La situación nacional y mundial de este inicio del 2017 ha sido para todos, por decir lo menos, incierta y tensa. Decir que el alza de las gasolinas afecta sólo a los que usan carro es como decir que el precio del dólar no nos afecta porque estamos en México y la moneda es el peso. Tan afecta todo, que la seguridad alimentaria y la salud de millones de personas pueden verse comprometidas.

Me explico: en su ya tan infame discurso a propósito del gasolinazo (infame y generador inagotable de memes), el señor presidente, o quien le redacta los discursos, utiliza argumentos de una lógica tan falible como manejar en carretera un carro sin frenos.

Mantener los precios artificiales de la gasolina significaría quitarle recursos a los mexicanos más pobres para dárselos a los que más tienen. Los datos duros hablan por sí solos: 60 millones de mexicanos, los de menores ingresos, sólo consumen 15% de la gasolina, mientras que 12 millones, 10% de la población de mayores ingresos, consume 40% de la gasolina .

Resulta inverosímil que a estas alturas se le tenga que explicar al presidente que el gasolinazo impacta en muchas esferas económicas y sociales, no concierne sólo a quienes compran gasolina. Sí, señor presidente, la comida y bebida de viajes en el avión presidencial que genera gastos documentados de hasta 47,000 pesos por persona, también se ve afectada por el incremento de la gasolina. No crea que nada más será más caro llenar el tanque de esos 12 millones de mayores ingresos que menciona usted. En materia de seguridad alimentaria, está más que demostrado que mientras suba el precio del petróleo, se afecta a los cultivos y la producción de alimentos. Mientras no tengamos energía barata (o hasta que se nos acabe), estamos forzados a rediseñar nuestra economía alimentaria de acuerdo a lo que es, un sistema que depende, inevitablemente, de otros sistemas.

El reto de la seguridad alimentaria es que depende de muchos factores, entre ellos el incremento de la gasolina (para producir, transportar, distribuir y hacer llegar al consumidor final un producto, no importa si es fresco o procesado). Todo esto aunado al cambio climático, la escasez de agua, la urbanización descontrolada, resulta una amenaza directa a los usos de alimentación y por ende, a la salud.

Está bien documentado por investigaciones que cuando cambian relativamente poco los precios, las decisiones de consumo permanecen más o menos estables, a menos de que haya un aumento sustancial. En el caso de la comida, debe existir un aumento importante para que las personas cambien su ingestión diaria. La psicología social nos dice además que mientras existan estos incrementos, los consumidores de clase media optan por otros alimentos que en teoría hubieran rechazado, como aquellos que son más costosos y menos sanos. Por más paradójico que esto pueda sonar, así es como funcionamos ante la sensación de crisis, no sólo en México, sino en muchos países. Después, eventualmente los precios siguen subiendo y las personas optan por alimentos que requieren de menos petróleo para producirse, transportarse, conservarse y almacenarse ¿y cuáles son estos alimentos? Lo adivinó bien, no son los más frescos, ni los menos procesados ni los más perecederos, por lo tanto, los menos recomendados para lograr los requerimientos nutricionales.

De por sí, estamos como estamos, y con esto, ¿cree usted que el mal estado de salud y nutrición de la población es un problema que compete solamente al individuo negligente de su condición, de lo que come y deja de comer? La falta de austeridad en los gastos de gobierno, la mala planeación económica, la corrupción, también se reflejan en el estado de salud de la población. Cuando dejemos de pensar en relaciones simples de causa y efecto, como el gasolinazo que sólo afecta a los que tienen carro porque compran gasolina, empezaremos entonces apenas a despertar como sociedad que entiende que todo sistema tiene partes interrelacionadas, algunas de ellas que sí podemos controlar para mejorar.

Twitter: @Lillie_ML