Una de las instituciones multilaterales que ha estado investigado el impacto del Covid-19 en América Latina ha sido el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Por medio de foros virtuales, columnas en medios y la publicación de estudios hemos podido observar cómo los distintos segmentos de la economía han sido impactados por la presente pandemia. 

Precisamente en uno de sus recientes estudios, “Oportunidades para un mayor crecimiento sostenible tras la pandemia”, se identifican acciones que permitirán potenciar el desarrollo de la región en los próximos años. Aunque el texto es abarcador en su temática, es interesante observar que las pocas referencias al mundo digital siempre apuntan para el mismo lado: una transformación digital transversal que permita mayor transparencia en el uso de información y haga más eficientes los procesos de producción.  

Obviamente, ello texto lo dice de forma más sencilla y directa. Entre los mensajes del estudio hay uno que a estas alturas parece evidente, el crecimiento en la utilización de plataformas digitales y el impulso a la innovación de modelos de negocio tradicionales para incorporar estas plataformas. Para más de una persona encontrar precios de vegetales, carne o tortillas por WhatsApp o mensaje de texto no debe ser sorpresa. Tampoco los pedidos a domicilio utilizando estas alternativas, la creatividad ha llevado a digitalizar forzadamente y con diversos niveles de sofisticación a la actividad económica. No obstante, en aquellos segmentos formales donde la gran huella de las gigantescas plataformas comerciales se hace presente el BID identifica que apenas Argentina, Chile y Ecuador imponen impuestos a estas empresas. 

No obstante, por medio de pedidos apuntando a la implantación de sistemas discales digitales que permitan mejorar la recaudación de impuestos, la digitalización de los servicios de infraestructura para atender las demandas de este sector de manera más rápida y la utilización de medidores inteligentes de energía para ser más eficientes en su consumo son apenas algunas de las sugerencias de este informe.  

El informe continúa hablando de la transformación digital sin mencionarla, por ejemplo, resaltando la labor de los sensores digitales que permitan controlar desde aparatos electrodomésticos hasta la presión del agua. En otras palabras, muchas de las grandes oportunidades del mundo después del Covid-19 se centran en la digitalización del mundo que nos rodea pues esto podría redundar en un mayor crecimiento de la economía.  

Muchos no verán en estas palabras nada nuevo. Pensarán que es otro informe que nos narra algo que venimos escuchando hace varias décadas: que las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) existentes en un mercado al ser integradas a políticas públicas dirigidas a fomentar el desarrollo económico aceleran la obtención de resultados deseados. Ante esta situación, ¿por qué publicar otro estudio sobre el mismo tema? 

La respuesta es sencilla: la gran mayoría de los gobiernos de América Latina y el Caribe no integran a las TIC en sus procesos internos y no han formulado planes para integrarlas a los segmentos de la economía. No se han dado incentivos para que comience la evolución hacia una digitalización de los servicios públicos, ni se ha desarrollado una estrategia para potenciar los beneficios de las TIC en segmentos como la educación, salud y seguridad.  

Sin embargo, es imposible aspirar a los beneficios de la llamada transformación digital si no existe una agenda digital nacional que busque la modernización de la infraestructura de telecomunicaciones por medio de incentivos y políticas que fomenten la inversión tanto pública como privada. La agenda nacional no debe detenerse en los activos tangibles y mirar más allá de la infraestructura. Hay que desarrollar planes que integren el mundo digital en la educación para enseñar las destrezas que se van a necesitar en un mundo digitalizado.  

La falta de una agenda digital por parte de países como México no significa que la digitalización no se dará. Simplemente que se adoptará tarde, poniendo en desventaja al país frente a sus competidores comerciales y a la población al producir escasez en el número de profesionales capacitados para atender las necesidades que surgen gracias a la transformación digital. Así como la digitalización de procesos traerá crecimiento económico, no prepararse para la economía 4.0 podría incrementar el número de personas desempleadas sino se reformulan los esfuerzos de enseñanza para jóvenes y de reentrenamiento para trabajadores con experiencia que buscan mejorar su calidad de vida con un trabajo técnico.  

El informe del BID es claro, hay que establecer estrategias de largo plazo para mejorar la calidad de vida de la población. Mi preocupación es que en estos momentos en América Latina este desarrollo se va dando de forma asimétrica con países como Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay mostrándose mejor encarrilados que el resto de sus vecinos. Sobre todo, mucho más adelantados en temas de inclusión digital y reducción de la brecha digital que la segunda economía más importante de la región: México.  

Hay que definir una estrategia de transformación digital para México que sea realista, con metas claras y componentes variados pues aparte de la cobertura se necesita accesibilidad. Lo último recordando que la gran diferencia entre acceso y uso de TIC dependerá grandemente del poder adquisitivo de las personas. Una transformación digital inclusiva precisa de una reducción en pobreza. Por ahora, en este renglón México durante el Covid-19 ha sacado las peores calificaciones de la región según un estudio de CEPAL.  

No es tarde para comenzar a impulsar la transformación digital inclusiva, falta liderazgo, menos excusas y mayor compromiso con el país.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.

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