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Opinión

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Dos Gabrielas

El vigésimo programa de la Filarmónica de la Ciudad de México, primero de su temporada otoñal, fue de las dos Gabrielas: Ortiz, la compositora, y Jiménez, la percusionista.

Zócalo-Tropical, concierto para flauta, percusiones y orquesta, deparó nueva ocasión de asombro a quienes ya lo conocíamos. Comprobamos asimismo que esta partitura, nacida originalmente para violín coprotagonista con el nombre de Zócalo-Bastilla, gana con la flauta en enjundia (jícamo, diría ella) y expresividad.

La otra Gabriela tuvo la tarde del sábado en el Ollin Yoliztli una participación que la confirma como la mejor percusionista que ha dado el México contemporáneo.

A su cargo estuvieron desde la marimba con que se inicia Zócalo-Tropical, hasta tambores, vibráfono, cencerros y gongs afinados.

La participación solista de Alejandro Escuer en la flauta estuvo a la altura. Fue notable la cadenza para los dos solistas.

Bajo la dirección del huésped Jesús Medina, el programa se inició con el estreno mundial de Acuarela mexicana, de Gerardo Meza, en la que resuenan ecos de sones y huapangos que desembocan en una festiva cita de la Bamba.

Después del intermedio, escuchamos Pacífico, de Eduardo Angulo, estupenda partitura con evocaciones marinas y fanfarrias; una versión tropical y muy a la mexicana de El mar, de Debussy.

Luego vendría el delicioso Jarabe, de Eduardo Gamboa, y el concierto concluiría con la omnipresente Sones de mariachi, de Blas Galindo, obra merecedora de, cuando menos, un año sabático.

Tras una interpretación de la que no podrían sentirse muy orgullosos, dieron de encore un fragmento de Sones, todo un anticlímax.

Con mayor creatividad, Jesús Medina pudo haber escogido, citemos por caso, el trepidante mambo Mercado Garmendia , de Eduardo Gamboa.

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