Amanecimos con una semana agitada: la protesta de mujeres y el momento histórico que se vive, el lunes negro en la caída de la bolsa, la amenaza del coronavirus que impacta en los mercados internacionales. Todas estas noticias, además de los temas que siguen estando en el candelero: el cambio climático y sus impactos en nuestros estilos, la crisis de desigualdad, la ascensión al poder de gobiernos populistas por todo el mundo, el crecimiento de la brecha de desigualdad y junto a todo esto un aumentado resentimiento social que acentúa sin duda las desigualdades.

Estamos en un momento histórico en donde en medio del caos, la incertidumbre y la especulación, pareciera que ante la crisis poco podemos hacer para remontar los embates de la situación mundial. Lo que a veces se nos olvida es que todos estos sucesos nos afectan a todos, por más aislados de los hechos que pretendamos estar. Porque, al final, todos estos movimientos están hechos de personas.

Histórica y socialmente, se ha demostrado que estos ciclos de crisis a veces son necesarios para purgar, por lo tanto, cambiar. Las relaciones de poder, las desigualdades siempre han existido y esto es el pretexto de muchos que se sienten imposibilitados a cambiar el mundo. Sin embargo, lo que ha mutado es la forma en la que han existido y se manifiestan.

Recordemos, por ejemplo, la Revolución Industrial del siglo XIX y la forma en la que cambió nuestro paisaje alimentario. Para muchos, hoy este hecho aislado pareciera una anécdota de los libros de texto de historia en la que la producción artesanal migró a la producción industrial basada en las máquinas de vapor. Esta sustitución, sin duda, creó desempleo y crisis, en la que hubo una adaptación a la forma en la que se concebía la mano de obra. Obreros tuvieron que adaptarse y agremiarse. Como todo, los gremios en manos de personas respondieron a las motivaciones y pasiones de sus dirigentes. En ocasiones, sin embargo, obviamos que todas estas reconfiguraciones y crisis tuvieron tal impacto en nuestra vida cotidiana, aún hoy en día, sobre la forma en la que consumimos, sobre lo que comemos, sobre cómo nos relacionamos con el acceso a la comida, hasta cómo concebimos nuestros ritmos de trabajo en relación con el descanso. Nuestro acceso a alimentos, la forma en la que los concebimos, cómo los compramos, cómo los preparamos, cómo los almacenamos y cómo los compartimos no sería el mismo de no ser porque a alguien se le ocurrió hacer que el vapor moviera una palanca.

Con el ejemplo anterior, mostramos cómo los hechos en todo el mundo se encuentran interconectados y tienen un impacto que no sólo va hacia cada persona, sino hace generaciones venideras. En estos momentos de movimiento y de crisis social, económica y humana, tenemos que voltear a ver la oportunidad dentro de ello. Al ser seres sociales, las reacciones en cadena de uno afectan a los otros. Tal vez éste es el momento en que, ante tanto hiperindividualismo, tenemos que voltear a ver la necesidad de que acciones en grupo tienen más impacto que las acciones individuales. Que las situaciones de las que podemos sentirnos aislados y que podríamos creer que no son nuestras causas —desde la inequidad de género, hasta el coronavirus, pasando por el calentamiento global— terminan por alcanzarnos, por afectarnos y por forzarnos a movernos, lo queramos o no.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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