Después de que un puente se cae, es normal averiguar las causas: ¿Por qué se derrumbó? ¿Qué falló? ¿Fue un problema de diseño? ¿La construcción fue defectuosa? ¿Quiénes son los responsables? A peritos o expertos, ajenos a su diseño y construcción, se solicita un juicio.

Ellos vienen de fuera, son forenses. Dictaminan, como el médico, encargados por la justicia, después de analizar un presunto asesinato.

Lo mismo pasa cuando hay un accidente relacionado con una grúa utilizada en la construcción. O cuando un proyecto espacial se malogra, o un edificio se desploma después de un atentado, o un pozo petrolero se incendia o un trasatlántico se hunde.

De todo lo anterior escribió Henry Petroski en To forgive design (2012).

Un fracaso es un resultado adverso, un suceso inopinado. Ocurre sin haber pensado en ello o sin esperarlo. Pero de las fallas pueden desprenderse lecciones, aprendizajes, nuevos retos.

Acabo de leer el estudio introductorio a un volumen de las obras escogidas de Víctor L. Urquidi: El fracaso de la reforma fiscal de 1961 , de Luis Aboites Aguilar y Mónica Unda Gutiérrez (El Colegio de México, 2011).

Uno de los propósitos del referido estudio es allegar materiales, pistas y datos para armar una hipótesis sobre la reforma tributaria de 1961 .

¿Cuál fue el fracaso? Aboites y Unda afirman: El grupo en el que trabajaba Urquidi fracasó rotundamente. La reforma anhelada por ese grupo nunca pasó de los estudios preliminares.

Su fracaso profesional, como asesor del Secretario de Hacienda y como miembro de dicha comisión tributaria (para elaborar el proyecto de iniciativa de reforma que se presentaría ante el Congreso), no sería tan relevante para nosotros si no formara parte de un fracaso de la nación entera durante el siglo XX.

Ese fracaso -la incapacidad de cobrar impuestos a la manera moderna- es uno de los componentes esenciales del México contemporáneo .

En octubre de 1961, la comisión concluyó los estudios. La decisión definitiva sobre qué tipo de reforma impulsar fue tomada por el secretario Ortiz Mena, quien opinó que ‘no convendría modificar la estructura de la Ley del Impuesto Sobre la Renta, sino incorporarle modificaciones y adiciones que permitieran establecer por etapas la reforma propuesta’ .

Luego leo: Ortiz Mena no creyó que fuera el momento político ‘adecuado’ para reformar el sistema .

El diseño de una reforma tributaria es un asunto técnico, pero su ejecución rebasa ese ámbito. Aboites y Unda dicen: Los impuestos son materia de controversia y conflicto constante, entre otras razones porque a través de ellos puede alterarse la distribución del ingreso.

De ahí que la recaudación de impuestos sea un problema político de primer orden, que obliga a la sociedad y al Estado a llegar a acuerdos para determinar su monto, a quiénes cobrarlo, mediante qué mecanismos y cómo y en qué rubros gastarlo .

Hace casi 40 años, Leopoldo Solís escribió: Es cada vez más difícil llevar a cabo transformaciones profundas en la estructura fiscal.

No obstante, se han efectuado en fecha reciente cinco tentativas de modificación del sistema impositivo, a saber, en los años de 1955, 1962, 1965, 1971 y 1972 .

Al parecer, todavía no sabemos cómo llevar a cabo reformas fiscales profundas.

fnunez@eleconomista.com.mx