La burocracia aún no empieza a desempacar los trajes de baño y a recoger las corbatas de la tintorería, pero la clase empresarial organizada ya anda pidiendo, de nueva cuenta, estímulos fiscales. En sus fríos y sesudos cálculos aseguran que este año la economía crecerá entre 3 y 4%, pero con estímulos podría aumentarse un punto al crecimiento. Sólo ellos saben cómo hicieron sus cálculos o cuáles son las cifras que utilizaron, o de que economía están hablando, ya que en nuestro país, tradicionalmente, los estímulos fiscales no sirven para nada. Los más utilizados en esta región del mundo han sido aquellos pensados para estimular la inversión y para promover la investigación tecnológica, y basta ver los números para darse cuenta de que, aparte de adquirir muebles nuevos para las oficinas ejecutivas, la inversión no crece y el gasto en ciencia y tecnología nunca ha pasado de 0.4% del PIB. De este gasto, por cierto, el gobierno absorbe 90% y el resto lo hacen las empresas; es decir, nadie invierte ni investiga. El otro estímulo que piden es el orientado para despertar al mercado interno, en donde aparte de reducir la tasa del ISR, no se puede hacer más, y es obvio que esto beneficiaría sólo a unos cuantos, los que más ganan, y que no serviría para maldita cosa.

Uno de los enfoques que no han sido explorados en México es el de los impuestos diferenciados, tipo Ramsey, que propuso esto para lograr que los impuestos afecten exactamente a quien la autoridad desea afectar y se obtenga un cambio en ciertos comportamientos de gasto y de consumo que resulten indeseables. Posiblemente no sería mala idea, haciendo caso a Ramsey, diseñar un esquema fiscal que redujera en general la tasa del ISR, elevara la del IVA, la generalizara a todos los productos y aparte complementara los ingresos con impuestos ecológicos, empezando por uno a la gasolina. La ciudad de México y algunas otras se están ahogando en sus emisiones, mientras que la autoridad y los del partido del tucán sólo celebran el registro de mascotas, prohibir el uso de animales en espectáculos circenses y fumar en espacios públicos, como si eso sirviera para algo.

Para empezar, la ventaja es que la petrolera nacional tendría que igualar el precio sin impuestos al precio internacional y luego aplicar un impuesto, lo suficientemente elevado para que desincentivara el uso de automóviles para viajes de una sola persona y los obligara a usar transporte público. Luego dejar que la gente fume en donde le venga en gana, exceptuando quizá los hospitales, pero elevando considerablemente el impuesto al tabaco, y quizá otro impuesto que convendría elevar es aquel aplicado a bebidas alcohólicas y el uso de teléfonos celulares, cuyo abuso causa demasiados accidentes.

Uno de los problemas que puede darle al traste a un esquema como el planteado es el de la economía informal y la corrupción. Entre estos dos males se encargarían de darle la vuelta a las cosas, de tal manera que como ahora, los que pagan son exclusivamente los cautivos y los formales, mientras los demás se ríen en las barbas de todos los demás y, con la corrupción, en pocos meses habría mas agujeros de evasión que cráteres en la luna. Por ello, quizá lo mejor sea mantener el esquema actual, pero con una tasa del IVA más elevada y generalizarla.

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