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Opinión

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Adaptando a Le Carré

Mucho se ha escrito sobre la adaptación de trabajos literarios al cine o la pantalla chica. Desde aquel viejo adagio de "el libro siempre es mejor", hasta la falsa idea Hitchcockiana de que para hacer buenas películas es necesario partir de malas novelas. Una percepción extrapolada de aquella declaración de Hitchcock a Truffaut en la que dijo que sólo leía las historias una vez y si le gustaba la idea, se olvidaba del libro y se concentraba en crear cine.

Truffaut fue un poco más allá y le preguntó si alguna vez consideraría hacer una adaptación de una gran novela, por ejemplo: Crimen y castigo de Dostoievski. Y Hitchcock respondió que no, porque precisamente Crimen y Castigo era el logro de alguien más, y que aún si lo hiciera, no sería buena. ¿Por qué, no? insistió Truffaut, "Porque en la novela hay muchas palabras y cada una de ellas tiene una función... Llevarlo al cine equiparablemente requiere de ocho a diez horas, y eso no es bueno."

El formato y tiempos del cine ponen contra la pared cualquier intento de conversión fiel del lenguaje literario al cinematográfico. Uno podría pensar que la televisión, con la posiblidad de dar aire y espacio a través de la fragmentación en episodios, fuera un medio más amigable para dejar respirar el aliento literario en su transformación, sin perder demasiado en el proceso.

Desde tiempo atrás, la BBC y su Masterpiece se han encargado de crear miniseries que son casi versiones definitivas de clásicos literarios de la novela inglesa, como Sense & Sensibility, Bleak House o Brideshead Revisited. Desde los setenta, otros autores encontraron en la miniserie el puerto de salida para best sellers que no cabían en el cine: desde Raíces hasta El pájaro espino, Shogun o la primera versión de El caso Bourne de Robert Ludlum (casi todas protagonizadas por Richard Chamberlain).

Este año fue Sussane Bier, laureada directora danesa (alguna vez del movimiento dogma) quien se animó a adaptar The night manager de John Le Carré. La miniserie recrea el argumento y premisas esenciales de una compleja trama de conspiraciones internacionales en seis episodios de espléndida manufactura.

El mayor reto de adaptar a Le Carré, contrario a lo que podría pensarse, no estuvo en la complejidad de la historia o su contexto específico. La novela gira alrededor del tráfico internacional de armas, y Le Carré la escribió en 1993. La trama transcurría principalmente en las Bahamas e involucraba la venta de armas a los carteles colombianos de la droga.

Bier prefirió situar la miniserie en época actual, recolocando un episodio en El Cairo en plena primavera árabe. Trasladando el cuartel general del vendedor de armas de las Bahamas a Palma de Mallorca y reemplazando a los cárteles por una facción no identificada del conflicto Sirio. Y todo ello funciona muy bien.

La directora se concentra en sacar provecho del carisma y talento de un atractivo elenco encabezado por Tom Hiddleston (¿próximo James Bond?) y Hugh Laurie. El estilo difícil, de distintas voces narrativas y subtramas interconectadas, de Le Carré se traduce en locaciones europeas espectaculares y un diseño de producción que cuida tanto la composición estética de la imagen tanto como las sutilezas expresivas del elenco. Un gran acierto de casi todo el cine de Bier es evitar machacar la trascendencia de los temas en juego, y enfocarse en seducirnos hacia la historia que quiere contar.

La mayor distancia con la novela, sin embargo, la supuso el final. La miniserie acomodó una operación más cercana al cine de James Bond y al tipo de resolución con que buena parte del cine occidental se aleja lúdicamente de los aspectos más toscos de la realidad.

De acuerdo a los productores y al propio hijo de Le Carré, que supervisó el proyecto, "el proceso de adaptación no se trata de seguir un libro al pie de la letra, sino en usarlo como materia prima para un nuevo viaje". El responsable de ese cambio de curso fue el guionista David Farr, con una breve pero loable trayectoria escribiendo guiones de espionaje.

El cine, y quizá más la TV, ansía atar cabos, concretar arcos narrativos. Llevarnos hasta una resolución para cada personaje, que deje al espectador con la sensación de que sabe en qué terminó todo. Le Carré es más sofisticado que ello. En su novela, como en la vida, algunas cosas funcionan y otras no. La mayoría de los personajes son complejos, impredecibles e imperfectos. El futuro es incierto y lo único que concluye con certeza es el operativo que movía la trama.

Bier busca atrapar parte del tono con un último plano de vaga ambigüedad. Y es posible que lo haya conseguido en cierta medida. Habría que pensar, con la misma salvedad pragmática con que discutían Hitchcock y Truffaut; o quizá con aquella sentencia magnífica de Marshall McLuhan (el medio es el mensaje), si esa diferencia en la resolución de una y otra manera de contar historias, es, más que un pretexto de exploración de nuevos viajes, un molde inevitable del medio que se eligió.

Twitter @rgarciamainou

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