas, para así desmantelar la base clientelar como sustento político para gobernar. Pero las perspectivas no son muy halagüeñas. Morena, con Sheinbaum, lleva una amplia ventaja en las encuestas y su estilo señala a perpetuar los vicios del perredismo. Barrales, con el apoyo del Frente, podría representar una mejor opción. De plano, Mikel Arriola del PRI no tiene nada que hacer en esta contienda. No conoce la problemática de la ciudad, apuesto a que jamás ha puesto un pie en Iztapalapa, Tepito o Tláhuac. Pero lo más preocupante es su plataforma conservadora de supuestos “valores familiares”. Denota intolerancia y falta de respeto hacia las mujeres y la libertad en las preferencias sexuales. En la CDMX es un orgullo la diversidad, así que el medieval de Mikel está fuera de lugar. Seguramente, hundirá más al PRI. Si a ello se agrega una muy probable derrota en la elección presidencial, en las restantes ocho gubernaturas en disputa y una presencia menor en el Congreso, el PRI estará aniquilado. La mala noticia es que sus partidarios se refugiarán en Morena y, si este último gana la presidencial, será el nuevo “partido de Estado”. Morena será el “nuevo PRI”. ¡Qué futuro!