En estas fechas decembrinas casi todo mundo pertenecemos a una de dos categorías: o somos anfitriones o somos invitados a los festejos. Dentro de estos dos rubros se esconden intrincamientos de orden social y cultural.

Todos alguna vez lo hemos vivido. Hay una infinidad de manuales de urbanidad y buenas costumbres (como el ya célebre y obsoleto Manual de Carreño) sobre lo que se espera en sociedad de nuestro comportamiento como anfitriones y como invitados. Y toda norma social en este sentido genera indudablemente tensiones: desde los típicos tratados de cómo se debe de acomodar una mesa, hasta aquellos que van más allá para inculcar la ideología de toda una época, dictando, por ejemplo, qué temas debe de proponer en la mesa una buena anfitriona o anfitrión. Existen personas que son especialistas en etiqueta, que se dedican a decir qué se debe o no de hacer en los menesteres de cuando uno es invitado a comer o a cenar. En este espacio eso no nos ocupa.

Lo que nos interesa de esta condición del invitado y del huésped es la fragilidad y matiz cultural con el que un buen invitado en un círculo social puede ser considerado en otro el peor de los invitados por no responder a las normas no escritas de ese otro círculo. Por ejemplo: alguna vez en un lugar del mundo diferente a México, intenté levantar los platos una vez que todos los invitados en la mesa habían terminado de comer, como un gesto de cooperación con la anfitriona, quien, por razones meramente culturales, tomó mi gesto como un signo de falta de cortesía hacia su estatus de anfitriona, puesto que es quien tiene el privilegio de marcar el inicio y el final de un tiempo de comida. A partir de ese momento, recordé que en eso de ser anfitrión e invitado, más que las reglas de etiqueta de manuales obsoletos, lo que aplica es la máxima: Adonde fueres haz lo que vieres .

Y es que en este mundo globalizado no sólo circulan comidas provenientes de otros países, sino también personas, valores, ideas, costumbres, etcétera. A veces es difícil atenerse a una norma de etiqueta sabiendo bien que éstas no son universales ni infalibles. El arte de ser invitado también tiene su gracia, puesto que entre más uno es anfitrión, más uno puede inferir cómo ser un buen invitado, y esto no necesariamente aplica para todos los círculos sociales en los que nos movemos. Poner 20 cuchillos y tenedores por persona en una mesa puede parecer lo más refinado en un contexto del mundo, mientras que, en otro, puede resultar ridículo cuando lo que se sirve en el menú son antojitos mexicanos. Suena complicado ¿no? Y si a esto le agregamos que muchas de las conductas esperadas por anfitrión y por invitado vienen de una visión personal, el caldo se hace más espeso. Hay a quien no le importa que los invitados preparen cosas en la cocina, hay a quien no le gusta que los invitados entren en su cocina. Hay anfitriones que no toleran niños en la misma mesa, hay para quienes es importante que los niños estén en la misma mesa. Hay anfitriones que prefieren diseñar todo el menú escrupulosamente; hay quienes prefieren que sea de traje. Hay invitados que pueden llegar a ser impertinentes con sus demandas y hay quienes no aceptan ni un vaso de agua para no dar molestias. Hay celebraciones en las que se necesita invitación para llegar, hay celebraciones en las que no importa cuánta gente llegue, se le echa más agua a los frijoles. Y todo esto sucede con nuestros diferentes círculos sociales, porque ya no hay una sola norma de etiqueta fija, inmóvil e inadaptable a los tiempos.

Al final, todo es cuestión de observar y volver a observar, de medir el grado de confianza que existe entre anfitrión y huésped, de adaptarse, de ponerse atento a las necesidades y de relajarse para poder disfrutar de esos banquetes compartidos que raramente hacemos a lo largo del año.

@LillieML