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Opinión

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250 años con Beethoven

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Carl Sagan relata en su novela Contacto (1985) el encuentro de una civilización súper desarrollada con nosotros. Las señales de radio y televisión de nuestro planeta se proyectan en el espacio y viajan más allá del sistema solar. Así, esa civilización a 26 años luz de distancia recibe en la novela la señal del mensaje inaugural de Hitler en las Olimpiadas de Berlín de 1936. «Esas imágenes nos resultaron alarmantes –dice el vocero de la otra constelación cuando establece contacto con la radio-astrónoma Eleonor Arroway–. Se advertía que los acosaban graves problemas. Sin embargo, la música nos decía otra cosa. Al escuchar a Beethoven comprendimos que aún quedaban esperanzas.» Las composiciones de Beethoven no únicamente muestran hasta dónde puede llegar el arte de la música, sino hasta dónde puede ascender el espíritu humano.

El arte trasciende la vanagloria, la riqueza, el poder. Trasciende el momento. Una y otra vez el Eclesiastés sentencia que «todo es vanidad», pero yo me atrevería a decir que el gran arte no es vanidad. El gran arte de algún modo también redime a la humanidad: hace que tengamos esperanza en ella. Beethoven es prueba de ello.

Ludwig van Beethoven nació hace 250 años, el 16 de diciembre de 1770, en Bonn, entonces parte del Electorado de Colonia y una de las ciudades más liberales del Rin. Beethoven es, más que los filósofos de la época, el personaje más importante del Aufklärung (Ilustración). Tomemos como muestra la tercera sinfonía. Nunca antes se había escrito algo tan grande. La forma sonata se expandió a niveles que ni Haydn ni Mozart vislumbraron. Nadie pudo haber previsto que una música así fuera posible en los albores del siglo XIX. ¿Qué escuchamos? ¿Sólo música? No. Encontramos un manifiesto verdaderamente revolucionario: 1) la grandeza de una persona no está en su cuna, como los nobles creyeron entonces y los privilegiados creen ahora, sino en el mérito personal; 2) el orden social no debe basarse en el privilegio de unos, sino en la fraternidad de todos.

Aquí son oportunas dos anécdotas. El príncipe Lichnowsky era amigo y mecenas de Beethoven. Estando Viena ocupada, el príncipe organizó una velada a la que acudieron oficiales franceses. Beethoven fue invitado. Le pidieron que tocara el piano para entretenerlos, pero él se negó. Dijo que no era un sirviente y que no tocaría para enemigos de su país. El príncipe, valiéndose de su rango y sintiéndose humillado delante de sus invitados, quiso obligarlo. El músico abandonó la velada y escribió a los pocos días una nota: «Usted es príncipe por la circunstancia de su nacimiento; lo que soy yo es por mi esfuerzo. Príncipes ha habido y los habrá por miles, pero Beethoven solo hay uno y soy yo.»

Según la otra anécdota, narrada por Beethoven, caminaban él y Goethe por los bosques alrededor de Viena cuando vieron el séquito de la familia real que se aproximaba. Goethe se zafó del brazo de Beethoven y corrió a hacer una reverencia. Beethoven se caló el sombrero hasta los ojos, se abrochó el abrigo y siguió andando. Cuando se cruzaron con la familia real, la emperatriz saludó a Beethoven y el archiduque Rodolfo se puso de pie y se quitó el sombrero. Para esto, Goethe seguía inclinado muy ceremoniosamente con el sombrero en la mano. Son los príncipes los que deben inclinarse ante los genios, y no al revés, dijo Beethoven a Goethe tras este encuentro. Estaba consciente de que ellos eran los dos más grandes intelectuales del mundo germano.

Para un noble de aquellos días y para un privilegiado de hoy, la actitud de Beethoven podría parecer insolente y llena de egolatría. Pero visto en perspectiva, lo que dijo este genio es absolutamente cierto. ¿Quién se acuerda del príncipe Lichnowsky, uno de los hombres más ricos y poderosos de Viena en esa época? Nadie. Es como si no hubiera existido. ¿Quién era la emperatriz? Tal vez algún versado en Historia sabe que la emperatriz era María Luisa de Austria-Este. Un austríaco común sabe que en aquellos tiempos reinaba el emperador Francisco I. El peso político del emperador lo hace un personaje importante de la historia austríaca, pero nada más; la emperatriz ha quedado en el olvido, ha pasado desapercibida, como si nunca hubiese existido. Pero Beethoven, insisto, es inmortal. Esa es la grandeza que debe orientar a la humanidad y ese es el legado que este genio nos dejó.

Dicen que sus últimas palabras antes de morir fueron en italiano: «applaudite, amici: la commedia è finita». Pero también hay relatos que señalan que sus últimas palabras fueron: «finalmente escucharé en el paraíso»; y eso, créanme, conmovería al más duro.

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