En 1924, el secretario de Estado, Robert Lansing, escribió al mandatario Wilson: México es un país extraordinariamente fácil de dominar, basta con controlar a un solo hombre: su presidente . Este tenor de desprecio del fuerte hacia el débil ha caracterizado las relaciones entre ambas naciones. Sin embargo, los ciudadanos de la segunda miran a la norteña con admiración, comedimiento y un tufillo de sumisión, pero no el ciudadano común, sólo el encumbrado en el fácil dinero obtenido de política, negocios y formas más directas y visibles de delincuencia. Tradicional y arraigado deporte, más que el futbol, es enviar fondos al recinto seguro de Estados Unidos. La desconfianza de estos emigrantes dinerarios en su propia nación aumenta la fragilidad de la economía, enorme hemorragia de recursos, ¿habrá alguna estimación de su monto, inversiones de portafolio más las hechas en bienes raíces? ¿Qué ocurriría en ambos lados en el hipotético y descabellado caso de que esos cuantiosos capitales fueran repatriados? Antes muerto que arriesgar mis bienes. No importa que Trump insulte como lo hizo Lansing hace casi 100 años y lo han hecho antes y después muchos blancos altaneros prepotentes. Serán los gringos como sean, harán lo que hagan, pero a mí no me toquen el cocido, dicen nuestros patriotas binacionales.

Las entidades gringas con más mexicanos propietarios de inmuebles son California y Texas, pero andan por todas partes, desde Nueva York los cresos hasta Isla del Padre los de medio pelo. México disputa con China, Canadá e India el honor de ocupar los primeros lugares en este rubro, con inversión total estimada en 50,000 millones de dólares. La cifra sigue creciendo a pesar de la pobreza del país y su estancamiento económico, lo cual revela cómo se profundiza la desigualdad.

El mexicano enano, parafraseo a Óscar Monroy, se ufana de sus pertenencias en Estados Unidos. En un desayuno de amigos, un conocido, ricachón, ambidiestro, fuente privada y fuente pública, relató que había construido una recámara extra en su depa de Vail, con espléndida vista a la montaña, y que por este solo hecho el valor de su morada en el otro lado había subido de 4 a 5 millones de dólares. Aparte, vanidad. La vanidad siempre denota estupidez.

Así se las gastan nuestros sacadólares producto de las rentas que sin mayor esfuerzo obtienen aquí.

La cualidad de Malinche no nos deja a pesar de todos los pesares.

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