El pasado lunes murió Harold Bloom, a los 89 años, uno de los críticos literarios y profesores de literatura más renombrados de la Universidad de Yale. Bloom escribió El canon occidental, entre más de tres docenas de libros (entre ellos una novela de la que él mismo renegó). Sus libros fueron traducidos a más idiomas de los que puede uno nombrar al vuelo, recibieron anticipos millonarios, escalaron insólitamente las listas de libros más vendidos, crearon y cimentaron pensamiento y análisis académico; su obra y estilo personal generaron controversia y la aparición de la escuela del resentimiento (en la que incluía a sus detractores).

Bloom fue uno de los mayores defensores de la literatura y su valor real en tiempos oscuros. Empezó su carrera académica como lector de poesía romántica, antes de pasar al que sería tema recurrente en su obra, la imposibilidad de la originalidad literaria y las maneras en las que se da la influencia en la poesía: Anatomía de la Influencia (Taurus): “La creatividad no es una agradecida reverencia al pasado, sino una lucha freudiana en la que los artistas niegan y distorsionan a sus ancestros literarios mientras producen trabajo que evidencia su deuda con aquellos”.

Bloom abrazaba la polémica y cuando alguien caía en su mira era capaz de los insultos más sofisticados. Sus blancos recurrentes eran Michel Foucault, el multiculturalismo y esa “horda de seguidores que padecen las enfermedades francesas, los feministas, comisarios, marxistas, freaks del género y el poder y los viejos materialistas”. 

Su libro más conocido fue El canon occidental (Anagrama), una lista de los 26 autores, para él, imprescindibles en la literatura universal (desde Dante hasta Beckett, incluyendo a Philip Roth, Pynchon y DeLillo como los grandes contemporáneos; todos a los pies de la figura central de la literatura: Shakespeare). La lista fue criticada como blanca, elitista, anacrónica y por favorecer poetas de alguna manera vinculados a Yale, su alma mater; pero era una bandera en un territorio disputado: ofrecía argumentos sólidos para posicionarse a favor o en contra. 

Conforme sus libros llegaban a públicos más amplios, Bloom dejó de lado el discurso académico y recurrió más a generalizaciones y opiniones exóticas. Rechazó los libros de Harry Potter, se indignó cuando Stephen King recibió el Premio Nacional de Literatura Honorífico y no dejó de apuntar que el premio Nobel a Doris Lessing era producto de la corrección política de la Academia Sueca.

Su clase en Yale sobre Shakespeare era legendaria y los lugares en su auditorio, codiciados. Su amor de toda la vida por el bardo culminó en Shakespeare: La invención de lo humano, un volumen de 700 páginas que repasaba a fondo al autor de Hamlet, y básicamente giraba alrededor de la idea que Bloom anunciaba con el entusiasmo del devoto: “Para mí, Shakespeare es Dios”.

Dedicó algunos de sus libros a la crítica de la religión, analizó literariamente la Biblia; y argumentó en El libro de J (1990) que los primeros cinco libros de la Biblia eran el trabajo de un gran artista literario que nunca pensó en crear las bases dogmáticas de una religión. Su especulación de que esos textos los había escrito una mujer en la corte del rey David o Salomón causó revuelo en su tiempo. Volvió a visitar el tema en Jesús y Yahweh: Los nombres divinos (2004). 

Analizó las variantes protestantes de la religión estadounidense por el dominio psicológico de sus seguidores, que a su parecer la acercaba más al gnosticismo que al cristianismo, en La religión en Estados Unidos (FCE). Y en Presagios del milenio (Anagrama) identificó muchos elementos religiosos estadounidenses como variantes de una tradición que recurría a la angelología, la interpretación profética de los sueños, las experiencias cercanas a la muerte y el milenarismo.

Junto a sus obituarios vuelve a circular The Silent Treatment, el artículo de Naomi Wolf del 2004, en el que menciona un acercamiento sexual injustificable por parte de Bloom cuando era su alumna en los años 80. El texto de Wolf es más que una reivindicación tardía contra el profesor o antecedente de lo que más de una década después se conocería como el movimiento #metoo: “El señor hizo algo, por lo menos una vez, que fue egoísta y me lastimó. Pero su impulso no hubiera entrado en su vida o en la mía, si la universidad (Yale) hubiera dejado claras las consecuencias de ese tipo de comportamientos”.

El texto de Wolf, aunque hoy, en la cacería de brujas en la que se han convertido las redes sociales, se cite como evidencia (bastante floja) de que Bloom era un depredador sexual; en realidad era un argumento interesante y persuasivo sobre cómo se estaba abordando en forma equivocada la discusión pública sobre el acoso sexual en EU, pero ése es tema para otro día.

Bloom nunca soportó la idea del “propósito social” de la lectura, que para él debía ser un placer solitario, estético y de autodescubrimiento. Algo que argumentó en Cómo leer y por qué (Anagrama), una suerte de guía, para encontrar la sabiduría entre la interminable información accesible en nuestro tiempo. Por supuesto, la “sabiduría”, la constituye una lista y selección de fragmentos de sus autores y poetas favoritos, algo que enfurece a sus detractores, pero que supone un testamento, bastante relevante de su visión de la literatura. Una práctica compartida por todos los que alguna vez hemos hecho listas y recomendaciones de libros. Y es que la vida es corta y hay demasiados libros, no podemos dejar de agradecer a aquellos que amando la literatura, deciden ofrecernos un mapa.

@rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).