Alberto J. Pani, titular de varias secretarías de Estado —la última, Hacienda— entre 1917 y 1933, publica en 1948 el libro Una encuesta sobre la cuestión democrática en México. Alrededor de 60 compatriotas notables responden a su iniciativa y cada uno redacta varias cuartillas sobre el tema, entre ellos Miguel Alessio Robles, Jorge Vera Estañol, Luis Garrido, Luis Cabrera, Salvador Azuela, Francisco Zamora, Antonio Manero y Nemesio García Naranjo. Un alegato de Pani es que el gobierno no puede ni debe ser juez y parte en el proceso electoral, vicio que termina en 1990 con la creación del Instituto Federal Electoral, erigido con el ánimo de dar certeza, transparencia y legalidad a las elecciones federales. Mas no basta. En el entramado de la política nacional, hay características que favorecen el autoritarismo centralizador.

Nuestra historia está marcada por esta tendencia mucho más que los alientos liberales y a pesar de la verborrea prodemocracia. La normalidad mexicana es de regímenes de “hombre fuerte”. Siglos de imperio azteca y Virreinato para dar lugar al continuismo tutelar, más o menos cínico, más o menos visible, con sucesores impuestos o tutoreados: santanismo, juarismo, porfirismo, huertismo, carrancismo, callismo, obregonismo y cardenismo, el morbo caciquil con eventuales escarceos democráticos que parecen boqueadas de ahogado.

Ahora tenemos, para confirmar la tradición, nuevo partido oficial —Morena— y, encarnado en el Sr. López Obrador, nuevo huey tlatoani o virrey, cargo después llamado presidente constitucional. Parece que con este individuo México da un paso atrás —¡pasote!— en materia de democracia. Me explico: Una de sus palabras favoritas es “pueblo”. Refiérese, naturalmente, a un sector indefinido, a una entelequia, quizá a quienes votaron por él, pues 47% restante no existe —este porcentaje ha crecido, ¡aguas don López!—, a quien participa en sus famosas consultas. Pero el pueblo es estafado, suplantado, burlado en indagatorias cínicamente amañadas para que el caudillo se salga con la suya y satisfaga sus obsesiones. Suplantación corrupta por fraudulenta. Don Andrés no quiere exponerse a torcer el gesto en público si algo doblega su voluntad. Por eso no practica su engañoso ejercicio sobre el NAIM entre usuarios de transporte aéreo en la capital.

Retrocedemos como sociedad política. ¿Contrapesos? Partidos de oposición en minoría. Asedio a organismos intermedios, sociedad civil y medios de comunicación. ¿Ingenuo pedir a los congresistas que no obren en manada sino con razón y rectitud?

Pablo Aveleyra

Escritor

En lontananza

Estudió la Licenciatura en Economía en el ITAM. Prolífico autor que en sus obras ha abordado temas como la economía, la sociología y las finanzas.