La primera línea del primer argumento específico de la exposición de motivos de la reforma constitucional en materia eléctrica tuvo que haber sido redactada de forma deliberada. Estamos ante un documento que este gobierno, que se desvive por ilustrar su obsesión con la historia y sus transformaciones, seguramente considera histórico y transformador. Así que la asignación del protagonista de esa primera línea no es cualquier cosa.

Y no, no fue el pueblo de México. Por supuesto que tampoco fue el medio ambiente, el contribuyente mexicano ni ningún tipo de consumidor de electricidad. Ni siquiera la Comisión Federal de Electricidad (CFE) se ganó esa distinción. El protagonista aquí fue el “Director de la CFE”, así con mayúscula.

Qué difícil ser él, se argumenta desde ese arranque. Ahí se reconoce que tiene a su cargo monopólico las redes de transmisión y distribución de electricidad del país. Pero no le parecen poderes suficientes. El Director percibe a sus propias subsidiarias de transmisión y distribución demasiado “autónomas”. Además, esto si calienta, “están sometidas a disposiciones de la Comisión Reguladora de Energía y al Centro Nacional de Control de Energía”. El Director no determina las tarifas, ni puede decidir por si sólo quién se interconecta y dónde. Por más que controle al CENACE o, vía la secretaria Nahle, a la CRE, luego argumentan que tienen normas y disposiciones que seguir. ¿Se imaginan la impotencia?

Apenas tres párrafos después, continúa: “…(E)l Director de la CFE tiene la responsabilidad de rendir cuentas de cada subsidiaria sin controlar su administración. Inextricable situación ante los órganos de fiscalización externos e internos de la CFE”. ¿Inextricable?

El resto de las secciones no tienen descaradamente como protagonista explícito al Director, sus problemas y frustraciones. Pero la línea narrativa es consistente. No se equivoquen: aquí no hay falta de logros y avances, sino de poderes y facultades.

El problema en el despacho eléctrico no es que la CFE genere energía cara que no le permite competir, sino que su Director no asigna el despacho directamente. El problema no es que la CFE no ha podido construir ni una nueva planta de energía renovable, sino que su Director no puede recibir certificados para nuevas energías limpias en sus hidroeléctricas viejas. El problema no es que la red de transmisión y distribución no se han ampliado y modernizado, sino que el Director de la CFE no tiene facultades para impedir el acceso de electrones eólicos y solares, autoabastecidos y no, que le ganan en costos. El problema no es tanto que haya negocios eléctricos privados –por ahí hay algunos notorios en esta Administración. El problema es que al resto nadie los ha formado para que el Director actual los autorice. El problema no es que haya una transición energética. El problema es que no es suya.

La reforma, un documento que hay que reconocer que tiene sus prioridades muy claras, resuelve todos estas “inextricables situaciones”. Desafortunadamente no soluciona nada de las tarifas eléctricas –que, si no quieren que suban con el incremento de costos que viene, van a requerir más y más subsidios. Tampoco plantea la expansión de la red eléctrica, ni su modernización. No abona, en nada, a la lucha contra el cambio climático. De hecho, vuelve a México uno de los antagonistas más notorios de este esfuerzo global, cerrando el paso a las renovables para darle manga ancha al combustóleo y el carbón.

Pero vean el lado positivo. Si el PRI suma sus votos a la iniciativa, al director de la CFE, Manuel Bartlett, nunca más nadie le podrá decir que no se puede hacer algo que él quiera hacer.

@pzarater

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

Lee más de este autor