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Opinión

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El calendario escolar, la oportunidad del cambio

Enrique Campos Suárez

Hay una gran oportunidad de propiciar cambios profundos e importantes, ahora que hay una gran receptividad y solidaridad social ante la crisis sanitaria.

No se trata de usar la influenza para generalizar el IVA, sino de impulsar cambios que mejoren muchos aspectos relacionados con la salud.

Por ejemplo, en el calendario escolar. Hoy están suspendidas las clases para prevenir contagios de un virus que tiene que luchar contra el calor de la temporada. Pero, ¿qué sucedería si una infección similar se presentara en la temporada de frío? Seguro que las consecuencias serían infinitamente mayores, porque hay mayor vulnerabilidad a las enfermedades respiratorias durante el invierno.

Por eso, ante la evidencia de lo vulnerables que somos y sobre todo los niños, es momento de plantear un cambio en el calendario escolar. Actualmente, las clases inician a finales de agosto, tras un periodo vacacional de seis semanas en el verano. Lo más conveniente sería que el ciclo escolar finalizara junto con el año, para que las vacaciones largas se dieran en invierno, que es una temporada de mayor riesgo sanitario.

Durante el verano podrían pararse actividades un par de semanas, de manera que el calendario escolar respetaría los 200 días de actividad.

Así como los sismos de 1985 llevaron a las autoridades a tomar medidas estructurales, como los reglamentos de construcción. Así, la contingencia sanitaria debería llevar a los gobiernos, a los legisladores, a tomar medidas que aminoren los riesgos. Ésta puede ser una de ellas.

La primera piedra

En nombre de la emergencia se están tomando medidas radicales. Algunas de ellas totalmente innecesarias, equivocadas y contraproducentes.

La decisión de cerrar los restaurantes de la ciudad de México suena, sin duda, al nombre de la campaña del gobierno de Marcelo Ebrard: Alerta Máxima. Sin embargo, sus efectos pueden resultar contrarios a la intensión inicial de contener el virus.

Hay un claro afán de presentar al gobierno de la ciudad de México como independiente y proactivo. Como claramente más avanzado en la toma de decisiones. Vamos, hay un innegable uso político del tema.

Los datos son contundentes: se han repartido 5 millones de folletos con el logotipo de la Ciudad en Movimiento de Ebrard, y menos de 1 millón de tapabocas.

Otra evidencia está en la omnipresencia del Jefe de Gobierno en cualquier acto relacionado con la emergencia: en todas las conferencias de la autoridad sanitaria, está Marcelo. En el reparto de los primeros tapabocas, estuvo Marcelo. Quien acapara las entrevistas sobre la situación de la ciudad es, sí, Marcelo.

Ayer, el gobierno de la ciudad de México tomó una decisión radical. Tan radical como se lo permite la emergencia: cerrar todos los restaurantes establecidos de la capital. Está claro que la prioridad es evitar las concentraciones humanas para evitar contagios. Pero cerrar estos establecimientos es irracional y puede derivar en un problema adicional.

Ayer fue el día de los ambulantes. Los vendedores de tacos y tortas en los insalubres puestos callejeros vendieron como si no hubiera crisis. Cerca de 10 o 15 personas se arremolinaban frente al puesto, compartían la cuchara de la salsa y el salero. Otros tomaban a la hora de la comida los jugos exprimidos por la mañana y expuestos todo el día.

El Gobierno del Distrito Federal se equivocó, quiso tomar una medida de vanguardia, adelantarse al gobierno de la República. Y lo que logró fue afectar a un sector, como el restaurantero, que ya tenía una larga lista de golpes económicos en su historia reciente.

Pero, sobre todo, afectó a los ciudadanos. Porque los ambulantes no han sido molestados ni con el pétalo de una emergencia. ¿Será que hay quien ve más cerca las elecciones que las infecciones?

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