En momentos en que la incertidumbre se cierne todavía más con la duda acerca de la ratificación del T-MEC en 2020, como tenían previsto muchas empresas, vamos a hacer unas reflexiones en torno a la figura del empresario, precisamente desde la óptima de la necesidad de que éste cuente con esperanza, lo cual forma parte de su esencia, siguiendo otra vez a Leonardo Polo, autor al que nos hemos estado refiriendo en últimas colaboraciones.

¿Puede ser el empresario considerar que su misión es la voluntad de poder, o más modestamente exclusivamente el éxito económico? ¿Puede considerar que sus únicos recursos son los suyos, en momentos en que el país le pide que sea más solidario hacia los demás? ¿Es correcto -a pesar de las leyes de competencia que existen en nuestro país que todos los demás son sus adversarios? Este pseudoempresario se vuelve un ser peninsular, rodeado por nadie por todas partes menos por una: él mismo. Nihilismo puro.

¿Podría ser esa la imagen del empresario? ¿Puede un empresario ser así? No. Un empresario es un hombre que existe en la esperanza. Es empresario en la medida en que acepta todos los elementos que hacen de la empresa una misión, una tarea, un proyecto. De lo contrario es un puro especulador o un capitalista a la antigua (Aquí convendría un examen de conciencia: ¿Qué les faltó a los empresarios mexicanos que se manifestó en parte en un desdén por su figura en las elecciones de 2018?). ¿Un empresario puede ser individualista? Si así lo es, su voluntad se abre a la auténtica nada. ¿Por qué se funda una empresa? Por propia iniciativa. Pero el propósito de crearla es nihilista si no busca el acuerdo con la voluntad de otros.

Si no me ha hecho nadie, si no le debo nada a nadie, tampoco nadie me ha encargado un proyecto. Si no existe la contestación a mi actuación, el empresario no sabe a qué atenerse en última instancia, pues carece del criterio crítico de ante quién responde. Momentos de preguntarse la responsabilidad social como esencia del empresario y no como adorno estético o táctica publicitaria.

Eso no quiere decir que la empresa no debe perseguir un beneficio económico. De otro modo, sería absurdo. El empresario no convoca mano de obra extraña. Sus recursos no son sólo -como pretende la Escuela Austríaca y  en libros panfletarios Luis Pazos- la propia astucia, el propio cálculo. ¿En quién debe confiar? ¿En nadie? Los otros, meros imputs, son la mano de obra, los competidores y el Estado, que ahora además tiene un mayor matiz intervencionista, para mayor desventura de ese empresario estepario.

Por eso, el empresario que enfoca de este modo su tarea, se encuentra rodeado por la nada, como Nietzsche. La misión del empresario es beneficiosa y fructífera, se halla comprometida en una crisis del entorno que la inhibe, pero que espera para realizarla. La economía no es, como según Smith, un juego social de resultante cero salvado por “la mano invisible”. La “mano invisible” es el recurso a la utopía, como la 4T, no le ayuda que se integre a su misión, sino una providencia impersonal, como las leyes físicas y el modelo físico de Newton. Pero si la empresa es mera voluntad de poder es trascendida.

En resumen, el hombre que asume las grandes virtualidades de la tradición occidental emprende una tarea esperanzada. La integridad de la esperanza descansa en un llamado, en una misión, en un proyecto, pues la esperanza es una iniciativa personal del empresario que la emprende, no resultado de una voluntad ciega, de un ser impersonal.

Si no analizamos y emprendemos esa llamada desde la esperanza, ante un contexto medio negro y con una iniciativa empresarial que no corresponda al empresario a la altura de estos tiempos, entonces sí, como decía Luis XVI, después o durante la 4T será el diluvio. Pero no tiene por qué ser así; negarlo es negar la esencia de ser empresario -al empresario le mueve una tarea esperanzada, aunque incluya riesgos-, y en estos momentos, nuestros empresarios deben estar a  la altura de los tiempos; no moverse por afanes ruines de voluntad de poder o de mero individualismo; de no ser una persona con la virtud de la esperanza, el empresario sería el lobo del hombre, como decía Hobbes, de los demás hombres  lobos mexicanos, que lastimosamente ahora abundan, como se ve en la escalada de violencia que azota al país.

Másster y Doctor en Derecho de la competencia, Profesor Investigador de la Facultad de Negocios de la Universidad DeLaSalle Bajío y miembro nivel I del Sistema Nacional de Investigadores Nivel I.