A lo largo de dos semanas las redes sociales han estado desbordadas de denuncias de machismo, acoso y violencia contra las mujeres. Para muchas ésta ha sido una vía para revelar agresiones que habían denunciado sin resultado; para otras, leer los testimonios ha sido un doloroso recordar lo que estaba velado por el trauma; para otras más ha sido el momento de desahogar dolor y rabia. Aunque no se puedan acelerar los procesos sociales y personales, cabe preguntar hoy ¿hacia dónde va el llamado #MeToo mexicano? ¿Qué se busca más allá la denuncia? ¿Cómo pasar del desahogo a una transformación del presente propio y de las demás? Así sea delicado hacerlas, estas preguntas son necesarias, porque la denuncia tiene consecuencias, y la denuncia anónima, aun compilada bajo una cuenta #MeTooGremioX, conlleva una responsabilidad.

En el contexto de polarización generalizada, malestar y agobio por el machismo, el maltrato y la precariedad laboral, es complicado abordar este tema y cuestionar las formas. Por un lado, es preciso dar credibilidad a la agredida, que suele enfrentar la descalificación en el sistema de justicia y en el ámbito laboral. Decir “yo te creo” es validar la voz de la otra, reconocer que lo que ha vivido es posible, sucedió, y darle razón en su denuncia. Por otro lado, cabe cuestionar la acumulación de denuncias anónimas porque, si bien el anonimato protege a muchas víctimas de posibles represalias o les da fuerza para alzar la voz, también es una vía que impide al acusado saber quién lo confronta, cuándo y en qué circunstancia sucedió aquello que volvió miserable la vida de otra persona —sabiéndolo él, sin que le importara, o sin darse cuenta—, y hacerse responsable, reparar el daño, cambiar de conducta, aclarar la situación, o negar el dicho y limpiar su nombre.

Si con la denuncia se busca sólo desahogarse, lo que estamos viviendo entonces es un lamento colectivo o un estallido de rabia que repercutirá —o ya repercute— en los gremios, en las redes de amistades y en la vida de las personas. ¿Implica esto algún tipo de sanación? ¿Puede la denuncia colectiva anónima contribuir a un cambio constructivo? ¿No habría sido más efectivo pasar a la denuncia colectiva pública o formal para exigir reparación y cambio?

Sin duda hay que considerar el trauma y el peso del tabú y de los prejuicios que favorecen la estigmatización y revictimización en una sociedad permeada de machismo que tolera cotidianas y graves formas de violencia contra niñas y mujeres y pone en duda su palabra. Sin embargo, si se trata de ir más allá de la liberación del dolor y del acallamiento, el anonimato masivo daña, no transforma.

Por otro lado, tomar en cuenta al acusado no implica acallar la denuncia, supone asumir la responsabilidad de lo dicho. Con voz propia, muchas así lo han hecho. La denuncia colectiva, organizada, que permite superar la vulnerabilidad de la soledad, es la única herramienta efectiva para lograr un cambio de fondo. Exhibir al patriarcado no lo es todo. Asumir la responsabilidad de la denuncia implica también obligar al sistema a dejar de revictimizar y a responder ante la sociedad: 100 denuncias penales formales podrían iniciar un cambio en el Ministerio Público y una reparación formal del daño; 100 denuncias anónimas sirven para destruir prestigios, sembrar sospechas y romper redes de confianza que en muchos ámbitos son precarias y necesarias.

Este #MeTooMx abrió un espacio necesario para muchas, pero hoy tiene sesgos de juicio sumario y ha acarreado algunas consecuencias terribles. Podría convertirse en un movimiento, fuera de redes, si pasa a la acción colectiva con autocrítica y diálogo. De otro modo, ¿a dónde vamos a llegar? ¿A la descalificación a priori de todo acusado? ¿A un callejón sin salida en espacios laborales? ¿A la estigmatización del feminismo por quienes de por sí lo denostaban?

Hace falta un periodo de reflexión de hombres y mujeres para crear nuevas formas de comunicarnos y relacionarnos. Romper el silencio era y es necesario. Romper vidas desde la sombra no es justificable.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).